Pongamos que hablo de Tofo Beach

Pongamos que hablo de Tofo Beach

Travel

 

Dejadme que os traslade a mi momento presente. Son casi las 5 de la tarde aquí, llegué a casa de Khanimambo hace un rato y después de una ducha relajante (¡eureka! Hoy tengo electricidad y agua caliente) me he sentado con mi café y mi pan a escribiros y describiros mis últimas andanzas. Afuera llueve, así ha sido estos días, aquí estamos en primavera y al igual que es España decimos “en abril aguas mil”, aquí será algo como “en Septiembre llueve siempre”. O eso me imagino yo.

Mi último fin de semana ha estado lleno de aventuras. Era un fin de semana largo al ser el lunes festivo así que decidí conocer algo un poco más lejos de lo que había hecho hasta ahora. El destino era Tofo, la playa más hippie y activa de Mozambique. No os voy a mentir, el viaje fue todo un periplo. La chapa que me llevaba en el tramo más largo tardó casi tres horas en llegar por causa de un accidente en un tramo anterior. Todo el tráfico se paró en la única carretera nacional que pasa por casi toda la costa. Durante ese tiempo yo esperaba y esperaba en la parada, a mi lado un chiquillo que vendía recargas telefónicas hizo las veces de ángel de la guarda. “No te preocupes, yo te aviso cuando venga. Va a venir pronto. Yo siempre estoy aquí y siempre lo veo pasar. Vete a sentar, llevas mucho tiempo de pie”. Fue mi compañero en una espera eterna. Esa chapa me llevaba hasta la misma playa de Tofo, que era mi destino final, pero decidieron en Inhambane (la ciudad más cercana a Tofo) que mejor se quedaban allí y nos metieron a mi y a otra mujer con sacos y una niña pequeña en otra minichapa destino a la playa. Ahí viví una escena que no olvidaré. Entre los chicos de las chapas hay un código, amistades, contactos etc. Se van pasando pasajeros y se van haciendo favores. Pues bien el de la chapa siguiente podía hacer el favor de llevar a la señora de los sacos y la niña pero por mí quería que pagase más, el otro se negaba respondiendo qué tipo de lógica era esa, y en ese momento vino la frase que me conmocionó: “¿Qué pasa, los blancos no son personas?”, estaban peleándose por una muestra de racismo hacia mí. Esa fue la primera pista de que la relación entre los locales y los extranjeros en esa zona no era como lo que yo estaba acostumbrada aquí. Pero dejemos esto a un lado, os seguiré contando sobre ello más adelante.

Al llegar a Tofo, casi 9 horas después de haber salido de casa esa mañana, descubrí un lugar que estaba lejos de lo que podía haber imaginado. Primera sorpresa, ¡había restaurantes! En ellos por supuesto solo había extranjeros y estaban ambientados en el estilo rústico local. Os puede parecer mentira pero lo más cercano que yo he visto aquí a un restaurante es a modo de chiringuito de playa. Segunda conmoción, ¡estaba lleno de blancos! La fauna de Tofo se compone de expatriados europeos, gremio de surferos y buceadores y alguna gente local. La sensación de estar en un burbuja era tal cual la que yo tenía. Tercer punto asombroso ¡Todo estaba lleno de Lodges y hoteles, era como un gran resort! Todos con vistas a la playa, de hecho en la misma playa prácticamente. Vamos un paraíso para los veraneantes occidentales que quieren relajarse con un todo incluido pero no mucho conocer la problemática de la comunidad que los rodea. Todo está preparado para ellos, no necesitan adaptarse a ninguna costumbre o realidad local. Mis sensaciones eran muy confusas. Después de haber vivido el Mozambique real esto me parecía un paraíso de comfort y al mismo tiempo un decorado de cine, una realidad lejos de lo que el país y su gente son.

Desde mi habitación en un airbnb humilde, cómodo y limpio podía escuchar el mar casi a mi lado, ver las estrellas en la noche clara, descansar del viaje y digerir la nueva experiencia. Fue un fin de semana lluvioso que aproveché paseando mucho, dándome el capricho de un restaurante después de un mes de presupuesto reducido y asistiendo a un pequeño concierto de una gran voz de mujer africana.

El fondo marino en Tofo es uno de los más recomendables para bucear, yo lo intenté por primera vez en mi vida y la presión en el pecho más el mareo no me permitió bajar muchos metros pero conseguí estar a pocos metros de las ballenas, casi las podía tocar! Eso ya me valió la experiencia. Y el buceo … bueno, lo probaré en mares más en calma.

Intenté charlar con la gente de la comunidad que me encontré, pero no estaban muy abiertos y lo entiendo. Imaginad que unos extranjeros llegan a vuestra tierra, explotan vuestras playas con sus propios negocios y casi nada del beneficio llega a mejorar la comunidad. Las dos partes tienen sus razones y el entendimiento entre ellos es poco. Aún así conseguí hacer algún amigo paseando por la playa. Joao tiene 13 años, vive cerca de Tofo y va a la escuela en su comunidad. Los fines de semana vende pulseras que hace él mismo en la playa de Tofo. Nos encontramos paseando en direcciones contrarias en la playa y nos quedamos charlando. Me dí cuenta de lo afortunada que soy de vivir este país como lo he vivido hasta ahora, trabajando mano a mano con la gente local, disfrutando de sus costumbres, de su respeto y de su amor.

El viaje de vuelta fue menos largo que el de ida, aunque también fue una peripecia. En este caso el rol de ángel de la guarda lo hizo Sergio, un hombre que me llevó hasta Maxixe, otra ciudad cercana desde donde salen más chapas y más rápidas. Para cruzar a Maxixe es necesario coger un barco, en realidad más bien es una cáscara de nuez que lleva alrededor de 100 personas en un tramo que dura unos 20 minutos. Allí con ellos yo era, por supuesto, la única extranjera. Ellos me miraban divertidos, yo los observaba embobada. Me encanta ver cómo visten con tantos colores, cómo el pelo de ellas (todo postizo) se arregla en peinados de lo más complejos, cómo sin conocerse de nada ya se están riendo juntos. Es fascinante cómo las relaciones humanas varían tanto de país en país. Cuanto menos desarrollado económicamente más intensas y auténticas son las relaciones entre las personas, y al revés. ¿Será quizás que el desarrollo económico nos resta humanidad?

Al llegar a la playa de Xai-Xai me sentí de vuelta en casa y cuando volví a la mañana siguiente a Khanimambo me esperaban los abrazos de los niños gritando “¡Tía María!” y corriendo hacia mí. Y ese amor … ese amor lo vale todo.

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