La madre de muchos hijos

La madre de muchos hijos

Travel

Querida Myanmar, tus enseñanzas han sido intensas, tus experiencias me han dejado exhausta y tu gente es gloriosamente genuina. Doy gracias por haberte conocido sin casi turistas y así poder experimentar el contacto auténtico con tus hijos. Son unas de las personas más amables y humildes que he conocido en este viaje alrededor del mundo.

No has tenido una historia fácil ni pacífica, muchas etnias en un mismo territorio llamado de la misma forma. Tantas luchas por el poder, tanta represión. Nunca entenderé cómo puede convivir en el mismo país una fuerte presencia militar con una fuerte tradición budista, representando a mis ojos cosas completamente opuestas. Y aún así conviven, o convivieron por mucho tiempo. La realidad siempre supera a todas nuestras expectativas, para bien y para mal.

La primera aventura fue llegar a ti. Confiadas en sacar el visado a la llegada al aeropuerto nuestra sorpresa fue máxima cuando al ir a hacer el check-in de nuestro vuelo desde Bangkok nos dijeron que el visado sólo se puede tramitar antes de volar y que nos quedábamos en tierra. Aún en shock nos sentamos en un banco del aeropuerto a reflexionar sobre nuestras opciones. A la desesperada tramitamos en ese momento el visado online, ninguna de nuestras tarjetas funcionaba en la página web … Gracias a un ángel de amiga (Anita te debo una cena) pudimos pagar y enviar nuestra solicitud. Nos contestarían en uno o dos días. Ya dispuestas a buscar hotel en Bangkok de nuevo y cambiar nuestros planes … De repente nos llega un e-mail con nuestro visado aprobado. Corremos al mostrador. La chica, sorprendida, nos acepta a bordo y nos dice que corramos a la puerta de embarque. La cola es increible en emigración. Llevo a Asa a la parte de la gente con minusvalías, embarazadas, etc. Asa me mira con cara de “nos van a largar de aquí”. Cuando nos toca el turno le digo “Saca la barriga y haz que estás embarazada o no cogemos el vuelo”. Y así, las dos con la barriga de fuera y hablando de bebés pasamos las colas y nos metimos en el avión. Felices y a carcajadas nos preparamos para descubrirte.

Yangon, el lugar donde te empezamos a conocer, es una ciudad muy curiosa. Nuestro primer contacto el primer día fue con todos tus templos y pagodas y tu forma particular de vivir. Yo buscaba referentes desde lo que conocía y todo me parecía una gran mezcla entre China, India y Tailandia, tanto en comida como en costumbres y tradiciones. La presencia de tantos monjes por tus calles me tenía fascinada, desde adultos hasta niños vestidos de naranja o de burdeos, tanto hombres como mujeres, niños y niñas. Se veía claramente cómo de importante es el budismo en tus tierras. La comida no fue tan sorprendente, veníamos de las delicias de Tailandia y su explosión de sabores, perdónanos. Tus platos no nos sorprendían tanto.

Recuerdo nuestra sorpresa en la pagoda Shwedagon. Grupos de gente venían a pedirnos hablar con ellos en inglés y hacerse fotos con nosotras. Estábamos alucinadas de los pocos turistas que había y de la sensación que causábamos los que estábamos allí. Incluso un monje muy parlanchín nos inundó con preguntas, una monja paseando se quiso hacer fotos con nosotras. Tu gente es realmente magnífica, abierta a los demás, humilde en su actitud y muy generosa. Siempre llevan puesta la sonrisa amable y la mirada limpia.

Recorrimos todo el perímetro de Yangon en un tren circular local, compartiendo asiento con todo tipo de personas y de mercancías. Los mercados en las estaciones, los puestos de tabaco formados con una silla y una caja y los vendedores de fruta dentro del vagón me cautivaban. El respeto con el que se tratan entre ellos es digno de ver y de copiar. Nada tiene que ver si tienen estudios o nunca fueron a la escuela. La bondad no entiende de títulos. Pasamos tres horas en ese tren, salimos con el culo cuadrado y la mente llena de imágenes de un Yangon real.

Nuestra última noche en la ciudad la pasamos dándonos un capricho en la terraza del edificio más alto con un cocktail en la mano viendo al sol despedirse. Nos acompañó Sebastián, un chileno de paso en Yangon que desprendía buen rollo. Los tres disfrutamos de buenas conversaciones y una cena en un restaurante “clandestino” que mi rubia encontró en su lista de recomendaciones (es una experta en descubrir cafés y restaurantes en cualquier ciudad del mundo, ¡qué suerte la mía!).

Más al norte de esta tierra tuya encontramos el lugar más sagrado, donde se respira toda la historia de tus templos, tus budas, tus pagodas y tus stupas. Bagan nos impresionó. Montadas en nuestras motos eléctricas recorrimos todos esos lugares sagrados bajo un sol de justicia. Allí, en tus templos al sol con el suelo quemando encontré a los niños más dulces e inocentes, tan curiosos sobre mi como yo sobre ellos. Llevaban en la cara su tanaka y acompañaban a sus padres, vendedores en las entradas de los templos.

