La Manzana Congelada

La Manzana Congelada

Travel

Vivir cinco meses sumergida en la intensidad de África y Sudamérica, con profundas experiencias de la Madre tierra y la comunidad en su estado más puro, es como remontarse a los orígenes del ser humano de la mano de la humildad, la inocencia y la veneración por la naturaleza. Ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida y donde me he sentido más parte del mundo real.

Aterrizar después de eso viniendo del calor tropical de Guayaquil en pleno Nueva York y en pleno invierno es bastante descorazonador. No tanto por el tiempo, que también, sino por la vuelta a un mundo “moderno”, a unas relaciones frías entre personas y a un bienestar basado en qué modelo de iphone tengo en el bolsillo. Nada más llegar quería salir corriendo.

 

Tenía una misión clara, estar unos días con una amiga de las que nunca me cansaría de ver. Y a la que veo mucho menos de lo que quisiera. Minerva es de las personas más auténticas, buenas y honestas que conozco. Cada vez que la veo es como si no hubiese pasado ni una semana. Hace unos años que vive en Nueva York y ahora tiene con ella a mi pequeña y preciosa amiga Anna. Anna tiene dos años y un carácter súper divertido. Ellas hicieron mi visita a la helada manzana un evento cálido y familiar.

 

 

Otra de las cosas maravillosas de hacer amigos por todo el mundo es que te los vuelves a encontrar a miles de kilómetros de distancia y parece que retomáis la conversación donde la dejasteis. Eso me pasó con Bruno, un peruano que vive en Nueva York y al que conocí en mi estancia en Argentina. Allí nos volvimos a encontrar, en el medio del barrio más hipster de NYC. Compartimos una suculento plato de pasta italiana (se me hizo raro volver ir a un restaurante “bien”) y una muy buena conversación. Esta es la maravilla de pasear por el mundo, que te salen amigos en los sitios más inesperados y auténticos.

 

 

Cuando haces un viaje de observación como el mío empiezas a darte cuenta de la diferencia entre cómo vivimos la vida y cómo podríamos vivirla si nos desapegáramos de los roles sociales que creemos tener. Reconoces que nuestra falta de libertad viene por nosotros mismos, los que más nos limitamos. Vivimos aislados en fachadas, en caretas que nos ponemos cada día para “sobrevivir”. Pues bien, cuando ves a la gente sin caretas en una parte del mundo mostrándote su sonrisa o su lágrima más sincera, no logras volver a ver las caretas del otro lado sin asombro y pena.

Mientras comíamos observaba a nuestros compañeros de la mesa de al lado. Gente en sus 30 y tantos con looks modernos, móviles a la última y conversaciones “ligeras”. Nada diferente a como yo me veía hace muy poco. Ahora lo veo de fuera después de seis meses vividos y todo ha cambiado para mí, muy adentro. Sé que no puedo volver a ser la misma persona que antes del viaje porque en el camino me he encontrado con partes de mi que solo conocía superficialmente y que me guían con fuerza. Actúo conectada con mi esencia. Ahora sí mi voz, mi mente y mi espíritu están alineados y siguen el mismo mensaje. Y esto os lo deseo a todos. Quitaros las caretas. Mostraros como sois. No hay nada más liberador.

Comments (2)

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