Viviendo sin filtros

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Travel

Llegué a Quissico en chapa, este se ha convertido en mi transporte predilecto. A pesar de las incomodidades de ir apretado en una minivan con otras 20 personas resulta fascinante y maravilloso compartirlo con la gente local, que es la esencia de la zona. Por poco que les hables recibes un cálido saludo, aqui y en todas partes la amabilidad y el respeto llaman a lo mismo de vuelta.

Quissico es un pueblo muy colorido y muy activo, al menos así lo ví el sábado por la mañana. Quedé con Leonardo en la Pousada Matiquite. Allí sentadas en un banco esperando a mi lado estaban las mamás africanas vestidas con sus capulanas y sus pañuelos de colores vivos en la cabeza. Los sacos de arroz permanecían a su lado, los mismos que cargan luego sobre la cabeza. Me fascina cómo pueden llevar esos tremendos pesos sobre sus cabezas con esa gracilidad. Conversaban y reían mientras esperaban la partida de la chapa y yo era su observadora indiscreta.

Leonardo llegó rápidamente, me acompañó a un transporte que me habia preparado para llevarme hasta el Lodge. Leonardo es un tipo tímido, dulce y callado. Como buen mozambiqueño tiene un corazón enorme y siempre una buena palabra. Él trabaja como encargado de Lagoa Eco Lodge. Me dejó con Xico, el conductor de la pickup que me recogió para llevarme a la laguna. Xico, el director de la escuela de la comunidad de la laguna, se dedica al transporte los fines de semana, aquí es necesario el plurempleo para sobrevivir, seas quien seas. Llegar aquí desde la ciudad es toda una aventura, y el coche debe ser un todoterreno, los caminos son un desafío. A pesar de la belleza de esta zona el turismo no ha llegado mucho hasta aquí. Xico y yo coincidimos en que no compensaria una afluencia excesiva de turismo que destruyera parte de los recursos naturales que hay aquí. Esta comunidad, como muchas otras del país, tiene una vida sencilla y pacífica, sus gasto de vida es muy bajo, su alimentación se basa en lo que la naturaleza y el mar les da. Y son muy felices así. Los dos nos preguntamos si un equilibrio sería posible, yo me temo que los seres humanos tendemos a los extremos.

Hace tiempo que no estaba en un silencio tan pacífico sólo interrumpido por los sonidos de la propia naturaleza: el agua del lago al moverse, el viento moviendo las hojas de palmera, el zumbido de los insectos revoloteando (insectos de tamaño industrial debo añadir).

Es casi irreal estar aquí. Me confirma que el contacto con la naturaleza en nuestro día a día es esencial. Le da al ser humano una felicidad incomparable, el sentimiento de ser parte del mundo.

Ahora mismo soy la única persona aquí y la intimidad que experimento se me hace difícil de conseguir si no es en lugares tan lejanos como este. Los paraísos perdidos escasean y suelen estar en zonas poco desarrolladas. Le dejo a cada uno que reflexione sobre ello.

Nada más llegar he dejado mis cosas, me he puesto el bikini y me he zambullido en el lago. Imaginad ser los únicos bañándose en un lago como este, los únicos en el Lodge … bendita intimidad. Me está recargando la mente, el cuerpo y el alma. Qué delicia secarte al sol mientras escuchas el ritmo de las olas.Nada rompe esta armonía, solo mis movimientos e intento que sean sutiles para disrutarla. En breve llegará un grupo de doce personas al Lodge así que disfruto al máximo de mi momento sola.

Después de comer tomo rumbo a la playa. Camino una media hora por un sendero que pasa por los chamizos de la comunidad, las vacas pastando me miran curiosas, los lugareños me saludan y los niños corren hacia mí para ver a la novedosa extranjera. Sigo el camino bajo un sol intenso, sigo y sigo caminando hasta que dudo de haberme equivocado de sendero. Y justo cuando pensaba en dar la vuelta ví el final y la playa…

¡Qué vuelta a la infancia! Esa playa me recuerda a mi playa, a San Jorge, donde pasaba los veranos, donde mi padre construyó su palacio. Una playa salvaje, de mar bravo en la zona curva. La playa de Quissico es como mi playa. Unos niños juegan con las olas cuando llego. Me miran curiosos, se van a la arena, detrás de mi, observándome atentos. Dejo mi mochila en la arena, me descalzo, me saco el pantalón y la camiseta y me voy a jugar con las olas. Estoy poco tiempo sola, todos me acompañan en ese baño. Jugamos juntos con las olas. Nos reimos cuando cada uno se cae, yo incluída. No nos hizo falta hablar, ni contarnos quienes éramos, compartimos ese momento mágico juntos y luego nos despedimos. Me quedo sola, sigo bañandome, jugando con el mar … y cómo lo disfruto. Es un mar bravo, violento, de fuertes corrientes, al que hay que tenerle respeto. Y es un mar juguetón. Estoy sola en una playa quilométrica, escucho un grito saliendo de mi garganta, y luego otro y otro más. Le grito al mar, o a la vida, o al pasado o a mi misma. No lo sé. Siento alivio, liberación, me siento ligera.

 

Una pequeña figura se ve a lo lejos, le lleva tiempo llegar a donde yo estoy bañándome. Es un hombre que va a pescar. Se para a hablar conmigo y me cuenta su historia. Es policía en Inhambane y viene a Quissico a pescar los fines de semana. Junto con otros dos compañeros dejan las redes mar adentro y las recogen a la mañana siguiente. Llegan a pescar diez piezas grandes cada vez. Las venden los domingos en el pueblo. Curiosamente en una playa semidesierta en Mozambique vivo mas interacciones que en una playa abarrotada de España.

De vuelta al Lodge el atardecer comienza su descenso, el sol en Africa parece una gran bola incendiada, parece más intenso que en cualquier otra parte del mundo. El grupo de españoles me cuenta su historia, yo les cuento la mía. Charlamos cerveza en mano hasta que el sol ha desaparecido y la via lactea ocupa el cielo. Y qué cielo … da la impresión de que todas las estrellas del mundo han aparecido y forman un tapiz que nos cubre.

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