Belleza sureña

Belleza sureña

Travel

A través de una ventana sucia y oxidada del ferry se ve la belleza del exterior. La naturaleza impactante de la isla sur. La suciedad podría empañarla, depende de los ojos que la miran. Es como nuestra visión de la vida, empañada o no siempre depende de cómo la miramos, bajo qué prisma y desde qué perspectiva.

 

 

La isla me recibe con un tiempo espectacular, me invita a la playa, y yo no voy a ser la que le diga no. Conduzco unas horas por la bahía norte, la Golden bay. Cada 2 kilómetros me paro a hacer fotos, el paisaje es idílico, asombroso, mi boca no deja de abrirse y me sale espontáneo el “Guau! Qué pasada!”. Cada vez entiendo más y más los consejos de mi amigo Oscar: “No pierdas tiempo en las ciudades, vete al sur”. Elijo una de las playas del Abel Tasman National Park y allí me lanzo al agua. Soy como una niña chica en las vacaciones de verano, mi entusiasmo no cesa. Me quedo en esa playa todo el tiempo que quiero, sin importar la hora ni lo que tenga que hacer porque al fin y al cabo … nadie me espera y sólo yo determino lo que quiero hacer. Esa es la gran libertad, cuando conseguimos liberarnos de los “debería”.

 

 

 

Mi siguiente parada es La Playa. Y digo La Playa porque es uno de los sitios más bellos que he visto en mi vida. Pharariqui Beach es sino la más, una de las playas más alucinantes playas que haya visto en el mundo. Me encanta, me ha atrapado su energía. Está llena de luz, de poder y de paz. Un camino de 20 minutos por colinas sacadas de las imágenes del escritorio de Windows (o al revés mejor dicho), preceden la entrada a la playa. La amplitud es sobrecogedora, las enormes piedras de la playa talladas por la erosión te transportan a un decorado de escena de película. Los leones marinos son los pobladores, tú no eres más que un visitante, necesitas recordarlo y ser respetuoso. Ese es el mensaje en toda Nueva Zelanda. Me decido a bañarme en el mar de Tasmania, es una decisión valiente porque lo salvaje del mar impresiona y los carteles avisan de que no se recomienda el baño por la fuerza del mar. Y yo digo, ellos no saben que yo soy gallega … Nacemos con respeto por el mar. Con precaución tomo mi baño, y lo disfruto de nuevo como cuando era niña, salto, me río y juego con él. No muy lejos veo una figura entre las olas zambulléndose. Mi primer pensamiento es que hay otra persona que se ha atrevido a meterse al mar en esta playa semi desierta. Intuyo después que no es una persona, veo una aleta … Mi corazón empieza a latir más deprisa y empiezo a recular hacia la orilla. Sigo mirando a la figura … y veo una cabecita que se asoma … un león marino me mira con aire curioso, él también está jugando en el mar … gran suspiro de alivio!! No puedo evitar echarme a reir, él me sigue mirando y dando vueltas con las olas. Los dos nos miramos curiosos, y yo disfruto ese momento con plena conciencia de donde estoy, de la interrelación con el entorno, con ese león marino, con la naturaleza que me rodea. Fue uno de los momentos más bellos de mi viaje. La naturaleza nos hace tantos regalos que no apreciamos. ¿Por qué? Porque la mayoría de nosotros está desconectado de ella, y de nosotros mismos.

 

 

Esa noche duermo en el parking de un pub cercano después de degustar la cerveza local. El viento sopla muy fuerte y yo me siento por una parte afortunada de estar protegida por el cierre del parking y por otra parte sola y rara durmiendo en un coche. Todavía no lo siento mi casa de tortuga. Y os preguntaréis cómo funciona eso de vivir en un coche. Pues es bastante práctico. La parte de atrás de mi coche está preparada con unas tablas y un colchón que se extiende cuando rebates los asientos traseros. Allí coloco mi saco de dormir y las cosas que hacen de almohada. También tengo un hornillo a gas y utensilios para hacerme la comida. Todo está preparado y organizado. Las cortinillas azules se corren cuando voy a dormir para que no me vean en mis dulces sueños. Y cuando lo dejo aparcado lo cubro todo con una lona para que no se vea que es mi coche-cama sino que quizás transporto algo sin valor. Recomendaciones útiles para que no te roben en las grandes ciudades.

