Taller Art of Being

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¿Qué se siente viajando de nuevo? *** How does it feel, traveling again?

Life Style, Travel

Coger la mochila, poner lo realmente indispensable dentro y volver a viajar ligera, incluso más que antes si cabe. Tras 10 meses intensos de vuelta en Barcelona, volver a partir … Han sido meses de muchos cambios. Imagínate volver a tu ciudad con una mente diferente, unos ojos diferentes, un yo diferente. Empezar una nueva profesión, arrancar un nuevo estudio, construir un nuevo hogar, adaptarte a una vida que ya no es la misma, porque tú no lo eres. ¿Suficientes retos? Depende de cómo se mire. Todo cambia cuando te atreves a ser tú mismo.

La naturaleza humana es tremendamente complicada cuando está dominada por el ego. Quizás por ello es tan difícil vivir las relaciones actuales entre familia y amigos, llenas de históricos a veces comprometidos y viejas rencillas. Todo lo que evolucionamos se pierde en los roles donde nos encasillamos unos a otros, por defecto y sin remedio. Con nuevas personas somos más libres, partimos de una página en blanco donde crear otra historia. No entendemos que la evolución es inherente a las personas, que no somos estáticos, que todo y todos cambiamos cada día.

El viaje me descubrió mi alma salvaje y pura, me puso en contacto con ella. Y esa nueva relación conmigo misma sigue y seguirá más y más profunda.Este tiempo de ajuste entre mi nuevo yo y mi entorno ha requerido paciencia. Sin expectativas todo es un regalo. Nadie te debe nada y no le debes nada a nadie salvo respeto, que es otra forma de amor.

Volver a partir, aunque esta vez por un par de meses, me ha resultado tan sorprendentemente sencillo. Cargarme de nuevo la mochila a la espalda, hacer de la habitación de un hostal mi propio mundo, lavar mi ropa con el mismo olor a jabón que en el viaje previo, todo viene natural, como si hubiese sido ayer mi vuelta de Nepal como última parada.

Qué sensación de libertad! Intentadlo alguna vez, dejad todo e iros por unos días, semanas, meses, lo que podáis. Iros sin mucho equipaje, lo más ligeros posible, a un lugar desconocido. Abriros a la gente de ese lugar, abriros de verdad, desde la humildad y el respeto. Incluso siendo un lugar de vuestro propio país, poco importa. Eso sí, muy importante: id solos. Será una de las experiencias más reveladoras que podáis vivir.

Viajar solo es, para mí, como un pequeño virus que nunca te deja, necesitas hacerlo, aunque sea de vez en cuando. Disfrutar de tu propia soledad, wn un lugar alejado de esa zona de comfort que tanto nos atrae. Conocerte y conectar con partes de tí mismo que seguro no conoces todavía.
¿Te atreves? ¿A dónde irías?

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Taking again my backpack, putting what is really essential inside and returning to travel lightly, even more than before if that’s possible. After 10 intense months after my return to Barcelona, start traveling again … They have been months of many changes. Imagine going back to your city with a different mind, different eyes, a different “you”. Starting a new profession, a new studio, building a new home. Also adapting to a life that is no longer the same, because you are not the same. Enough challenges? It depends on how you look at it. Everything unavoidably changes when you dare to be yourself.

Human nature is tremendously complicated when it is dominated by the ego. Perhaps this is why it is so difficult to live the current relationships between family and friends, full of sometimes compromised histories and old quarrels. Our evolution is lost in the roles where we pigeonholed each other, by default and without remedy. With new people we feel freer, we start from a blank page where we create another story. We do not understand that evolution is inherent to people, that we are not static, that everything and everyone changes every day.

The trip led me to discover my wild and pure soul, put me in contact with it. And that new relationship with myself continues and will continue deeper and deeper. This time of adjustment between my new self and my environment has required patience. Without expectations, everything is a gift. Nobody owes you anything and you owe nothing to anyone except respect, which is another form of love.

Going back to travel, although this time for a couple of months, has been so surprisingly simple. Carrying back the backpack, making the room of a hostel my own world, handwashing my clothes with the same soap as in the previous trip, everything comes naturally, as if it had been yesterday my return from Nepal.

What a feeling of freedom! Try it sometime, leave everything and go for a few days, weeks, months, whatever you can. Go without much luggage, as light as possible, to an unknown place. Open up to the people of that place, open yourselves truly, from humility and respect. Even if it is a place in your own country, it doesn’t matter. Of course, most important: go alone. It will be one of the most revealing experiences you can experience.

Traveling alone is, for me, like a small virus that never leaves you, you need to do it, even once in a while. Enjoy your own solitude, in a place away from that comfort zone that attracts us so much. It will get you to know you and connect with parts of yourself that you probably do not know yet.
Do you dare? Where would you go?

