El Imperio del Sol Naciente

El Imperio del Sol Naciente

Travel

Japón no me enamoró con un flechazo desde el primer momento. Se ha ido desnudando ante mí lentamente mostrándome lo justo para que mi interés fuera in crescendo y sólo entonces me ha desvelado su templada y delicada belleza. Y es sobrecogedora.

Llegar a Tokyo acostumbrada a la calma del “dolce fare niente” filipino me tenía un poco estresada. Con el poco internet que me llegaba leía webs en las que te daban un máster sobre los símbolos para coger el metro y el tren en la capital nipona. Después de varios artículos leídos sobre el tema decidí que seguiría haciendo lo mismo que hasta ahora: Ir sobre la marcha y confiar en que viajado lo viajado cualquier lugar es explorable. Preguntando se llega a Roma o a Shinjuku. Y así fue.

Tokyo es la ciudad más enorme que he visto y en cuatro días quizás he visto el 5%, pero ¿a quién le importa? Yo seguí los consejos de mi amiga Yumi que como buena mezcla entre japo y alemana es la mejor planificadora del mundo y hace unas guías de viaje que ni Lonely Planet. Ella, una enamorada de Tokyo y de Japón, me aconsejó lo mejor de lo mejor. Era como tenerla a mi lado cada día. Tokyo es una ciudad tan diversa que podrías vivir de cualquiera de las maneras que se te pasen por la cabeza. Si quieres estar en el meollo más cool lo tienes, si quieres ser un freak temático lo tienes, que quieres vivir en la calma lo tienes, si prefieres un rollo más hippi artístico también …. eso sí, japonés fluido o aislamiento social.

Tokyo fue el escenario de otro descubrimiento de nuevas y bonitas amistades como la de Tatiana, una parisina de vacaciones en Japón y con la que disfruté varios días en Tokyo y Kyoto. Cafés, templos y largas conversaciones. Un plan de los que apetecen.

Os cuento la experiencia más interesante que tuve en la ciudad. Después de casi 8 meses sin pisar una peluquería (yo que iba cada mes y no concebía la vida sin mi peluquera) necesitaba plantearme una visita inmediata. Mi pelo era un estropajo de cocina a punto de caerse. Mi look era el origen de las mechas californianas, y sin haberlas pagado. Era el momento de rendirse a la evidencia. Pregunté en 5 peluquerías de mi barrio. Nadie hablaba inglés para explicarle mis necesidades. Y de repente la encontré, la chica más amable y efectiva de todo Tokyo. Como pudimos nos explicamos, Google translator fue el tercero en la conversación y ella, la más paciente del mundo, se encargó de explicarme el día que podía ir y el presupuesto que supondría (bastante parecido a lo que pagaría en Barcelona). El día D llegó. El siguiente reto era explicarle al estilista la historia de mi melena y lo que esperaba de él. Ni ellos hablaban inglés ni yo japonés y no fue un impedimento. Nos entendimos a la perfección. Y el resultado fue muy bueno. Documento gráfico abajo.

En Tokyo cumplí uno de mis sueños, el que venia a mi mente cada vez que pensaba en Japón: el Monte Fuji. Hay una magia especial que lo rodea para mí, esa elegancia y belleza en su aspecto. En mi mente siempre fue el símbolo de lo que era el Japón cinematográfico de mis pensamientos. Recorrí la distancia en tren hasta uno de los lagos a sus pies y tuve la suerte de que las nubes me lo descubriesen para poder apreciarlo. Allí me senté, a la orilla del lago durante varias horas comiendo sushi y observando cómo otro sueño se hacía realidad en mi viaje.

Kyoto fue la segunda parada de mi aventura. La ciudad de las maiko o geishas. Alquilé mi bici por eso del sentimiento de ser una local (y de moverme independiente del transporte) y esperé una inmersión en un mundo auténtico de templos, tradiciones y sabor antiguo. Encontré una masa gigante de turistas por todas partes y mucho marketing. No mucho sabor antiguo y más guiris chinas disfrazadas de geishas que maikos reales. Lo mejor fue la sensación con la bici por la ciudad, mis piernas trabajaron de lo lindo porque Kyoto no es una ciudad del todo plana. Sakura se veía por todas partes en su máxima expresión, incluso más florecido que en Tokyo. En mis paseos con la bici me paraba a comer al lado del río y allí hacía lo que los japoneses llaman “hanami”, observar la floración. Y realmente entendí lo que una persona local puede disfrutar. Kyoto es una ciudad mucho más manejable que Tokyo y con mucha naturaleza alrededor. Las tiendas de kimonos de segunda mano fueron mi debilidad, el hecho de comprarte un kimono que otra mujer japonesa ha llevado lo llena de encanto, como si ya tuviese alma propia.

