Bienvenidos al Imperio de los Incas

Bienvenidos al Imperio de los Incas

Travel

La noche en Aguas Calientes previa a la subida a Machupicchu fue de tormenta y lluvias torrenciales. En mi cama en el hostal pensaba cómo iba a subir la montaña Waynapicchu lloviendo tan fuerte. Por esas y otras razones mi mente estaba movidita y mi sueño no fue reparador. A las 4 de la mañana el despertador sonaba y yo me ponía en marcha para la aventura, fuera la que fuera. Los dioses Incas me lo prepararían cuidadosamente.

La niebla era súper espesa y algo me decía que la lluvia no me acompañaría. Quizás la de la noche ya había sido suficiente … ¿no? El camino hacia la entrada a Machupicchu es una carretera tipo scalextric, bautizada con el nombre del hombre que en teoría lo descubrió, Hiram Bingham. Yo elegí subir en bus, me dio respeto la hora y media de subida a pie más la subida a la montaña Waynapicchu luego. Preferí ahorrar fuerzas. Mucho respeto para mis compañeros de viaje que lo hicieron.

Adentrarte en Machupicchu antes de la salida del sol, con una niebla que cubre y descubre las montañas a buena velocidad, es una experiencia de otro mundo. Cualquiera diría que entrar a una ciudad “en ruinas” es entrar a un sitio vacío, meramente monumental. No es el caso aquí. En Machupicchu no sientes ese vacío, más bien al contrario. Estás acompañado por múltiples sensaciones y energías, y no hablo de los turistas o las alpacas que pastan en el lugar. Hablamos de una ciudad construida en la cima de una montaña, donde los Incas estaban más cerca que nunca de su dios Sol, su madre Luna y sus hermanas estrellas. También hablamos de un punto rodeado de montañas en su mayoría de mayor altura, las montañas eran las que canalizaban el paso del alma de la tierra al cielo, tanto es así que enterraban a sus momias en la base. Y por último un río, el Urubamba, que rodea por ambas partes a la montaña vieja (la traducción de Machupicchu). Dicho todo esto, no son sólo las personas que habitaron allí o que fueron enterradas allí sino también todos los elementos naturales que la rodean lo que hace que sea un lugar que te llene de sensaciones.

Mis sensaciones allá fueron primero humedad, algo que hacía tiempo que no sentía después de varios desiertos. Me vino a la mente un templo perdido en Hong Kong y una experiencia única con una de mis personas favoritas en este mundo. Sentí la misma humedad en el ambiente. Humedad de selva, mosquitos y rituales. La segunda sensación que me embargó fue el poder en la piedra. Machupicchu está construido sobre piedra y reforzado con piedra de la misma montaña que lo sustenta. Con piedra se construyeron sus edificios y sus caminos. Me descubrí tocando las piedras, sin pensarlo, mientras escalaba la empinada subida de Waynapicchu me cogía a las piedras y arriba me sentaba sobre ellas. Paseando por la ciudad mis manos siempre buscaban su contacto más o menos rugoso, según el punto de pulido que los Incas les quisieron dar. Mi mente con la pregunta continua de cómo pudieron trasladar hasta allí piedras tan enormes. Y finalmente, la madre de todas las piedras del lugar: la Intihuana (donde se ata el sol) que se cree servía como calendario astronómico. Las investigaciones descubrieron que la cantidad de minerales en esa piedra en particular y en el sitio en general desprenden una gran energía.

El emplazamiento de Machupicchu no es casual, fue estudiado muy cuidadosamente, como todo lo que hacían los Incas. El recinto en teoría fue una Universidad Inca donde los jóvenes, mujeres y hombres, estudiaban astronomía, ingeniería, agricultura, producción textil,etc. Los Incas fueron muy avanzados a su tiempo, la sofisticada construcción de esta ciudad es la mejor prueba de ello. El 70% de la ciudad está oculta entre terrazas de cultivo y reforzada con grados de inclinación exactos para que ningún fenómeno climático pueda destruirla. Ellos llegaron a estudiar fenómenos que en Europa no se habían ni descubierto, poco tiempo separó a los Incas por ejemplo de Leonardo Da Vinci, y ambos fueron ignorados en sus visiones avanzadas.

Estuve casi 8 horas en Machupicchu y pasaron muy rápido. Tuve la suerte de verlo en un momento en el que el turismo está bajo y eso ayuda mucho. Os digo la verdad, llegar allí es caro, demasiado caro en mi opinión y también vale mucho la pena. Igual que valió la pena subir Waynapicchu, un sinfín de escaleras de piedra irregulares en ángulos imposibles desafiando cualquier sensación de vértigo. Llegar a la cima es quedarse sin habla ante la visión de la ciudad a tus pies y el abismo debajo. Las fotos son un fiel reflejo.

¿Cómo describir la sensación cuando estás en Machupicchu? Fácil, los que no habéis ido, lo sabréis cuando vayáis. 🙂

Entrando en Machupicchu, 6 am

Alpaca de resaca

Subiendo Waynapicchu

Casi arriba …

Más chula que un ocho

Mi balcón en el ático … sin palabras

Terrazas

La Intihuana, madre de todas las piedras

Aprender, escuchar, ser una alumna ciudadana del mundo

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