Última estación, Katmandú

Travel
Y sin darme cuenta dí el último salto en mi viaje, así como quien no quiere la cosa, hacia la prometedora experiencia de Nepal. Mis planes iniciales se vieron modificados por mi inesperada formación de Yoga en India. La estancia en Nepal se vio recortada por lo inesperado. Igualmente quería pasar un tiempo en el, pensaba yo, país de las sonrisas, la paz y la espiritualidad. Gran broche para terminar un año alrededor del mundo.
Con lo que no contaba es con que todas mis utopías,ideas e ideales sobre Nepal fuesen eso: ideas preconcebidas sin relación con la realidad. Mi llegada a Katmandú no fue lo que se dice triunfal o fluida. Sin casi dinero en el bolsillo (mis tarjetas y los cajeros indios no se llevan bien) llegué a una ciudad sucia, caótica y estresante. Un polvo denso lo inundaba todo y convertía la respiración en un deporte de riesgo. Buscaba las sonrisas de las fotos en alguien a mi alrededor y lo que encontraba eran medias sonrisas comerciales a la espera de venderme un trekking. Thammel, la zona más turística de la ciudad, era una concentración de tiendas de souvenirs y copias de equipamiento deportivo. Cuanto daño ha hecho el turismo de “trekking” en este país, un desarrollo descontrolado de negocios a medida para los europeos que se creen alpinistas y los nepalís de ciudad que se venden como Sherpas. Cuanta falta de propiedad en los términos. Somos especialistas en democratizar cualquier actividad y quitarle la esencia.
Pero volvamos donde estábamos, a Katmandú. Me podréis decir que mis expectativas me jugaron una mala pasada y os diría que es cierto. No sé qué esperaba en concreto, una combinación de vida local, ambiente tradicional y religión budista. A primera vista era difícil ver cualquiera de esos aspectos.
Mi hostel era una casa medio desvencijada, la cama estaba limpia pero los baños eran digamos “vintage”. Y yo ya estaba en un punto en el viaje de menos “compartir habitación de hostel con ocho desconocidos” y más “necesidades mínimas y básicas cubiertas”. A poco tiempo de volver a casa ya soñaba con mi cama, mi baño y la vuelta a los pequeños lujos como el agua caliente.
Dos días en Katmandú fueron suficientes para hacerme una idea del lugar, el terremoto de hace pocos años ha complicado más la vida de las personas y seguro ha empañado la visión de esta ciudad. Con esas circunstancias lo que más me apetecía era irme a las montañas, a la pequeña escuela-ONG con la que había estado en contacto y hacer una contribución significativa en mi última etapa de viaje. Dos autobuses locales y doce horas después de salir de la ciudad conseguí llegar al pueblo de montaña. Las vistas me dejaron sin palabras. Varios de los más picos más altos del mundo se veían desde allí, sólo con mirar por la ventana y con suerte de un cielo despejado. El proyecto de la escuela era diferente a lo que yo esperaba, después de vivir una inmersión total en la comunidad de Mozambique descubrí que en el caso de Nepal lo que valoraban más era la parte económica que pudieras aportar y unas pocas horas de trabajo en la escuela, no necesariamente con los niños. El proyecto era perfecto para los chicos de 20 años que estaban allí, en muchos casos su primera experiencia fuera de casa y con la posibilidad de vivir con otros compañeros en la misma casa teniendo muchas horas de tiempo libre. Después de varios días allí y de contribuir en lo que consideré mejor me volví a Kathmandú para pasar los últimos días de mi estancia en un barrio diferente. Quería darle una segunda oportunidad a la ciudad. Y así llegue a Boudha, el barrio budista por excelencia. Un remanso de paz, vida local, pequeños negocios, monjes y templos alejado del foco turístico. Justo lo que yo quería. Mi barrio me encantaba. El hostel donde me alojaba también era un remanso de paz, decidí pasar los primeros días en una habitación compartida para ahorrar y luego por mi cumpleaños pasarme a una privada y darme un pequeño gran lujo celebrando mi día. Las cosas cambiaron cuando me encontré con que el único compañero de habitación que tenía era un hindú peculiar que vivía en hostales “para no convivir con gente” pero se dedicó a hacerme un tercer grado a modo de batería de cincuenta preguntas por minuto hasta que mi cordialidad pasó a ser sinceridad: “Creo que haces demasiadas preguntas”, así terminaron nuestros 15 minutos de gloria. No sé si fue eso, los ronquidos, mis ansias de privacidad o que no cerrase la puerta del baño cuando hacía pis. La cuestión es que después de dos noches decidí darme el lujo de una habitación privada y dar así por concluida la temporada de habitaciones compartidas en mi viaje. Suficiente con la experiencia vivida.
Aquí en un café del barrio de Boudha tomándome el desayuno descubro una vez más cómo necesito volver a una estabilidad y a cuidarme tras este largo viaje. Mi nuevo barrio en Katmandú me inspira paz, la paz que tanto necesitaba. Cuando llegué después de otro viaje intenso y extenso me sentí llena de felicidad al pasear por las pequeñas calles cercanas a la stupa. Pequeñas calles llenas de vida pacífica y local, pequeños talleres de oficios, cafés locales donde los monjes budistas se mezclan con la gente del barrio. Es el cielo en esta tierra de polvo denso, caras de resignación y precariedad. En mi barrio la gente sonríe más que en cualquier otra parte que haya visto en este país. La gente vive tranquila aquí. La espiritualidad, una vez más, es el refugio perfecto en un mundo de caos.
En unos días vuelvo a España . Tantas cosas he aprendido en este tiempo, tanta fuerza interior. Me siento llena de puertas abiertas a nuevos proyectos, mi mente se ha acostumbrado a dejarse llevar por la intuición, a escuchar mis propios bioritmos. Mi cuerpo se ha liberado de pesos que cargaba sin necesidad y ahora me siento ligera en muchos sentidos. Estoy deseando construir mi nueva vida sobre todo lo aprendido en este camino.
Nepal ha sido muy diferente a la imagen que yo tenía. Y al mismo tiempo, retomando el esperar lo inesperado, decubrí que la aceptación de las situaciones como son es lo único que nos puede dar la suficiente sabiduría para afrontar cualquier giro. Mi final de viaje “tenía que” ser significativo y en Nepal en mis expectativas. Y, como me dijo una amiga, quizás ya lo había sido y Nepal era un pre-aterrizaje en la tranquilidad y la normalidad.
Cada etapa de este periplo mundial ha sido única e incomparable, ninguna similar a otra y todas llenas de Marías diferentes y conectadas. Los demás son nuestro espejo, sean de donde sean e independientemente de su raza, sexo, religión o cultura. Todos estamos conectados, anhelamos lo mismo, respiramos en grados similares y nos rodeamos de las mismas energías, cometemos los mismos errores, necesitamos los mismos afectos y luchamos por los mismos ideales. No hay un ellos y nosotros. No existe la dualidad señores. Pero esto lo descubrirá cada uno cuando le toque.
Ahora, nerviosa y emocionada, me dispongo a volver a España. Vuelvo apreciando mucho mi tierra y mi gente. Somos un lugar lleno de virtudes y de una calidad de vida envidiable. El Mundo ama nuestra tierra y nuestra cultura a veces más que nosotros mismos. Quizás es momento de revisar nuestros espíritus críticos y empezar a practicar lo que en yoga se llama SAMTOSHA, el sentirse pleno y agradecido por todo lo que tenemos en nuestra vida. El asombro y el agradecimiento son dos capacidades que necesitamos renovar diariamente y de una manera consciente para disfrutar cada día como lo que es, Único.
Y viajar … Viajar te abre galaxias enteras, sobretodo internas.
No sé qué me depara el futuro, me mantengo con las puertas abiertas a lo que llegue, ahora más que nunca. Esto era “sólo” la transición, comienza ahora la aventura del cambio de vida en la vida real, sin estar de viaje, sin continuos movimientos y sin distracciones. Ahora empieza el momento de la verdad. Y la verdad, lo estoy deseando.
Llegando a Katmandú, la ciudad bajo el polvo
Descubriendo la ciudad
Descubriendo la ciudad
Descubriendo la ciudad
Descubriendo la ciudad
Camino a las montañas
Camino a las montañas
Después de comer, kit de supervivencia
En las montañas, os presento a Manaslo, uno de los picos más altos del mundo (en la portada véis Annapurna)
Modo montaña
En las montañas, conociendo a Urmila
En las montañas, conociendo a Umesh
En las montañas, proyectos educativos
Yoga desde las nubes
En las montañas, trabajando los arrozales
De vuelta en Katmandú, mi barrio se llama Boudha (Boudha stupa)
Boudha, artesanos
Boudha, vecinos
Boudha, la peluquería de los monjes

Espera lo Inesperado

Travel

Cuando dejas fluir la vida te sorprende y te lleva a caminos poco transitados que misteriosamente encajan perfectamente contigo. Llegar a ese fluir requiere trabajo previo, apertura mental y mucha decisión. A veces puedes intuir el cambio y a veces, como me ha pasado a mí, te pilla totalmente desprevenida. Parecería que una cadena de factores fortuitos te llevan irremediablemente a ese punto. En realidad no son fortuitos en absoluto, vienen de la fuente desconocida que gobierna nuestras vidas.

Los primeros días en Rishikesh fueron una dura adaptación a un calor difícil de llevar por el día e imposible para dormir por la noche. El ruido del tráfico en la carretera cercana era inmenso. Mi idea romántica del retiro pacífico en las montañas estaba lejísimos de ser real. La dieta vegetariana era lo que menos me incomodaba, la comida era deliciosa y en ningún momento eché de menos la proteína animal. Además de que mi cuerpo lo estaba agradeciendo mucho tras los altibajos de las últimas semanas.

Lo que marcó el antes y el después fueron las primeras clases de Pranayama (lo que en occidente llamamos control sobre la respiración y que en realidad engloba un arte mucho más complejo). Pandeyji, el Maestro, nos hablaba de lo que el Pranayama bien usado significa en la vida de una persona, las técnicas, los usos,etc. Yo lo escuchaba entusiasmada, igual que cuando hablaba de filosofía y de las tradiciones antiguas aunque eso no fue lo que me impactó. Sólo fue cuando empecé mis primeras experiencias prácticas en pranayama cuando descubrí una sensación única para mí, mucho más allá de lo que cualquier meditación me haya llevado. En mi mente empecé a plantearme la posibilidad de profundizar en esa disciplina, quizás más adelante volver y hacer un curso más largo. Quizás el año que viene, quizás en verano, quizás si todo se da y puedo disponer del tiempo … Quizás quizás quizás. Te estás engañando a tí misma, me dije, el quizás puede que no se de nunca. Estás aquí y ahora y tienes el tiempo, quizás económicamente sea una inversión inesperada en tus ahorros. Y quizás si sigues tu intuición la inversión merezca la pena. Y así lo decidí, quedarme un mes más, vivirlo plenamente, aislarme y explorarlo. Darme en cuerpo, mente y alma al estudio del Pranayama, la Meditación y del Yoga en general fue una de las experiencias más intensas y gratificantes. Nueve horas por día, cuatro de ellas físicas, han fortalecido mi cuerpo y expandido mi alma manteniendo mi mente bajo control. Cuando no estaba en clase vivía con los libros en la mano, noche y día, día y noche. Son necesarias varias vidas para entender todo lo que encierra el Yoga. En este corto tiempo he tenido una primera visión desde su lugar de origen en los Himalayas, desde una de las culturas tan antiguas como el propio mundo civilizado. Mi formación ha sido una experiecia sensorial más que académica a la manera occidental, justo lo que yo necesitaba. Dicen el Maestro aparece cuando el alumno está preparado, parece que yo lo estaba. Nunca pensé en el Yoga como algo que me identificase, aunque quizás nunca entendí lo que era realmente hasta ahora. Ha hecho falta el efecto de un viaje como el que he vivido para abrir esta puerta.

