Última estación, Katmandú

Última estación, Katmandú

Travel
Y sin darme cuenta dí el último salto en mi viaje, así como quien no quiere la cosa, hacia la prometedora experiencia de Nepal. Mis planes iniciales se vieron modificados por mi inesperada formación de Yoga en India. La estancia en Nepal se vio recortada por lo inesperado. Igualmente quería pasar un tiempo en el, pensaba yo, país de las sonrisas, la paz y la espiritualidad. Gran broche para terminar un año alrededor del mundo.
Con lo que no contaba es con que todas mis utopías,ideas e ideales sobre Nepal fuesen eso: ideas preconcebidas sin relación con la realidad. Mi llegada a Katmandú no fue lo que se dice triunfal o fluida. Sin casi dinero en el bolsillo (mis tarjetas y los cajeros indios no se llevan bien) llegué a una ciudad sucia, caótica y estresante. Un polvo denso lo inundaba todo y convertía la respiración en un deporte de riesgo. Buscaba las sonrisas de las fotos en alguien a mi alrededor y lo que encontraba eran medias sonrisas comerciales a la espera de venderme un trekking. Thammel, la zona más turística de la ciudad, era una concentración de tiendas de souvenirs y copias de equipamiento deportivo. Cuanto daño ha hecho el turismo de “trekking” en este país, un desarrollo descontrolado de negocios a medida para los europeos que se creen alpinistas y los nepalís de ciudad que se venden como Sherpas. Cuanta falta de propiedad en los términos. Somos especialistas en democratizar cualquier actividad y quitarle la esencia.
Pero volvamos donde estábamos, a Katmandú. Me podréis decir que mis expectativas me jugaron una mala pasada y os diría que es cierto. No sé qué esperaba en concreto, una combinación de vida local, ambiente tradicional y religión budista. A primera vista era difícil ver cualquiera de esos aspectos.
Mi hostel era una casa medio desvencijada, la cama estaba limpia pero los baños eran digamos “vintage”. Y yo ya estaba en un punto en el viaje de menos “compartir habitación de hostel con ocho desconocidos” y más “necesidades mínimas y básicas cubiertas”. A poco tiempo de volver a casa ya soñaba con mi cama, mi baño y la vuelta a los pequeños lujos como el agua caliente.
Dos días en Katmandú fueron suficientes para hacerme una idea del lugar, el terremoto de hace pocos años ha complicado más la vida de las personas y seguro ha empañado la visión de esta ciudad. Con esas circunstancias lo que más me apetecía era irme a las montañas, a la pequeña escuela-ONG con la que había estado en contacto y hacer una contribución significativa en mi última etapa de viaje. Dos autobuses locales y doce horas después de salir de la ciudad conseguí llegar al pueblo de montaña. Las vistas me dejaron sin palabras. Varios de los más picos más altos del mundo se veían desde allí, sólo con mirar por la ventana y con suerte de un cielo despejado. El proyecto de la escuela era diferente a lo que yo esperaba, después de vivir una inmersión total en la comunidad de Mozambique descubrí que en el caso de Nepal lo que valoraban más era la parte económica que pudieras aportar y unas pocas horas de trabajo en la escuela, no necesariamente con los niños. El proyecto era perfecto para los chicos de 20 años que estaban allí, en muchos casos su primera experiencia fuera de casa y con la posibilidad de vivir con otros compañeros en la misma casa teniendo muchas horas de tiempo libre. Después de varios días allí y de contribuir en lo que consideré mejor me volví a Kathmandú para pasar los últimos días de mi estancia en un barrio diferente. Quería darle una segunda oportunidad a la ciudad. Y así llegue a Boudha, el barrio budista por excelencia. Un remanso de paz, vida local, pequeños negocios, monjes y templos alejado del foco turístico. Justo lo que yo quería. Mi barrio me encantaba. El hostel donde me alojaba también era un remanso de paz, decidí pasar los primeros días en una habitación compartida para ahorrar y luego por mi cumpleaños pasarme a una privada y darme un pequeño gran lujo celebrando mi día. Las cosas cambiaron cuando me encontré con que el único compañero de habitación que tenía era un hindú peculiar que vivía en hostales “para no convivir con gente” pero se dedicó a hacerme un tercer grado a modo de batería de cincuenta preguntas por minuto hasta que mi cordialidad pasó a ser sinceridad: “Creo que haces demasiadas preguntas”, así terminaron nuestros 15 minutos de gloria. No sé si fue eso, los ronquidos, mis ansias de privacidad o que no cerrase la puerta del baño cuando hacía pis. La cuestión es que después de dos noches decidí darme el lujo de una habitación privada y dar así por concluida la temporada de habitaciones compartidas en mi viaje. Suficiente con la experiencia vivida.