Kyoto dio paso a Hiroshima. El bus nocturno ha sido mi transporte habitual entre ciudades a lo largo de todo Japón. Y mucho más barato que el tren, alrededor de tres veces menos. Esto es para quienes queréis ir a Japón sin volver con un sólo ojo. La moda del Japan Rail Pass es de todo menos barata.

Llegué a Hiroshima a las 6 de la mañanita, con el amanecer y varios mensajes inesperados desde España después de una noche de insomnio y recuerdos melancólicos de aquellos que ya no están. Fue un comienzo duro en una ciudad con una energía densa y triste. Quizás por eso me encontré todo el día con una tristeza profunda y muchas lágrimas. Estaba tan triste que no podía explicar la magnitud de mi sentimiento con nada externo que hubiese ocurrido. Después de visitar el lugar de la bomba atómica me tuve que ir de allí. Busqué refugio en Miyajima, una isla en frente de Hiroshima con un atardecer de los más preciosos y memorables que recuerdo en el viaje. Mi tristeza seguía, me encontraba sentada en una playa de Japón, en una isla idílica, frente a un tori magnifico y un sol que descendía regalando escenas de película. Y mi tristeza seguía en su máximo apogeo. Y así es el viaje, no puedo (ni quiero) parar la vida o los sentimientos. Necesito respetar mis sentimientos a cada momento, y vivir la tristeza igual que vivo la alegría. Sin programarla ni pararla.

La segunda parte de este viaje nipón descubrí la verdadera vida japonesa. Y se lo debo a Moano, una maravillosa persona que conocí en Perú viajando con su novio Sean. Una japonesa y un australiano enamorados de los viajes y con mucha experiencia ya a sus espaldas. Moano me invitó a su casa en Shimane y ese fue el mayor regalo de mi paso por Japón.

Imaginad un pequeño pueblo en el Oeste de Japón, todos los vecinos se conocen, se regalan verduras entre ellos, se tratan como familia. Pocos o ninguno ha viajado y no muchos extranjeros va por esos lares. Así que cuando llega uno se vuelcan en acogerlo, dedicarle su mejor sonrisa y enseñarle su tierra, sus lugares sagrados, sus montañas y su excelente gastronomía. Está de más deciros que me habría quedado allí varios meses. La habitación de tatami en la casa de Moano era un lujo asiático para mí. Nunca me pude imaginar que disfrutaría de algo así después de todos los hostales y la falta de privacidad. Cada mañana que me desperté en mi futón miraba a los delicados detalles de la habitación y pensaba en lo inmensamente agradecida que estaba. Japón es un deleite para los sentidos a muchos niveles.

 

Asakusa Temple en Tokyo

Parque Ueno en Tokyo donde los japoneses se sientan a apreciar el Sakura (floración)

Sakura en Tokyo

Asakusa Temple en Tokyo

Galería de arte en Tokyo

Terminando la jornada de trabajo (Tokyo)

La vida en Tokyo

La vida en Tokyo

Antes con mechas californianas

Después al estilo japonés

Monte Fuji

Monte Fuji

Kyoto, mi bici y yo

La vida en Kyoto

Templo Kinkaku-Ji en Kyoto

Sakura en Kyoto

La vida en Kyoto

Templo Kiyomizu-Dera en Kyoto

Fushimi-Inari, el camino de los toris en Kyoto

Isla de Miyajima en Hiroshima

Gran Tori en Miyajima

Moano y Sean

Mi habitación de tatami

Ascenso al Monte Mitoku

Ascenso al Monte Mitoku

Ascenso al Monte Mitoku

Nageiredo, el final del ascenso al monte Mitoku

 

 

El mejor amanecer que vi a mi llegada a Kyoto en el autobús nocturno. La ciudad se despertaba conmigo

 

El mejor atardecer sin duda desde la isla de Miyajima, cuando el gran sol naciente se iba a dormir

 

 

La mejor receta, los mochis, mi postre japonés favorito desde el comienzo de los tiempos

INGREDIENTES

Para el mochi (6-10 uds.):

  • 250 g de harina de arroz glutinoso
  • 100 g de azúcar
  • 300 ml de agua fría
  • Maizena (para espolvorear mientras se amasa)

Para el relleno:

  • 250 g de judías azuki (soja roja)
  • 250 g de azúcar
  • 25 g de glucosa
  • Una pizca de sal
  • Fresones frescos

PREPARACIÓN

Masa de mochi:

  1. En un recipiente mezclar la harina de arroz glutinoso, el azúcar y el agua, que se debe añadir lentamente.
  2. Mezclar enérgicamente, añadiendo el agua lentamente, hasta que no queden grumos y la mezcla quede un poco pegajosa y elástica.
  3. Forrar con un paño húmedo un cuenco de bambú para cocer al vapor, verter la masa en su interior y tapar. Situar el cuenco sobre una cacerola del mismo diámetro, llena de agua hirviendo. Dejar cocer unos 20-25 minutos hasta que la masa adquiera una textura mate de aspecto más sólido y pastoso.
  4. Retirar del fuego y dejar enfríar la masa hasta que esté templada (mínimo 45 min).
  5. Amasarla manualmente o  con la ayuda de un trapo húmedo limpio o de una espátula rígida. Como truco, se puede añadir hasta un 10% más de azúcar para que los mochis duren más tiempo.
  6. Espolvorear Maizena sobre la encimera (o dentro de una bandeja de horno para menos engorro). Usaremos esta superficie para verter la masa y embadurnarla con harina para que sea manipulable y no se pegue a las manos.

Elaboración del daifuku mochi (o cómo rellenar el mochi):

  1. Poner la pasta de arroz encima de la Maizena y embadurnar bien para que la masa no se pegue a las manos al manipularla. Estirar la masa ligeramente y cortarla en porciones pequeñas (tamaño albóndiga) con la ayuda de una espátula rígida.
  2. Aplanar cada pelota en la palma de la mano, estirando con cuidado para formar un disco.
  3. Colocar el relleno en el centro. Este se compondrá de una fresa envuelta de pasta de judía roja.
  4. Mediante pequeñas rotaciones en la palma de la mano, poco a poco ir cerrando los laterales de la pasta de arroz sobre el relleno, a modo de capullo de flor, hasta que tengamos la bola perfectamente cerrada.
  5. Para acabar de sellar la masa de arroz basta con realizar pellizcos en las grietas para que se peguen y la superficie quede homogénea.

Relleno de anko (pasta de judía roja) y fresa. El anko se puede comprar ya hecho, en conserva, o bien se puede hacer de forma casera siguiendo las siguientes instrucciones:

  1. Dejar las judías en remojo durante 12 hrs.
  2. Eliminar un poco del agua de remojo y verter el resto en la olla a presión.
  3. Cocer a fuego vivo durante 35 min.
  4. Destapar y retirar toda el agua. En la misma olla, añadir glucosa y una pizca de sal.
  5. Volver a calentar a fuego medio e incorporar el azúcar en tres tiempos. Hay que cocer la soja hasta obtener una textura pastosa. Después, retirar del fuego y dejar enfríar.
  6. Una vez fría, la pasta de judía roja se puede separar en pequeñas bolas (tamaño albóndiga) que se podrán rellenar de un fresón.
  7. Primero se forma la pelota, luego se aplana y finalmente de coloca la fresa en el centro y se van cerrando los laterales hasta envolver la fresa con cuidado, mediante ligeras rotaciones en la palma de la mano. Es el mismo mecanismo que utilizamos para rellenar el mochi.

 

 

La superstición o tradición de purificarse a través del ascenso al monte Mitoku. El ascenso al Monte Mitoku (Mitokusan) es una experiencia única. Se trata del mismo camino que los monjes usaban para entrenarse y es una forma de agudizar y purificar los seis sentidos de los seres humanos. El ascenso es un reto y en él es necesario utilizar todos los sentidos. A través del ascenso uno se libera de sus debilidades y se purifica.

 

 

La pulsera en Mitokusan con el símbolo del mono y la magia del momento más especial en mi estancia en Japón.

 

 

Me despedí de Japón llorando, quien lo hubiera dicho después de mi decepción inicial ante tanta invasión turística. Me parecía que Japón ya no tenía alma. Fue con los días y las experiencias que me la mostró. Me hizo esperar como todo lo bueno. En Japón encontré magia, respeto, sabiduría y una familia. Moano y su madre me hicieron prometer que volvería a Japón. Las tres lloramos mientras nos despedíamos y yo hice la promesa, tanto a ellas como a mi misma, que mi vuelta a Japón es segura. Allí encontré la delicada y exclusiva sensación de cuando uno se reúne con personas destinadas a acompañarte en la vida.

 

Domo arigato

 

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