Tengo una Amiga de las de “A” mayúscula que empezó conscientemente ese camino, el del estudio del Yoga, hace un año. Ella entendió que ese era su camino y se entregó, dió lo mejor de sí misma y superó muchos obstáculos que la han hecho inlcluso más grande de lo que ya era. Su camino y mi viaje alrededor del mundo han sido paralelos, la una ha aprendido de la experiencia de la otra. Ella ha sido mi primer pie para entender el Yoga. Me encantaba escuchar sus disertaciones y lo sentía como un conocimiento fascinante. Mi camino en cambio ha sido inesperado y repentino. Ambas somos como dos afluentes que desembocan de manera diferente en el mismo río, uno largo y serpenteante y el otro corto y de aguas rápidas. Ambos desembocan en el río Madre, enorme e inabarcable y ambos se ayudan a seguir adelante.

Aquí en mi último día en este caótico lugar donde encontré algo tan valioso pienso en los tantos secretos que esconde este país. Trece años viniendo en modo businesswoman no me dieron la oportunidad de conocer su esencia. Ahora la he descubierto y he entendido su embrujo. El porqué tanta gente viene aquí y se encuentra con partes de ellos mismos hasta ahora desconocidas. Nadie te prepara para las partes de tí mismo que te encuentras en el camino. Crees conocerte cuando en realidad hay tanto dentro que las ideas rígidas sobre tu propia personalidad la vida las va desmontando. Así somos, desconocidos para nosotros mismos. Sólo cuando traspasas tus limitaciones mentales y aceptas sin prejuicios lo que viene a tu mente lo descubres. Te invito a escuchar tus propios mensajes acumulados en tu contestador interno. Así, cuando sigas tus intuiciones, lo profundo saldrá a la superficie.

Cómo he llegado hasta aquí, no lo sé. Cómo me he embarcado en todas mis aventuras, una por una. No lo sé. Qué me espera mañana. No lo sé. Sólo dejo que ocurra, y sigo mis intuiciones, como nunca antes.

Este país está inundado de una energía espesa, antigua, milenaria, potente, inspiradora, contagiosa. Quedarse en la superficie de su caos es no entenderla en absoluto. Se necesita un tercer ojo activo y una mente clara para vislumbrar su luz. Las ofrendas y los cánticos que a primera vista pueden parecer carentes de sentido o sectarias encierran misterios que nadie te cuenta. Sólo con un interés genuino descubres los rituales que los originan. No son conocimientos que se adquieran en los libros sino en propia carne y de Maestro a alumno.

Me siento afortunada de haber abierto esta caja de Pandora al conocimiento milenario del Yoga. Mi aprendizaje ha comenzado, mi práctica se ha vuelto fuerte y estable. Mi mente está abierta.

“Yuj samadhao” (El Yoga es la conexión contigo mismo)

La ceremonia de fuego, abriendo el curso

Camino a mis clases cada día

Explorando

Libros Libros y Libros

Práctica diaria

Pranayama en el Ganges

Meditación en los Himalayas

Estiramientos a lo indio

Mi habitación, el hogar es donde pongas tu luz

Domingos en compañía

Ganges beach

El Maestro y la Alumna

La Graduación

Ha nacido una baby Yogi

Lujo Asiático

Travel

Llegar a Mumbai fue como volver a una dimensión pasada, a un planeta ya conocido. Al igual que Hong Kong, Mumbai ha sido mi destino recurrente en los últimos … muchos años. Y no precisamente por vacaciones.Una de las maravillas de mi profesión previa fue el encontrar a gente tan alejada de mi cultura y tan cercana a mi corazón. Gobind es una de esas personas. Nos conocimos hace más de diez años en el mundo profesional y nos hicimos muy buenos amigos. A esa preciosa amistad se sumaron muy pronto su mujer y sus hijos. Gobind y su familia son mi familia en India. Y ese ha sido uno de los grandes regalos de mi paso por el mundo textil.

En el aeropuerto me esperaba un conductor que él me había enviado. Era la primera vez que venía a

India por placer y de inicio me sentía casi como en mis viajes de trabajo, salvo por la mochila. Sentada en la parte de atrás del coche miraba a través de la ventanilla la ciudad que tantas veces me había visto llegar. Su autovía, sus calles y callejuelas inundadas de los colores brillantes, la gente sonriente y los millones de coches pitando. Y es que India es indescriptible, cuando llegas sientes ese olor que la define y que me resulta imposible de explicar. Olor a húmedo, a especias, a humanidad y al polvo de sus caminos. Allí sentada tenía la impresión de que en cualquier momento el coche se pararía en un edificio de oficinas y la María “de trabajo” cargada con su portátil, sus dos móviles y sus fichas técnicas entraría dispuesta a pasar los siguientes 7 días negociando, viendo colecciones, resolviendo problemas de producción y explicando los nuevos diseños a la infinidad de fábricas visita a visita. La María en modo “oficial” llegaba con la cabeza cargada de resultados, precios, márgenes, ventas, presupuestos, patrones, tejidos, botones, lavados, cremalleras, encogimientos, largos, anchos, consumos, fórmulas … y con las ideas muy claras sobre lo que todo

el mundo tenía que hacer. Efectividad y exigencia en estado puro.

En cambio la María que llegó esta vez a Mumbai venía con la humildad y la apertura mental de un viaje que le descubrió lo verdadero e importante. Abrió la puerta de la casa de su familia india y recibió toneladas de amor, de sonrisas, de cuidados, conversaciones, paseos, comidas y vinos selectos, mil y una historias sobre aventuras del viaje, nuevos descubrimientos sobre la cultura de una India que después de tantos años sólo logró rozar con los dedos.

Ambas Marías tan lejos y tan cerca. Y ahí se experimenta el cambio. La versión actualizada de un sistema operativo previo. Maria 2.0.

Caminar por las calles de Mumbai, mezclarme con la gente, empaparme de su cultura en el Museo Nacional, entender el Freedom Fighting en la casa de Gandhi. Nunca tuve el tiempo ni la oportunidad de experimentarlo hasta ahora. Mumbai está lleno de secretos que desconocía. Por ejemplo el Dabbawala, un sistema de recogida y entrega de comida muy especial. Funciona así: recogen en tu casa el recipiente con la comida para tu almuerzo y te lo entregan al mediodía en cualquier parte de Mumbai. Se mueven en bicicleta a través del tráfico de una ciudad tan enorme y caótica. En los más de 100 años de servicio jamás se han equivocado de “tupper” y sirven a toda la ciudad. El príncipe Carlos de Inglaterra incluso mantiene contacto con el jefe y lo invitó a la última boda, ¿cómo os quedáis? La ciudad les ha hecho incluso una estatua. Cosas como esta tiene Mumbai. Allí podéis encontrar el slum más grande del mundo, un área de chabolas donde viven millones de personas. Una artista local decidió hacer la vida de estas personas más agradable y pintó sus casas de colores vibrantes llenos de alegría.

Los días en Mumbai experimenté un lujo asiático del que disfruté como una niña. Gobind y su familia me trataban entre algodones. Todas las comodidades que pudiese imaginar a mi alcance. Por las mañana desayunos con los mangos más ricos del mundo (los mangos Alfonso) y con jamón ibérico (casi me caen las lágrimas), las noches durmiendo en una cama XXL con colchón de latex, un baño sólo para mí, agua caliente, aire acondicionado, comidas en los mejores restaurantes … no podía creer lo que vivía. Viniendo de un viaje de presupuesto reducido todas estas condiciones estaban lejos de producirse en la mayoría de los lugares. Mi viaje ha sido de lo más básico en ese sentido: dormitorios compartidos en hostales, dieta simple, calores tropicales sin aire acondicionado, camas duras, duchas frías … importan tan poco cuando entiendes lo que vives. En Mumbai disfruté de cada uno de los lujos con delicia … y sin apegarme. Disfrutar sin necesitar. Soy feliz al necesitar menos, cada vez menos, para sentirme satisfecha.