Bagan nos regaló atardeceres naranjas recortados con perfiles de pagodas y templos en el horizonte. Quisimos descubrir un lugar íntimo desde donde disfrutar en soledad del espectáculo. Bagan cerró todos los tejados de sus templos y pagodas por el último terremoto así que sólo teníamos una opción, llena de turistas que como nosotras esperaban ser los únicos. Aquello parecía una fiesta cool en el tejado de una pagoda del siglo XII. De todo menos íntimo.

Hemos recorrido con buses tus caminos de sur a noroeste, de noroeste a noreste y de noreste a norte. Muchas carreteras, tantos kilómetros e infinidad de historias. Mientras viajábamos mi diosa sueca dormía. Yo miraba por la ventana con mi música de banda sonora pensando en todo lo vivido y lo aprendido. También deseando ver a los míos. Nueve meses son muchos fuera de casa, mi mente se traslada continuamente a los lugares conocidos y a mis personas queridas. Ellos saben quienes son y si están leyendo esto sabrán que los extraño tanto como ellos a mí y que inevitablemente mis ojos se inundan cuando pienso en volver a verlos. Así son los viajes en soledad, te llevan adentro, muy adentro y te revelan qué y quienes son importantes en tu mundo. Cuando me decís “quiero que vuelvas” o “te estoy esperando” o “te extraño tanto” mi pensamiento responde automáticamente “Esperadme que ya vuelvo y sólo pienso en abrazaros”.

El siguiente autobús nos dejó en tu lago más famoso, querida Burma, el lago Inle. Allí, derrotadas por el calor y la intensidad de Bagan, decidimos quedarnos más días y descansar. Yo necesitaba ese descanso mucho y me lo tomé con mucha calma. Ahora que el viaje está llegando a su fin reduzco conscientemente el ritmo y las revoluciones a las que he vivido en los últimos meses. El lago nos encantó, la gente es realmente amable y abierta. Entre templo y pagoda y tiro porque me toca descubrimos un mercado local genial. Posiblemente éramos de las poquísimas extranjeras allí y fuera de los puestos turísticos el mercado se extendía en todas direcciones con productos locales e intercambios únicos. A mí me recordaba a los mercados de mi tierra, con las señoriñas de caras arrugadas y pañuelo en la cabeza que vienen de las aldeas cercanas a vender sus quesos, flores, verduras, … los mejores productos que podrás encontrar están en los mercados en los que ellas venden, sea el país que sea.

Y así, en otro autobús y en otra ruta llegamos a la parte más al Norte que se puede llegar en tu territorio: Hsipaw, el estado de la etnia Shan. Nunca me imaginé que allí me vería en una de las peores situaciones que he vivido en este viaje … Todo empezó como un trekking de placer a la montaña durmiendo en lindas casas en los árboles. No os imagináis cómo terminó ¿Os lo cuento? Venga, que os veo atentos.

Hsipaw es un pueblo pequeño casi en la frontera con China donde todos los comerciantes adoptaron nombres con los que los turistas los bautizaron años atrás. Por ejemplo tenemos a Mrs Popcorn que tiene un restaurante, o a Mr Book con una tienda de libros, Mr Pizza y Mr Wok vienen de recibo. Mr Charles es el dueño del hotel donde nos alojamos y uno de los protagonistas de mi historia se llama Mr Bike. Mr Bike es un hombre afable y sonriente que empezó casi 10 años atrás a importar motos de China. El negocio de Mr Bike sin embargo no son las motos, son los trekkings. Él y su equipo organizan trekkings por las montañas cercanas y han construido en lo alto de una de ellas casas en los árboles desde donde se aprecian unas vistas impresionantes del paisaje birmano del norte. En esas mismas montañas es donde no hace mucho luchaban los diferentes grupos étnicos y de hecho está considerada una zona naranja de restricción. Teníamos muchas recomendaciones de estos trekkings así que allá nos fuimos, aventureras que somos, sin pensar en lo que nos venía de frente.

La ida hacia la montaña fueron unas 7-8 horas casi todo en subida, y cuando digo en subida es de la que corta la respiración. Desde el principio mis caderas me alarmaron, tenía un dolor punzante, de esos que tengo al final de un día de trekking de 20 kilómetros. La subida a las casas del árbol me costó muchos dolores pero llegué y allí descubrimos que las casas del árbol por muy románticas que sonasen estaban sucias y llenas de avispas. Una colmena entera vivía allí. La noche pasó entre bichos, dolores y lluvias torrenciales. No paraba de pensar en el por qué del dolor, en otros trekkings peores me había visto y nunca había sufrido así. La respuesta tardó pocas horas en llegar.

Por la mañana nuestro guía parecía preocupado, las lluvias hasta esa mañana temprano habían sido muy fuertes y nuestro camino de vuelta era resbaladizo, largo y por el medio de la jungla. Y cuando digo jungla es real, de las espesas y alejadas de la civilización. Ningún pueblo ni carretera en muchos kilómetros. Mi preocupación principal era la cadera, con el dolor y la debilidad que ya tenía si me caía en una mala postura temía hacerme mucho daño y no poder seguir el camino. Aún así me levanté con fuerza y acepté el reto. Desde el principio el camino fue complicado, la cuesta abajo bien pronunciada y el terreno un barrizal: Le añadimos pocos árboles, arbustos o rocas donde agarrarte y tenemos la receta ideal para una buena caída.

