El país de la Globalización

El país de la Globalización

Travel

Entrar en Tailandia fue llegar a una modernidad que no recordábamos. Solamente pasar la frontera en bus de Luang Prabang en Laos a Chiang Rai en Tailandia (un paseo de 20 horas) nos dejó con la boca abierta. Allí no había colas, no pagabas nada por entrar y los baños eran los más modernos que veíamos en semanas ¡El colmo del confort!

Chiang Rai nos deleitó con buenísimos cafés y una gran variedad de supermercados y 7eleven. Dios mío ¡qué modernidad! No podíamos creerlo. Esto no era un país asiático, era un mundo occidentalizado … y tanto. Os seguiré contando por qué.

La primera actividad en la pequeña Chiang Rai después del café y el paseo fue el descubrimiento del mercado nocturno (la principal atracción de las ciudades asiáticas). Allí bebimos cerveza artesanal y comimos el mejor Pad Thai que recuerdo en mi vida. En Tailandia todo es extremadamente fácil para un turista, incluso negociar con los tuktuk para hacer ruta de templos al día siguiente fue coser y cantar. Mi sorpresa iba en aumento, ante tantas facilidades no podía sino relajarme y … comer Pad Thai con cerveza.

Los templos en Chiang Rai son tan interesantes como modernos. Yo soy de la vieja escuela, si veo templos me gusta que sean antiguos y que huelan a viejo, que tengan historias en sus paredes y muchos siglos de experiencia. Dicho esto, ver un templo blanco con budas por un lado y calaveras, cabezas cortadas o manos saliendo del suelo por el otro es imperdible. Verlo bajo una lluvia torrencial y sin paraguas es estar un poco loca pero esto era una aventura, ¿no? La mejor anécdota del día fue en el templo blanco (Wat Rong Khun para los culturetas), Asa y yo íbamos descubriendo los alrededores sorprendidas por un edificio dorado espectacular, quizás el más bonito después del templo. Nos acercamos a ver el buda en el interior (siempre hay un buda) y la placa con el nombre del templo. Se llamaba Toilet.

Dos días en Chiang Rai fueron más que suficientes. Estábamos impacientes por conocer el pueblo hippie por excelencia en el norte de Tailandia: Pai nos esperaba. Allí llegamos una tarde calurosa, en una minivan desde Chiang Mai, la escala necesaria. Y allí mismo, en la estación de minivans de Pai, al recoger mi mochila del suelo ya no me sentí conectada a ella como antes. La sensación de mi mochila y yo por el mundo está cambiando. La vuelta a casa se acerca, y me siento feliz al pensarlo. Está llegando el momento de dejarla, la mochila y la vida de nómada.

Pai es un pueblo de mochileros más que de hippies. Quizás esa fue su historia. Lo que se ve hoy en día son chicos de 20 años escasos en viaje por el Sudeste asiático, la parte barata y fácil del mundo. Y por eso mismo los negocios y actividades son acordes al cliente. Nuestro hostal era un lugar muy bonito, al lado del río marrón. Y sí, digo marrón porque los ríos de estos países son marrones. El agua no baja clara, y no es que tengan barro sino que están llenos de sedimentos y minerales. Allí tenemos una bonita cabaña para dos en el medio de la selva, con una buena mosquitera y un ventilador que no deja de funcionar. Asa pone a prueba a cada minuto su miedo a los bichos, creo que después de este viaje lo habrá superado … o no.

La actividad ideal en Pai es alquilarte una moto y descubrir los alrededores. Es una zona magnífica, con paisajes muy verdes, cascadas, un pequeño gran cañón colorado, un buda blanco gigante y muchos templos. Lo descubrimos todo con un calor sobrehumano. No podemos ir con menos ropa o beber más líquido. Estamos a punto de derretirnos en millones de moléculas y mezclarnos con el plástico del sillín de la moto.

El mejor lugar de Pai sin duda es un bar de jazz con un patio central donde se abre el micrófono a todo aquel que quiera interpretar una canción. Estas sesiones las coordina una chica francesa bohemia 100%. Sus jeans anchos, su camiseta de tirantes y su flequillo acompañan perfectamente a su actitud cool y desenfadada de “no tengo nada que demostrarle a nadie”. La gente que sale al escenario improvisado tiene mucho talento, tanto que me transportan a otros momentos y a sentimientos olvidados. Es una atmósfera cultural y genuina que me lleva hacia adentro, a un mundo propio construido hace tiempo.