Y de Mumbai volé al desconocido norte de la India, en los Himalayas. Rishikesh, la cuna del yoga, me esperaba para dos semanas de yoga, meditación y ayurveda. Todo una experiencia. Os veo allí, en las montañas donde nace el río Ganges.

 

Karuna y Gobind

La habitación más alucinante de mi viaje

Desayunos de reinas

Museo Prince of Wales

El Mumbai colonial

La vida en Mumbai

Mani Bhavan, Museo de Gandhi (su habitación)

Dabbawala Mumbai

Slums en color

Atardecer en Mumbai

La madre de muchos hijos

Travel

Querida Myanmar, tus enseñanzas han sido intensas, tus experiencias me han dejado exhausta y tu gente es gloriosamente genuina. Doy gracias por haberte conocido sin casi turistas y así poder experimentar el contacto auténtico con tus hijos. Son unas de las personas más amables y humildes que he conocido en este viaje alrededor del mundo.

No has tenido una historia fácil ni pacífica, muchas etnias en un mismo territorio llamado de la misma forma. Tantas luchas por el poder, tanta represión. Nunca entenderé cómo puede convivir en el mismo país una fuerte presencia militar con una fuerte tradición budista, representando a mis ojos cosas completamente opuestas. Y aún así conviven, o convivieron por mucho tiempo. La realidad siempre supera a todas nuestras expectativas, para bien y para mal.

La primera aventura fue llegar a ti. Confiadas en sacar el visado a la llegada al aeropuerto nuestra sorpresa fue máxima cuando al ir a hacer el check-in de nuestro vuelo desde Bangkok nos dijeron que el visado sólo se puede tramitar antes de volar y que nos quedábamos en tierra. Aún en shock nos sentamos en un banco del aeropuerto a reflexionar sobre nuestras opciones. A la desesperada tramitamos en ese momento el visado online, ninguna de nuestras tarjetas funcionaba en la página web … Gracias a un ángel de amiga (Anita te debo una cena) pudimos pagar y enviar nuestra solicitud. Nos contestarían en uno o dos días. Ya dispuestas a buscar hotel en Bangkok de nuevo y cambiar nuestros planes … De repente nos llega un e-mail con nuestro visado aprobado. Corremos al mostrador. La chica, sorprendida, nos acepta a bordo y nos dice que corramos a la puerta de embarque. La cola es increible en emigración. Llevo a Asa a la parte de la gente con minusvalías, embarazadas, etc. Asa me mira con cara de “nos van a largar de aquí”. Cuando nos toca el turno le digo “Saca la barriga y haz que estás embarazada o no cogemos el vuelo”. Y así, las dos con la barriga de fuera y hablando de bebés pasamos las colas y nos metimos en el avión. Felices y a carcajadas nos preparamos para descubrirte.

Yangon, el lugar donde te empezamos a conocer, es una ciudad muy curiosa. Nuestro primer contacto el primer día fue con todos tus templos y pagodas y tu forma particular de vivir. Yo buscaba referentes desde lo que conocía y todo me parecía una gran mezcla entre China, India y Tailandia, tanto en comida como en costumbres y tradiciones. La presencia de tantos monjes por tus calles me tenía fascinada, desde adultos hasta niños vestidos de naranja o de burdeos, tanto hombres como mujeres, niños y niñas. Se veía claramente cómo de importante es el budismo en tus tierras. La comida no fue tan sorprendente, veníamos de las delicias de Tailandia y su explosión de sabores, perdónanos. Tus platos no nos sorprendían tanto.

Recuerdo nuestra sorpresa en la pagoda Shwedagon. Grupos de gente venían a pedirnos hablar con ellos en inglés y hacerse fotos con nosotras. Estábamos alucinadas de los pocos turistas que había y de la sensación que causábamos los que estábamos allí. Incluso un monje muy parlanchín nos inundó con preguntas, una monja paseando se quiso hacer fotos con nosotras. Tu gente es realmente magnífica, abierta a los demás, humilde en su actitud y muy generosa. Siempre llevan puesta la sonrisa amable y la mirada limpia.

Recorrimos todo el perímetro de Yangon en un tren circular local, compartiendo asiento con todo tipo de personas y de mercancías. Los mercados en las estaciones, los puestos de tabaco formados con una silla y una caja y los vendedores de fruta dentro del vagón me cautivaban. El respeto con el que se tratan entre ellos es digno de ver y de copiar. Nada tiene que ver si tienen estudios o nunca fueron a la escuela. La bondad no entiende de títulos. Pasamos tres horas en ese tren, salimos con el culo cuadrado y la mente llena de imágenes de un Yangon real.

Nuestra última noche en la ciudad la pasamos dándonos un capricho en la terraza del edificio más alto con un cocktail en la mano viendo al sol despedirse. Nos acompañó Sebastián, un chileno de paso en Yangon que desprendía buen rollo. Los tres disfrutamos de buenas conversaciones y una cena en un restaurante “clandestino” que mi rubia encontró en su lista de recomendaciones (es una experta en descubrir cafés y restaurantes en cualquier ciudad del mundo, ¡qué suerte la mía!).

Más al norte de esta tierra tuya encontramos el lugar más sagrado, donde se respira toda la historia de tus templos, tus budas, tus pagodas y tus stupas. Bagan nos impresionó. Montadas en nuestras motos eléctricas recorrimos todos esos lugares sagrados bajo un sol de justicia. Allí, en tus templos al sol con el suelo quemando encontré a los niños más dulces e inocentes, tan curiosos sobre mi como yo sobre ellos. Llevaban en la cara su tanaka y acompañaban a sus padres, vendedores en las entradas de los templos.

Bagan nos regaló atardeceres naranjas recortados con perfiles de pagodas y templos en el horizonte. Quisimos descubrir un lugar íntimo desde donde disfrutar en soledad del espectáculo. Bagan cerró todos los tejados de sus templos y pagodas por el último terremoto así que sólo teníamos una opción, llena de turistas que como nosotras esperaban ser los únicos. Aquello parecía una fiesta cool en el tejado de una pagoda del siglo XII. De todo menos íntimo.

Hemos recorrido con buses tus caminos de sur a noroeste, de noroeste a noreste y de noreste a norte. Muchas carreteras, tantos kilómetros e infinidad de historias. Mientras viajábamos mi diosa sueca dormía. Yo miraba por la ventana con mi música de banda sonora pensando en todo lo vivido y lo aprendido. También deseando ver a los míos. Nueve meses son muchos fuera de casa, mi mente se traslada continuamente a los lugares conocidos y a mis personas queridas. Ellos saben quienes son y si están leyendo esto sabrán que los extraño tanto como ellos a mí y que inevitablemente mis ojos se inundan cuando pienso en volver a verlos. Así son los viajes en soledad, te llevan adentro, muy adentro y te revelan qué y quienes son importantes en tu mundo. Cuando me decís “quiero que vuelvas” o “te estoy esperando” o “te extraño tanto” mi pensamiento responde automáticamente “Esperadme que ya vuelvo y sólo pienso en abrazaros”.

El siguiente autobús nos dejó en tu lago más famoso, querida Burma, el lago Inle. Allí, derrotadas por el calor y la intensidad de Bagan, decidimos quedarnos más días y descansar. Yo necesitaba ese descanso mucho y me lo tomé con mucha calma. Ahora que el viaje está llegando a su fin reduzco conscientemente el ritmo y las revoluciones a las que he vivido en los últimos meses. El lago nos encantó, la gente es realmente amable y abierta. Entre templo y pagoda y tiro porque me toca descubrimos un mercado local genial. Posiblemente éramos de las poquísimas extranjeras allí y fuera de los puestos turísticos el mercado se extendía en todas direcciones con productos locales e intercambios únicos. A mí me recordaba a los mercados de mi tierra, con las señoriñas de caras arrugadas y pañuelo en la cabeza que vienen de las aldeas cercanas a vender sus quesos, flores, verduras, … los mejores productos que podrás encontrar están en los mercados en los que ellas venden, sea el país que sea.