A los pocos kilómetros empezaron las náuseas. Desde la mañana me sentía rara, no quise comer nada en el desayuno y el café que me dieron me sentó como una patada en el estómago. Cuando vomité la primera vez pensé que algo me habría sentado mal la noche anterior, no quise darle mucha importancia. A la segunda y tercera me dí cuenta de que probablemente estaba con un virus y después de la cuarta ya confirmé que tenía una gripe intestinal galopante. Y tan galopante, cada 20 minutos me paraba a vomitar, mi estomago no aceptaba ni el agua y me quedaban por lo menos cinco horas de caminata. Se me venía el alma a los pies, cómo iba a salir de allí, nadie me iba a llevar en brazos, cada uno estaba luchando por seguir el camino. Me caí varias veces después de muchas horas de camino, cruzando ríos por troncos completamente embarrados o por rocas llenas de musgo. Seguía bebiendo aunque vomitase, algo se me tenía que quedar, sólo pensaba en que sobretodo no podía deshidratarme. Y así pasaron las horas, con lluvias muy fuertes, empapada y agarrada a un palo que Asa me buscó para apoyarme con la lluvia cayéndome por la cara. Estaba totalmente entregada a la situación, y decidida a salir de allí. Soñaba con el agua fría en mi garganta, tenía tanta sed, cada vez más. Y cuanto más vomitaba más sed tenía.

Seis horas más tarde llegamos a un pueblo donde me recogió una moto para llevarme a la ciudad. El resto fueron días y días sin comer ni casi beber, sólo vomitar. Asa me cuidaba y me daba una seguridad de que si me pasaba algo ella se encargaría. Cada vez estaba más débil, pasaron días hasta que asimilé el agua mezclada con minerales. A pocos pude comer algo pero ya había pasado una semana y mi cuerpo estaba muy débil. Así me despedí de ti Myanmar, en plena recuperación y habiendo pasado la peor enfermedad que recuerdo en el viaje y creo que en muchos años. Muchos aprendizajes he sacado de ahí. No te guardo rencor por esa experiencia, en mi recuerdo son más fuertes tus grandes valores y tu gente de sonrisa radiante.

Y de ti me llevo todo esto, y más :

El amanecer, sin dudarlo en Bagan. Nos despertamos muy temprano por la mañana, cogimos nuestras motos y condujimos por las polvorientas carreteras hasta el mirador desde donde el magnífico y naranja dios sol estaba naciendo.

 

 

El atardecer en la terraza del edificio más alto de Yangon, con la ciudad a nuestros pies, un cocktail en la mano y despidiéndonos de nuestra última noche allí.

 

 

La receta, los fideos estilo shan, es el plato que comúnmente se asocia con el estado de Shan. Una combinación de fideos delgados y planos en un caldo claro y rico en pimienta que contiene pollo o cerdo marinado, se adereza con ajonjolí tostado y un chorrito de aceite de ajo. Se sirve con una guarnición de vegetales en conserva.

La superstición/tradición se llama tanaka. Es una especie de protector solar completamente natural, que se obtiene raspando el tronco de un árbol llamado tanaka y mezclándolo con agua hasta formar una pasta. Lo usan casi todas las personas que pasan mucho tiempo al sol y los niños. También es un indicador de estatus social, ya que lo usan los trabajadores rurales, de la construcción, vendedores ambulantes, etc.

 

 

La pulsera, el hilo rojo con el disco de plata que llevan las tribus de la montaña de la zona del lago Inle y que nos compramos en el mercado local del lago.

 

 

Myanmar, has sido la madre de las madres del recibimiento cálido y cariñoso y así te quedas en mi pensamiento. Tu gente es hermosa, tus acentos suaves y tus parajes están llenos de diversidad. Diría que puedes ser varios países al mismo tiempo, por tus etnias y tus paisajes. Un factor en ti es común, la sonrisa. Eres la madre de muchos hijos diferentes que se han peleado entre sí por décadas, mientras tú paciente esperas su reconciliación ofreciéndoles la religión de la paz. Tomo tus manos entre las mías y te doy las gracias por absolutamente todas las experiencias.

 

 

Yangon

Yangon

Niños monjes en Yangon

 

Shwedagon Pagoda en Yangon

Shwedagon Pagoda

Shwedagon Pagoda

Tren circular en Yangon

Despedida de Yangon en la terraza más alta

Con nuestras motos por Bagan

Bagan y sus templos

Los niños de Bagan

Bagan y sus atardeceres

Lago Inle

Pesca tradicional en el Lago Inle

Mercado del Lago Inle

Trekking en Hsipaw (subiendo ilusionada)

En la cima (dolorida y contenta)

Volviendo (sin palabras)

Hasta la vista Myanmar

 

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