Al día siguiente me dirijo al sur desde el punto más al norte de la costa oeste donde está Wharariqui beach. Las horas en el coche me encantan, disfruto mucho conduciendo y escuchando música. Si a eso le añades los paisajes de Nueva Zelanda ¡es una experiencia casi religiosa! Desconozco cuantas veces puedo haber parado a hacer fotos, videos, contemplaciones, … llego a un camping donde pasaré la noche antes de explorar la parte más famosa de la costa Oeste y el dueño me habla de un tifón que viene esa noche. ¿Cómo que un tifón? No será el mismo que … No puede ser. El mismo tifón que me hizo dormir dos noches en el aeropuerto de Honolulu está ahora llegando a Nueva Zelanda y justo en el área donde yo me encuentro. Y me pregunto, ¿me estará siguiendo?

Necesito desistir de mi visita a la costa Oeste, no sería nada práctico en el medio de los efectos de un tifón, jajaja! Me muevo muy temprano a la mañana siguiente escapando hacia el interior de la isla. Me siento en una peli donde la protagonista se aleja a toda prisa en su coche seguida por un tornado. Emocionante ¿eh? Este viaje no deja de sorprenderme. Cuantas más aventuras corro más lo disfruto.

Los siguientes dos días la tormenta y la lluvia me dejan encerrada en el coche, no hay mucho que pueda hacer a parte de conducir hasta un lugar seguro. Estoy en el coche. Afuera llueve, hoy no ha parado de llover en todo el día. Mis horas de conducción me han dado vistas increíbles incluso en la lluvia, paisajes de un belleza sublime y sobrecogedora al mismo tiempo. Me siento tan pequeña en esta naturaleza gigante. Somos pequeños en ella. El hombre teme a la naturaleza, por eso la ha querido dominar. Sigue lloviendo, estoy calentita en el coche, espero que mañana amaine un poco y pueda explorar mejor la zona. En Nueva Zelanda me siento un poco sola. Me gustaría compartir estas sensaciones con alguien, y al mismo tiempo amo mis días, mi propia compañía, la libertad de volar en mi coche sin ataduras y a mi aire.

La zona donde estoy es de montaña y lagos. Lake Tekapo se ve magnífico sin importar el mal tiempo. Hago las excursiones que puedo con chubasquero y abrigo. ¡Nada me va a parar! Ni un tifón ni una avería en mi coche … Esta tarde el coche no me ha encendido. Nada, no se encendía ni una luz. Llamé a la asistencia en viaje. Cuando llegaron … el coche encendió. ¿Magia? ¿Una broma? Yo creo que es un fallo de un coche viejo. La asistencia y la compañía de alquiler me cobran 100 eur a mí porque dicen ellos solo se hacen cargo de fallos mecánicos y yo de los no mecánicos. ¿Qué pasa si no hubo fallo? Pregunto. Pues lo sigo pagando yo parece ser. Es abusivo e injusto. Me enciendo como una moto y me quejo rotundamente a la empresa de alquiler que digamos no tiene el mejor servicio al cliente. Lo importante de esta anécdota es que el subidón de adrenalina por el enfado la discusión y todo lo que conlleva en mala energía me recuerda que hace prácticamente seis meses que estoy tranquila, en un modo pacífico y relajado. No me gusta la sensación después de este subidón de mala energía, es como una sacudida de la que me cuesta recuperarme. Y aprendo más de mí misma, a calmar esa llama de mecha rápida en mi interior. A saber cuando pararla.

 

 

Las siguientes fotos os muestran un poco la belleza de los lugares de esta zona.

Lake Tekapo

 

El Mount Cook, otro escenario de película, se despojó de sus vestidos hechos de nubes para que pudiera apreciarlo. Todo un regalo después de la tormenta.

Wanaka

Queenstown

Mildford Sound

Fiordland

Me dirijo hacia el punto más al sur de la isla sur, después de estar en el punto más al sur de África y de Sudamérica quiero ver cómo es en Nueva Zelanda … allí os espero, coged la mochila y seguimos hablando mientras volvemos al Norte.

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