Y así, en otro autobús y en otra ruta llegamos a la parte más al Norte que se puede llegar en tu territorio: Hsipaw, el estado de la etnia Shan. Nunca me imaginé que allí me vería en una de las peores situaciones que he vivido en este viaje … Todo empezó como un trekking de placer a la montaña durmiendo en lindas casas en los árboles. No os imagináis cómo terminó ¿Os lo cuento? Venga, que os veo atentos.

Hsipaw es un pueblo pequeño casi en la frontera con China donde todos los comerciantes adoptaron nombres con los que los turistas los bautizaron años atrás. Por ejemplo tenemos a Mrs Popcorn que tiene un restaurante, o a Mr Book con una tienda de libros, Mr Pizza y Mr Wok vienen de recibo. Mr Charles es el dueño del hotel donde nos alojamos y uno de los protagonistas de mi historia se llama Mr Bike. Mr Bike es un hombre afable y sonriente que empezó casi 10 años atrás a importar motos de China. El negocio de Mr Bike sin embargo no son las motos, son los trekkings. Él y su equipo organizan trekkings por las montañas cercanas y han construido en lo alto de una de ellas casas en los árboles desde donde se aprecian unas vistas impresionantes del paisaje birmano del norte. En esas mismas montañas es donde no hace mucho luchaban los diferentes grupos étnicos y de hecho está considerada una zona naranja de restricción. Teníamos muchas recomendaciones de estos trekkings así que allá nos fuimos, aventureras que somos, sin pensar en lo que nos venía de frente.

La ida hacia la montaña fueron unas 7-8 horas casi todo en subida, y cuando digo en subida es de la que corta la respiración. Desde el principio mis caderas me alarmaron, tenía un dolor punzante, de esos que tengo al final de un día de trekking de 20 kilómetros. La subida a las casas del árbol me costó muchos dolores pero llegué y allí descubrimos que las casas del árbol por muy románticas que sonasen estaban sucias y llenas de avispas. Una colmena entera vivía allí. La noche pasó entre bichos, dolores y lluvias torrenciales. No paraba de pensar en el por qué del dolor, en otros trekkings peores me había visto y nunca había sufrido así. La respuesta tardó pocas horas en llegar.

Por la mañana nuestro guía parecía preocupado, las lluvias hasta esa mañana temprano habían sido muy fuertes y nuestro camino de vuelta era resbaladizo, largo y por el medio de la jungla. Y cuando digo jungla es real, de las espesas y alejadas de la civilización. Ningún pueblo ni carretera en muchos kilómetros. Mi preocupación principal era la cadera, con el dolor y la debilidad que ya tenía si me caía en una mala postura temía hacerme mucho daño y no poder seguir el camino. Aún así me levanté con fuerza y acepté el reto. Desde el principio el camino fue complicado, la cuesta abajo bien pronunciada y el terreno un barrizal: Le añadimos pocos árboles, arbustos o rocas donde agarrarte y tenemos la receta ideal para una buena caída.

A los pocos kilómetros empezaron las náuseas. Desde la mañana me sentía rara, no quise comer nada en el desayuno y el café que me dieron me sentó como una patada en el estómago. Cuando vomité la primera vez pensé que algo me habría sentado mal la noche anterior, no quise darle mucha importancia. A la segunda y tercera me dí cuenta de que probablemente estaba con un virus y después de la cuarta ya confirmé que tenía una gripe intestinal galopante. Y tan galopante, cada 20 minutos me paraba a vomitar, mi estomago no aceptaba ni el agua y me quedaban por lo menos cinco horas de caminata. Se me venía el alma a los pies, cómo iba a salir de allí, nadie me iba a llevar en brazos, cada uno estaba luchando por seguir el camino. Me caí varias veces después de muchas horas de camino, cruzando ríos por troncos completamente embarrados o por rocas llenas de musgo. Seguía bebiendo aunque vomitase, algo se me tenía que quedar, sólo pensaba en que sobretodo no podía deshidratarme. Y así pasaron las horas, con lluvias muy fuertes, empapada y agarrada a un palo que Asa me buscó para apoyarme con la lluvia cayéndome por la cara. Estaba totalmente entregada a la situación, y decidida a salir de allí. Soñaba con el agua fría en mi garganta, tenía tanta sed, cada vez más. Y cuanto más vomitaba más sed tenía.

Seis horas más tarde llegamos a un pueblo donde me recogió una moto para llevarme a la ciudad. El resto fueron días y días sin comer ni casi beber, sólo vomitar. Asa me cuidaba y me daba una seguridad de que si me pasaba algo ella se encargaría. Cada vez estaba más débil, pasaron días hasta que asimilé el agua mezclada con minerales. A pocos pude comer algo pero ya había pasado una semana y mi cuerpo estaba muy débil. Así me despedí de ti Myanmar, en plena recuperación y habiendo pasado la peor enfermedad que recuerdo en el viaje y creo que en muchos años. Muchos aprendizajes he sacado de ahí. No te guardo rencor por esa experiencia, en mi recuerdo son más fuertes tus grandes valores y tu gente de sonrisa radiante.

Y de ti me llevo todo esto, y más :

El amanecer, sin dudarlo en Bagan. Nos despertamos muy temprano por la mañana, cogimos nuestras motos y condujimos por las polvorientas carreteras hasta el mirador desde donde el magnífico y naranja dios sol estaba naciendo.

 

 

El atardecer en la terraza del edificio más alto de Yangon, con la ciudad a nuestros pies, un cocktail en la mano y despidiéndonos de nuestra última noche allí.

 

 

La receta, los fideos estilo shan, es el plato que comúnmente se asocia con el estado de Shan. Una combinación de fideos delgados y planos en un caldo claro y rico en pimienta que contiene pollo o cerdo marinado, se adereza con ajonjolí tostado y un chorrito de aceite de ajo. Se sirve con una guarnición de vegetales en conserva.

La superstición/tradición se llama tanaka. Es una especie de protector solar completamente natural, que se obtiene raspando el tronco de un árbol llamado tanaka y mezclándolo con agua hasta formar una pasta. Lo usan casi todas las personas que pasan mucho tiempo al sol y los niños. También es un indicador de estatus social, ya que lo usan los trabajadores rurales, de la construcción, vendedores ambulantes, etc.

 

 

La pulsera, el hilo rojo con el disco de plata que llevan las tribus de la montaña de la zona del lago Inle y que nos compramos en el mercado local del lago.

 

 

Myanmar, has sido la madre de las madres del recibimiento cálido y cariñoso y así te quedas en mi pensamiento. Tu gente es hermosa, tus acentos suaves y tus parajes están llenos de diversidad. Diría que puedes ser varios países al mismo tiempo, por tus etnias y tus paisajes. Un factor en ti es común, la sonrisa. Eres la madre de muchos hijos diferentes que se han peleado entre sí por décadas, mientras tú paciente esperas su reconciliación ofreciéndoles la religión de la paz. Tomo tus manos entre las mías y te doy las gracias por absolutamente todas las experiencias.

 

 

Yangon

Yangon

Niños monjes en Yangon

 

Shwedagon Pagoda en Yangon

Shwedagon Pagoda

Shwedagon Pagoda

Tren circular en Yangon

Despedida de Yangon en la terraza más alta

Con nuestras motos por Bagan

Bagan y sus templos

Los niños de Bagan

Bagan y sus atardeceres

Lago Inle

Pesca tradicional en el Lago Inle

Mercado del Lago Inle

Trekking en Hsipaw (subiendo ilusionada)

En la cima (dolorida y contenta)

Volviendo (sin palabras)

Hasta la vista Myanmar

 

El país de la Globalización

Travel

Entrar en Tailandia fue llegar a una modernidad que no recordábamos. Solamente pasar la frontera en bus de Luang Prabang en Laos a Chiang Rai en Tailandia (un paseo de 20 horas) nos dejó con la boca abierta. Allí no había colas, no pagabas nada por entrar y los baños eran los más modernos que veíamos en semanas ¡El colmo del confort!

Chiang Rai nos deleitó con buenísimos cafés y una gran variedad de supermercados y 7eleven. Dios mío ¡qué modernidad! No podíamos creerlo. Esto no era un país asiático, era un mundo occidentalizado … y tanto. Os seguiré contando por qué.