Chiang Mai es nuestra última parada en el norte de Tailandia. Es la hermana mayor de Chiang Rai. Su mercado nocturno no nos impacta, más bien nos estresa. Sus templos sí marcan una diferencia en mí. Son aquellos que más paz me han inspirado en las últimas semanas. Me gusta sentarme en ellos en silencio, sólo estar allí, presente, y observar. La gran lección que me inspiran es la humildad. La siento como necesaria, esencial para entender todo lo que me está pasando y perfecta para recibir todo lo que venga después de mi vuelta. El budismo es una fuente inesperada de sensaciones para mí. Me inspira para seguir descubriendo y asimilando.

El gran regalo de nuestra visita a Chiang Mai fue el día en un refugio de elefantes. Hay muchas cosas a tener en cuenta cuando viajas a Indochina. Allí los elefantes son explotados de muchas maneras: en espectáculos para turistas, en el circo o en trabajos pesados. Se usa y abusa de ellos y son animales tremendamente sensibles. Os animo a que si vais no participéis en esos espectáculos y no contribuyáis a que sigan torturándolos así. Merecen un trato digno y respetuoso. Leyendo “literatura bloggerana” sobre el tema descubrimos un refugio que una mujer tailandesa había creado en el sur de la ciudad. Nos encantó el lugar y los comentarios de la gente. El día lo pasamos con un grupo de gente de la etnia Karen que eran los dueños de los tres elefantes que vimos (una etnia de Myanmar que está presente también en Tailandia) y los cuidadores de los elefantes. Les dimos de comer, los acompañamos al baño en los charcos de lodo y aprendimos con los cuidadores. Lo más importante para mí fue poder contribuir a que ese proyecto siga adelante y sea más y más conocido.

En Bangkok nos despedimos del país. Allí esperaba caos, tráfico, turistas, negocios de masaje, Tattoo shops … pero no esperaba los templos íntimos y maravillosos y la belleza de la diversidad en la ciudad. Mi percepción fue que la gente va a Bangkok para vivir algo intenso, sea lo que sea. Y pocos se acercan al lado delicado e intimo de los pequeños barrios. La respuesta más acertada me la dio una pareja de irlandeses que conocí en Laos y que vivían en Bangkok: Hay un Bangkok para cada uno, me dijeron.

Mis regalos en Tailandia:

  • El amanecer entrando en Tailandia con el bus, nuestro último tramo de fronteras por carretera y el delicioso desayuno que nos regalamos en Chiang Rai

 

  • El atardecer desde un templo de Bangkok viendo como la luz jugaba con la figura dorada de un Buda

 

  • La Receta de Tailandia para mí sin duda es el Pad Thai (aunque en origen es un plato vietnamita). Y tiene una historia muy interesante. El Pad Thai fue “inventado” en la dictadura de Phibun a mitad del siglo XX como plato nacional para dar a conocer la gastronomía tailandesa. En la época había una gran escasez de arroz por lo que se usaron en su lugar los fideos de arroz , baratos y saciadores. El resultado es una delicia para mi. Podéis encontrar miles de recetas de Pad Thai en la web.

 

  • La Superstición, los tatuajes tailandeses (roi sak) otorgan poderes a quienes los llevan. Se hacen normalmente en los templos por los monjes, sin máquina, con una aguja. Los maestros tatuadores son muchas veces los que eligen lo que tatuar de acuerdo con la personalidad de la persona y sus necesidades. Se trata normalmente de animales. Se paga por el tatuaje un precio muy barato y suelen identificarse con las clases más pobres.

  • La Pulsera que compre con Asa en el refugio de elefantes, las vendían allí las mujeres de la etnia karen.

 

Tailandia en general está llena de posibilidades y de facilidades para el extranjero, tantas que me abruma. Mi reflexión es que han perdido su esencia vendiendo su alma al diablo, siendo el diablo el turismo de occidente. Ese turismo que quiere llegar a un país y que todo sea fácil para no molestarse en descubrir el alma de su gente. El mismo turismo que paga muchos papeles verdes para acallar vicios. Ese turismo destruye el alma de un país. Y esto es por lo que yo prefiero entenderme a duras penas con miradas y sonrisas en Laos para tener una habitación en un hostal a hablar en perfecto inglés (idioma de la ¡oh gran globalización!) en una cadena hotelera americana en Tailandia. Y dicho esto os digo que hay de todo en todos sitios, sólo es necesario buscarlo.

Templo Blanco en Chiang Rai

Toilet en el Templo Blanco

Templo azul en Chiang Rai

Nuestra casita en Pai

Descubriendo Pai

Big White Buda (Pai)

Pai Red Canyon

Slow Life en Pai

Templos en Chiang Mai

Santuario de elefantes en Chiang Mai

Templo del buda reclinado en Bangkok

Chinatown (Bangkok)

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