Una niña del Closlieu

Una niña del Closlieu

Formulación

Durante el año siguiente a mi formación con Arno en París decidí ser una “niña del Closlieu” y probar en mí misma qué se sentía pintando en el taller y siendo asistida por Arno Stern. Mi sorpresa no fue inmediata sino que poco a poco fui sintiendo cómo mis inseguridades y titubeos a la hora de pintar iban desapareciendo y salían de mí trazos  que ni de lejos podría haber planeado o pensado premeditadamente.

¿Cómo nuestra memoria orgánica funciona a niveles tan profundos?

Era real, había una necesidad interna más fuerte que mis ansias estéticas. Por supuesto esto no salió en los primeros meses. Fue más adelante cuando el “qué se espera de mí” dio paso al acto espontáneo y liberador de expresar cualquier cosa, fuese lo que fuese, sabiendo que nadie iba a juzgarlo.

Y justamente es ese “nadie va a juzgarlo” una de las cosas de las que más cuesta desprenderse. El gran aprendizaje sin duda está en dejar fluir lo que hay dentro ignorando lo de fuera. La persona que lleva el taller es clave en cuanto a la asistencia y el cuidado con el que trata a cada participante. Cuando pintas en el Closlieu aprendes que Arno aparece sin pedirlo siempre que lo necesitas y antes incluso de que te des cuenta. Observa vigilante todos tus movimientos anticipándose a tus necesidades. Y esto sigue siendo así con sus más de 90 años. Te sientes cuidado, guiado y respetado en cada paso.

 

 

– ¡Arno, chincheta! – dice un hombre al fondo

– Ahora mismo

– ¡Arno, necesito agua! – pide una mujer

– Aquí la tienes, y sube a este taburete, necesitas más altura para pintar ahora.

– Arno, quiero una mezcla de tres colores – dice la niña al lado de la mujer

– Coge una tapa y dime cuales son.

– No lo sé. De los azules, ¿Cuál de ellos será mejor? – replica ella

– Mézclalo con los dedos y averígualo. Cuando lo sepas me lo dices.

– Arno, no sé qué pintar – comenta tímidamente un niño de tres años recién llegado

– Coge el pincel y empieza, él te guiará.

 

Todo el mundo recibe lo que necesita y cada uno toma sus propias decisiones. Arno está allí para “servir” y darte las herramientas,  facilitarte así la inmersión en tu propio juego.

Cada fin de semana en el Closlieu era una aventura para mí, el tiempo entre las paredes del taller pasaba a una velocidad diferente al de la vida fuera. De hecho, el tiempo se paraba. Mis experimentos iban en aumento, a veces pintando con el pincel y a veces con los dedos, las mezclas de colores eran infinitas.

 

 

Mis cinco sentidos estaban allí: el olor de la pintura, el ambiente distendido, el tacto del pincel y el de la pintura en los dedos, los colores en todas las posibilidades de gamas, las charlas con los compañeros. Es un mundo paralelo del que sales como de un sueño a la vida real.

En cada sesión aprendía cosas nuevas de mis compañeros, y cada sesión mis compañeros más próximos cambiaban. Antonin (el nieto de Arno) fue uno de ellos en muchos momentos, a sus 4 años sus ansias de hablar y de pintar eran indudables y sus reflexiones fascinantes.  A mi otro lado una chica de unos 35 años pintaba un enorme cuadro desde lo alto de una escalera, ella era una niña del Closlieu desde sus 3 años y seguía  pintando allí cada semana. Como ella, muchos otros llevan gran parte de su vida en el taller viviendo la Formulación cada semana en total plenitud.

En el Closlieu la concentración y el trabajo de cada uno en su propia expresión se alternaban con el ambiente social y animado del taller de una manera natural y sin interferencias. Entendí entonces cómo el paso de lo social a lo personal puede darse desde el respeto, la ausencia de juicios y competición. Cuando cada uno está seguro de quién es y respeta a los demás el equilibrio social es posible.

 

 

 

En París me sentía como en casa, mi fortuna de haber vivido esta ciudad como un segundo hogar desde mis 20 años sin duda ayudaba. Aprovechaba los ratos libres entre sesiones del taller para ver a mis amigos, ir a eventos culturales y pasear por mis barrios favoritos. Hubo todo tipo de momentos, complicados  después del atentado terrorista  en la sala Bataclan, París era una ciudad desierta, dolida en lo más profundo y profundamente triste. Otros momentos más inspiradores y felices como los paseos en los parques, las cenas entre amigos y los desayunos antes del taller.

 

 

 

 

 

Recuerdo la última sesión con Arno en el Closlieu.

Comprendí por qué tanta gente rememora sus días allí como los más felices de su infancia. La Formulación restaura a la persona reforzando la seguridad en sí misma y el respeto a los demás ¿Quién no querría vivir tal experiencia? Es un tesoro para toda la vida.

 

 

 

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