La primera actividad en la pequeña Chiang Rai después del café y el paseo fue el descubrimiento del mercado nocturno (la principal atracción de las ciudades asiáticas). Allí bebimos cerveza artesanal y comimos el mejor Pad Thai que recuerdo en mi vida. En Tailandia todo es extremadamente fácil para un turista, incluso negociar con los tuktuk para hacer ruta de templos al día siguiente fue coser y cantar. Mi sorpresa iba en aumento, ante tantas facilidades no podía sino relajarme y … comer Pad Thai con cerveza.

Los templos en Chiang Rai son tan interesantes como modernos. Yo soy de la vieja escuela, si veo templos me gusta que sean antiguos y que huelan a viejo, que tengan historias en sus paredes y muchos siglos de experiencia. Dicho esto, ver un templo blanco con budas por un lado y calaveras, cabezas cortadas o manos saliendo del suelo por el otro es imperdible. Verlo bajo una lluvia torrencial y sin paraguas es estar un poco loca pero esto era una aventura, ¿no? La mejor anécdota del día fue en el templo blanco (Wat Rong Khun para los culturetas), Asa y yo íbamos descubriendo los alrededores sorprendidas por un edificio dorado espectacular, quizás el más bonito después del templo. Nos acercamos a ver el buda en el interior (siempre hay un buda) y la placa con el nombre del templo. Se llamaba Toilet.

Dos días en Chiang Rai fueron más que suficientes. Estábamos impacientes por conocer el pueblo hippie por excelencia en el norte de Tailandia: Pai nos esperaba. Allí llegamos una tarde calurosa, en una minivan desde Chiang Mai, la escala necesaria. Y allí mismo, en la estación de minivans de Pai, al recoger mi mochila del suelo ya no me sentí conectada a ella como antes. La sensación de mi mochila y yo por el mundo está cambiando. La vuelta a casa se acerca, y me siento feliz al pensarlo. Está llegando el momento de dejarla, la mochila y la vida de nómada.

Pai es un pueblo de mochileros más que de hippies. Quizás esa fue su historia. Lo que se ve hoy en día son chicos de 20 años escasos en viaje por el Sudeste asiático, la parte barata y fácil del mundo. Y por eso mismo los negocios y actividades son acordes al cliente. Nuestro hostal era un lugar muy bonito, al lado del río marrón. Y sí, digo marrón porque los ríos de estos países son marrones. El agua no baja clara, y no es que tengan barro sino que están llenos de sedimentos y minerales. Allí tenemos una bonita cabaña para dos en el medio de la selva, con una buena mosquitera y un ventilador que no deja de funcionar. Asa pone a prueba a cada minuto su miedo a los bichos, creo que después de este viaje lo habrá superado … o no.

La actividad ideal en Pai es alquilarte una moto y descubrir los alrededores. Es una zona magnífica, con paisajes muy verdes, cascadas, un pequeño gran cañón colorado, un buda blanco gigante y muchos templos. Lo descubrimos todo con un calor sobrehumano. No podemos ir con menos ropa o beber más líquido. Estamos a punto de derretirnos en millones de moléculas y mezclarnos con el plástico del sillín de la moto.

El mejor lugar de Pai sin duda es un bar de jazz con un patio central donde se abre el micrófono a todo aquel que quiera interpretar una canción. Estas sesiones las coordina una chica francesa bohemia 100%. Sus jeans anchos, su camiseta de tirantes y su flequillo acompañan perfectamente a su actitud cool y desenfadada de “no tengo nada que demostrarle a nadie”. La gente que sale al escenario improvisado tiene mucho talento, tanto que me transportan a otros momentos y a sentimientos olvidados. Es una atmósfera cultural y genuina que me lleva hacia adentro, a un mundo propio construido hace tiempo.

Chiang Mai es nuestra última parada en el norte de Tailandia. Es la hermana mayor de Chiang Rai. Su mercado nocturno no nos impacta, más bien nos estresa. Sus templos sí marcan una diferencia en mí. Son aquellos que más paz me han inspirado en las últimas semanas. Me gusta sentarme en ellos en silencio, sólo estar allí, presente, y observar. La gran lección que me inspiran es la humildad. La siento como necesaria, esencial para entender todo lo que me está pasando y perfecta para recibir todo lo que venga después de mi vuelta. El budismo es una fuente inesperada de sensaciones para mí. Me inspira para seguir descubriendo y asimilando.

El gran regalo de nuestra visita a Chiang Mai fue el día en un refugio de elefantes. Hay muchas cosas a tener en cuenta cuando viajas a Indochina. Allí los elefantes son explotados de muchas maneras: en espectáculos para turistas, en el circo o en trabajos pesados. Se usa y abusa de ellos y son animales tremendamente sensibles. Os animo a que si vais no participéis en esos espectáculos y no contribuyáis a que sigan torturándolos así. Merecen un trato digno y respetuoso. Leyendo “literatura bloggerana” sobre el tema descubrimos un refugio que una mujer tailandesa había creado en el sur de la ciudad. Nos encantó el lugar y los comentarios de la gente. El día lo pasamos con un grupo de gente de la etnia Karen que eran los dueños de los tres elefantes que vimos (una etnia de Myanmar que está presente también en Tailandia) y los cuidadores de los elefantes. Les dimos de comer, los acompañamos al baño en los charcos de lodo y aprendimos con los cuidadores. Lo más importante para mí fue poder contribuir a que ese proyecto siga adelante y sea más y más conocido.

En Bangkok nos despedimos del país. Allí esperaba caos, tráfico, turistas, negocios de masaje, Tattoo shops … pero no esperaba los templos íntimos y maravillosos y la belleza de la diversidad en la ciudad. Mi percepción fue que la gente va a Bangkok para vivir algo intenso, sea lo que sea. Y pocos se acercan al lado delicado e intimo de los pequeños barrios. La respuesta más acertada me la dio una pareja de irlandeses que conocí en Laos y que vivían en Bangkok: Hay un Bangkok para cada uno, me dijeron.

Mis regalos en Tailandia:

  • El amanecer entrando en Tailandia con el bus, nuestro último tramo de fronteras por carretera y el delicioso desayuno que nos regalamos en Chiang Rai

 

  • El atardecer desde un templo de Bangkok viendo como la luz jugaba con la figura dorada de un Buda

 

  • La Receta de Tailandia para mí sin duda es el Pad Thai (aunque en origen es un plato vietnamita). Y tiene una historia muy interesante. El Pad Thai fue “inventado” en la dictadura de Phibun a mitad del siglo XX como plato nacional para dar a conocer la gastronomía tailandesa. En la época había una gran escasez de arroz por lo que se usaron en su lugar los fideos de arroz , baratos y saciadores. El resultado es una delicia para mi. Podéis encontrar miles de recetas de Pad Thai en la web.

 

  • La Superstición, los tatuajes tailandeses (roi sak) otorgan poderes a quienes los llevan. Se hacen normalmente en los templos por los monjes, sin máquina, con una aguja. Los maestros tatuadores son muchas veces los que eligen lo que tatuar de acuerdo con la personalidad de la persona y sus necesidades. Se trata normalmente de animales. Se paga por el tatuaje un precio muy barato y suelen identificarse con las clases más pobres.

  • La Pulsera que compre con Asa en el refugio de elefantes, las vendían allí las mujeres de la etnia karen.

 

Tailandia en general está llena de posibilidades y de facilidades para el extranjero, tantas que me abruma. Mi reflexión es que han perdido su esencia vendiendo su alma al diablo, siendo el diablo el turismo de occidente. Ese turismo que quiere llegar a un país y que todo sea fácil para no molestarse en descubrir el alma de su gente. El mismo turismo que paga muchos papeles verdes para acallar vicios. Ese turismo destruye el alma de un país. Y esto es por lo que yo prefiero entenderme a duras penas con miradas y sonrisas en Laos para tener una habitación en un hostal a hablar en perfecto inglés (idioma de la ¡oh gran globalización!) en una cadena hotelera americana en Tailandia. Y dicho esto os digo que hay de todo en todos sitios, sólo es necesario buscarlo.