Aquí en un café del barrio de Boudha tomándome el desayuno descubro una vez más cómo necesito volver a una estabilidad y a cuidarme tras este largo viaje. Mi nuevo barrio en Katmandú me inspira paz, la paz que tanto necesitaba. Cuando llegué después de otro viaje intenso y extenso me sentí llena de felicidad al pasear por las pequeñas calles cercanas a la stupa. Pequeñas calles llenas de vida pacífica y local, pequeños talleres de oficios, cafés locales donde los monjes budistas se mezclan con la gente del barrio. Es el cielo en esta tierra de polvo denso, caras de resignación y precariedad. En mi barrio la gente sonríe más que en cualquier otra parte que haya visto en este país. La gente vive tranquila aquí. La espiritualidad, una vez más, es el refugio perfecto en un mundo de caos.
En unos días vuelvo a España . Tantas cosas he aprendido en este tiempo, tanta fuerza interior. Me siento llena de puertas abiertas a nuevos proyectos, mi mente se ha acostumbrado a dejarse llevar por la intuición, a escuchar mis propios bioritmos. Mi cuerpo se ha liberado de pesos que cargaba sin necesidad y ahora me siento ligera en muchos sentidos. Estoy deseando construir mi nueva vida sobre todo lo aprendido en este camino.
Nepal ha sido muy diferente a la imagen que yo tenía. Y al mismo tiempo, retomando el esperar lo inesperado, decubrí que la aceptación de las situaciones como son es lo único que nos puede dar la suficiente sabiduría para afrontar cualquier giro. Mi final de viaje “tenía que” ser significativo y en Nepal en mis expectativas. Y, como me dijo una amiga, quizás ya lo había sido y Nepal era un pre-aterrizaje en la tranquilidad y la normalidad.
Cada etapa de este periplo mundial ha sido única e incomparable, ninguna similar a otra y todas llenas de Marías diferentes y conectadas. Los demás son nuestro espejo, sean de donde sean e independientemente de su raza, sexo, religión o cultura. Todos estamos conectados, anhelamos lo mismo, respiramos en grados similares y nos rodeamos de las mismas energías, cometemos los mismos errores, necesitamos los mismos afectos y luchamos por los mismos ideales. No hay un ellos y nosotros. No existe la dualidad señores. Pero esto lo descubrirá cada uno cuando le toque.
Ahora, nerviosa y emocionada, me dispongo a volver a España. Vuelvo apreciando mucho mi tierra y mi gente. Somos un lugar lleno de virtudes y de una calidad de vida envidiable. El Mundo ama nuestra tierra y nuestra cultura a veces más que nosotros mismos. Quizás es momento de revisar nuestros espíritus críticos y empezar a practicar lo que en yoga se llama SAMTOSHA, el sentirse pleno y agradecido por todo lo que tenemos en nuestra vida. El asombro y el agradecimiento son dos capacidades que necesitamos renovar diariamente y de una manera consciente para disfrutar cada día como lo que es, Único.
Y viajar … Viajar te abre galaxias enteras, sobretodo internas.
No sé qué me depara el futuro, me mantengo con las puertas abiertas a lo que llegue, ahora más que nunca. Esto era “sólo” la transición, comienza ahora la aventura del cambio de vida en la vida real, sin estar de viaje, sin continuos movimientos y sin distracciones. Ahora empieza el momento de la verdad. Y la verdad, lo estoy deseando.
Llegando a Katmandú, la ciudad bajo el polvo
Descubriendo la ciudad
Descubriendo la ciudad
Descubriendo la ciudad
Descubriendo la ciudad
Camino a las montañas
Camino a las montañas
Después de comer, kit de supervivencia
En las montañas, os presento a Manaslo, uno de los picos más altos del mundo (en la portada véis Annapurna)
Modo montaña
En las montañas, conociendo a Urmila
En las montañas, conociendo a Umesh
En las montañas, proyectos educativos
Yoga desde las nubes
En las montañas, trabajando los arrozales
De vuelta en Katmandú, mi barrio se llama Boudha (Boudha stupa)
Boudha, artesanos
Boudha, vecinos
Boudha, la peluquería de los monjes

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