Templo Blanco en Chiang Rai

Toilet en el Templo Blanco

Templo azul en Chiang Rai

Nuestra casita en Pai

Descubriendo Pai

Big White Buda (Pai)

Pai Red Canyon

Slow Life en Pai

Templos en Chiang Mai

Santuario de elefantes en Chiang Mai

Templo del buda reclinado en Bangkok

Chinatown (Bangkok)

El Reino de Lan Xang

Travel

El periplo de Vietnam a Laos en bus no fue exactamente como yo lo esperaba. Quizás el estar exhausta, dolorida y acuciada por dolores en el estómago tuvo algo que ver en mi percepción. Lo que prometía ser un paseo de 16 horas en bus-cama con pantalla plana se desarrolló como una pesadilla de casi 30 en buses de asientos reclinados imposibles de mover, gente hacinada en los pasillos y la sensación de no poder moverme a riesgo de seguir vomitando. ¿Qué mejor manera de empezar la aventura en un país?

Llegar a la frontera con esta aventura a las espaldas y encontrarte con tasas extras abusivas para los extranjeros y el trato agresivo por parte de los agentes de aduanas no suena muy tentador. Antes de entrar en Laos ya quería irme. No, pensé, ahora no puedo hacer el viaje de vuelta. No me quedaba otra que seguir y aguantar hasta llegar al próximo alojamiento donde caer en una cama y despedirme del mundo por algunas horas. Así llegamos a Muang Khua, sin expectativas y con mucho cansancio acumulado. Nos recibió una calma abrumadora, un ritmo lento y tranquilo. También un calor invasivo, húmedo y pesado. Estábamos en un pequeño pueblo y sin esperarlo encontramos una de las habitaciones más cómodas que jamás hayamos probado en el viaje. Cuando la mujer del hostal nos la enseñó no podíamos creerlo, el universo nos había dado un premio por todo lo vivido antes. Las camas cómodas, una bonita ventana, un baño limpio y nuevo, aire acondicionado,wifi rápido, …. y todo esto a un precio muy económico. Ese día nos tocó la lotería después de todo.

Pasamos poco tiempo allí, queríamos seguir descubriendo el país así que nos metimos en un barquito en el río marrón y bajamos hasta Nong Khiaw. Descubrir Laos es conocer a gente amable y generosa que vive a un ritmo que representa lo que llamamos Slow Life, la vida lenta. Hicimos amigos en el barco, una pareja de irlandeses viviendo en Bangkok y una chica francesa. Todos juntos nos fuimos a comer en Nong Khiaw después de seis horas de viaje en el barco y el culo cuadrado. Ellos nos contaron por qué en esta parte del mundo la gente difícilmente te dirá que no o te contestará negativamente. Se trata de no “perder su cara” (Lose their face). Qué es esto? Pues fácil, no fallar en su respuesta en sociedad. Y esto es muy importante para ellos.

Nong Khiaw siguió regalándonos sonrisas, paisajes de verdes diversos e intensos y ríos marrones. Se nos ocurrió la idea de subir a una de las colinas que rodea el pueblo un día después de caer lluvia intensa. Lo que viene a continuación fue interesante, por no decir loco y arriesgado. La subida a la colina era puro barro y piedras, vertical a modo escalada en la mayoría de los tramos y carente de ninguna seguridad. Salvaje vamos,como nosotras. En varios tramos pensé en dar la vuelta, sentía el riesgo a cada segundo, el barro nos hacía resbalar continuamente sin mucho apoyo a donde agarrarnos. Exactamente como subir una montaña con patines. Y seguimos adelante, sudando a chorros. Dos horas y media después llegamos a la cima, veníamos como de un triatlón, sin aliento. Cuando alzamos la vista todo el camino mereció la pena. Las imágenes abajo lo ilustran a la perfección.

Los días en Laos pasan lentos, bebiendo café y deleitándote con el paisaje y sus sonidos. Varios días después de llegar a Nong Khiaw decidimos movernos a la joya de la zona, la ciudad de Luang Prabang. De nuevo volvimos al bus nocturno de cajones-cama llenos de turistas empaquetados y locales dormilones. En ese viaje entendí cómo de mal lo había pasado estando enferma en el anterior. Si con buena salud es duro, enferma es una verdadera pesadilla. Y de nuevo compruebo mi resistencia, mi fuerza y mi entereza y me siento orgullosa de mi misma. Nací siendo aventurera.

Luang Prabang me sorprende, hay algo mágico aquí difícil de describir. Puede ser el Mekong que baña la ciudad y nos regala unas puestas de sol maravillosas o los cientos de monjes que a las 5 de la mañana caminan por las calles en fila pidiendo limosna para su comida. Uno de los rituales más hermosos que he presenciado. Se celebra todos los días al amanecer, los monjes salen de sus templos en total silencio y descalzos recorren las calles de la ciudad recolectando limosnas, ofrendas de arroz de los fieles que los esperan arrodillados o sentados en el suelo. Es un ritual no hecho para el turista sino para la gente del pueblo y quien se quiera unir desde el respeto. Me encantó la idea de unirme y vivir el ritual. Es algo muy significativo, la humildad lleva a los monjes a pedir limosna para su comida del día. Los lugareños lo hacen como parte de su devoción budista. A su vez los monjes le dan parte de su limosna a los niños más necesitados que con bolsas de plástico lo reciben arrodillados en el suelo a mi lado. Es una rueda que llama a la abundancia y al equilibrio. Estar allí a la salida del sol, sentada en la calle en silencio con el bol de arroz en la mano repartiendo a los monjes es una de las sensaciones de humildad más bonitas que he tenido en mucho tiempo. El budismo me resulta muy coherente y sencillo en sus principios a la vez que honesto y humilde. Los templos de Luang Prabang me inspiraron a la reflexión y a la contemplación. Los monjes con sus hábitos naranjas crean un contraste espectacular con el verde intenso de la naturaleza alrededor. Me infunden respeto, tanto los mayores como los niños. Su devoción me conmueve.

La vida de viaje en pareja va fantástica, Asa y yo nos compenetramos súper bien. Y aprendo mucho de ella, a cuidarme más y a bajar el ritmo entre otras cosas. Ahora mis días son compartidos y llenos de risas y buenos momentos. Mis días en soledad son también preciosos para mí. Como todo en la vida es una cuestión de equilibrios, el de cada uno, en su medida. Aumento mis gastos en comida y cafés pero lo reduzco en alojamientos, ahora puedo compartir habitación con una sola persona y además con una amiga, ¿qué más pedir?

Los regalos de Laos en mi mochila:

El amanecer en Luan Prabang en el ritual de Alms Giving esperando la llegada de los monjes.

El atardecer en Utopia, un chill out en Luang Prabang donde despedimos nuestra última noche en Laos

La receta, el larb, la ensalada típica en Laos (ojo que pica)

INGREDIENTES

– 4 de filetes de pescado blanco.

  • 50 grs de arroz de sushi hervido.
  • 1/2 manojo de cebolletas, troceadas.
  • 1 diente de ajo, troceado
  • 75 grs hojas de cilantro cortadas.
  • 75 grs hojas de menta cortadas.
  • 75 grs hojas de albahaca asiática/tailandesa.
  • 1 cucharada sopera de salsa de pescado.
  • 1 guindilla troceada.
  • 1 cucharada sopera de azúcar moreno.
  • 2 cucharadas soperas de jengibre rallado.
  • 2 limas (zumo).
  • 1 tallo de lemongrass (hierba de limón) a láminas.
  • 1 pizca de sal.
  • Hojas de lechuga para servir.
  • Cacahuetes tostados molidos (opcional).

PREPARACIÓN

Corta el pescado en pedacitos muy pequeños, como desmigado. Vierte el zumo de las limas y déjalo reposar hasta que esté opaco. Cuando esté listo, quítale el zumo de lima sobrante y pon el pescado en un bol.

  • Saltea el arroz en una sartén con aceite y después muélelo con la picadora, cuanto más fino mejor.
  • Añade todos los ingredientes en el bol que contiene el pescado. Mézclalo todo.
  • Sírvelo con hojas de lechuga enteras y rellena estas hojas con toda la mezcla anterior.
  • (Opcional) Espolvorea por encima cacahuetes molidos.

Te puede servir cualquier arroz, pero cuando más glutinoso mejor. Si te decides a hacer la versión con carne, pasa la carne por una picadora. En una sartén, saltéala hasta que esté hecha y escurre el líquido que suelte. Cuando se haya enfriado, mézclala con el resto de ingredientes. También puedes aprovechar carne que te haya sobrado de otra comida para picarla y hacer tu versión carnívora de este plato tan fresco. Se puede servir con o sin hojas de lechuga, con trozos de pepino, con cacahuetes… ¡a tu gusto!

 

 

La leyenda o superstición, dicen en Laos que si se te cruzan unos pollos por la carretera es mala señal para tu día. Si se te cruza una serpiente en cambio la cosa mejora. Para gustos …

La pulsera en el mercado nocturno de Luang Prabang.

Laos, el reino de Lan Xang y tierra del millón de elefantes, me ha dejado un sabor dulce y ganas de conocer más. El inicio me recuerda a Ecuador, a pesar de los muchos inconvenientes de mi llegada tanto el país como su gente se han ganado mi corazón. Volveré a Laos, estoy segura. Y esta vez con tiempo suficiente para deleitarme en su norte y su sur, en su riqueza cultural y en su gente extraordinaria.

Muang Khua

Nong Khiaw

Nong Khiaw Hill

Campeonas en Nong Khiaw Hill

Nong Khiaw Hill

Luang Prabang Ritual

Luang Prabang Ritual

Luang Prabang Ritual

Luang Prabang templo

Bye Bye Laos, volveré

Vietnam, el país del reencuentro

Travel

Aterrizar en Hanoi, hacer amigos en el bus, llegar al hostel … Todo fluido. Primera experiencia en el sudeste asiático, en la zona llamada Indochina (en el medio entre India y China, fácil ¿no?). Allí, donde los franceses se instalaron y colonizaron, me esperaba mi diosa sueca particular. Mi nueva compañera de camino, mi queridísima Asa. En Hanoi nos encontramos, dos almas de viaje en busca del tiempo perdido en el que vendimos nuestras almas al diablo de la modernidad. Sabíamos que nos encontraríamos. Fuimos en direcciones opuestas. Yo empezando en África, ella en Nepal. En mi vuelta al mundo coincidiríamos en algún sitio. Llamémosle Hanoi, por ejemplo.

Consideremos que ambas hemos estado viajando solas por varios meses y ahora nos planteamos compartir juntas un tramo de viaje de 6 semanas, un mes y medio, 24 horas juntas recorriendo 4 países. No nos asusta el espejo que la otra refleja en nosotras. Ambas hemos aprendido mucho y queremos ponerlo en práctica y ponernos a prueba.

Hanoi es una ciudad vibrante, brillante en colores y de inmensas posibilidades. Nuestra emoción al vernos de nuevo nos llevó a buscar algo tan español como tomarnos una birra juntas (os confieso que Asa tiene alma de española, a veces más que yo incluso). Así y guiadas por las recomendaciones de mi querido Oscar, mi gurú particular del sudeste asiático nos encontramos en un bar de lo más local bebiendo cerveza de Hanoi. Las únicas extranjeras en todo el local y las únicas mujeres. Ole esas mujeres valientes, viajeras y sin prejuicios. Esa noche hablamos sin parar, ocho meses en resumen, nos mirábamos sin poder creer que estuviéramos juntas. Después de muchos meses viajando solas cada una por su lado resulta maravilloso charlar con uno de tus amigos cara a cara, darle un abrazo y compartir risas e historias. Es como volver a casa.

En Hanoi todavía se respira la lucha de la guerra, los carteles combativos y los mensajes desafiantes. La guerra pasó pero dejó tras de sí muchos muertos y muchas secuelas. Quizás por eso en Vietnam no he sentido la cordialidad de otros países. Las relaciones con los extranjeros son eminentemente comerciales. En muchas ocasiones allí me sentí como un billete de euro con patas. Dicho esto Hanoi me sorprendió gratamente, está llena de rincones interesantes que nos recorrimos a patitas, saboreando el café vietnamita (¡qué delicia!) y la gastronomía local.

Nuestra base de operaciones era un hostal en el centro lleno de viajeros de 20 años. Desde allí nos movimos a Halong Bay en una excursión de un par de días alrededor de diferentes bahías. La verdad Halong Bay me sorprendió sobretodo por lo suciedad del agua. Después de venir de las prístinas aguas de Palawan en Filipinas me sentí triste al ver la suciedad y el mal mantenimiento. Tanto fue así que en nuestro recorrido casi nadie en el barco quiso lanzarse al agua. El lugar es un paraíso natural, una verdadera belleza. La gente que vive en las casas flotantes alrededor tira los residuos al agua. Nuestro guía me comentó que el problema es que esa gente no iba a la escuela … ¿será necesario ir a la escuela para darte cuenta de eso? Después de la noche en una de las islas, la Isla de las mujeres, volvimos a Hanoi al día siguiente.

Nuestra siguiente parada era Sapa, el Norte de Vietnam, casi frontera con China. Sapa es famoso por sus arrozales y sus trekking en las colinas húmedas de vistas panorámicas. Hacia allá nos dirigimos en un “VIP bus”. Dicho elemento era un bus dividido en cajones con una cama doble, una tele de pantalla plana y el techo imitando el cielo. Ah! Y una ventana en forma de corazón. Allí nos metimos las dos, siendo nuestro tamaño casi el doble que el de los vietnamitas nos encajamos como pudimos. En la tele nos pusieron “Lo que el viento se llevo”. Después de las primeras risas nos quedamos un poco dormidas. Paramos dos veces al baño y a comprar algo de comer. Y ahí fue el principio de mi pesadilla particular. Después de la segunda parada me sentí muy cansada. Llegamos a Sapa y mi mochila pesaba cinco quilos más en mi espalda. El cansancio me vencía. Nos trasladamos a nuestro alojamiento en una casa de familia en las colinas. Yo no podía con mi alma. Nada más llegar me fui a la cama y no tuve fuerzas para mucho más en los dos días siguientes. Nuestra casa era refugio de mochileros de 20 años, principalmente anglosajones. Sí, a estas alturas espero os hayáis dado cuenta de cual es el perfil mayoritario de quien viaja a Vietnam. Si no has ido cuando tienes 20 te ha faltado algo en la vida. Poco os puedo contar de esos días, me puse muy malita, tanto que me asusté pensando qué hacer si empeoraba. Mi itinerario no pasaba por países o mejor dicho zonas de confianza en cuanto a cuidado médico: Laos, Tailandia, Myanmar … Tener a Asa conmigo me aliviaba muchísimo, si me pasaba algo no estaba sola. Mi estómago quemaba y mi cansancio iba en aumento. El último día recobré un poco las fuerzas para ir a ver los paisajes espectaculares de los campos de arroz. Me encantó el panorama, me hizo pensar en las montañas de Perú y en las terrazas de tierra de la época inca. En realidad son estructuras que ves por todo el mundo y que se remontan a tiempos muy antiguos, a culturas olvidadas y llenas de sabiduría.

La casa de familia donde estábamos podría compararse con cualquier casa de aldea de Galicia. En la parte de fuera estaban los perros, las gallinas y las moscas a millones. En la parte de dentro la distribución hacía que además de las habitaciones donde estábamos nosotras el faiado (desván) albergase el dormitorio común donde había 20 camas. La cocina era muy antigua y rústica. Allí aprendimos a cocinar varios platos de la tierra (por un módico precio), vamos lo que ahora se llaman talleres de cocina. Entre los platos rollitos vietnamitas fritos (nems) y diferentes verduras al wok. Los que me conocéis sabéis que yo no paso demasiado tiempo en la cocina. Después del cuarto plato (eran seis) y estando enferma ya estaba preguntándome en qué momento se me ocurrió vivir de cerca los fogones vietnamitas.

La gente en Sapa no se considera vietnamita sino de su propia etnia. En las montañas de Sapa viven ocho de los 54 grupos étnicos de Vietnam, y cada uno es muy diferente a los demás tanto en costumbres como en vestimenta. En mi mente los comparaba con los grupos étnicos de las montañas de China y veía muchas similitudes. Al fin y al cabo estando en frontera es difícil decir donde empieza uno y donde termina el otro. En Sapa los guías de trekking son mujeres, no hombres. Su habilidad es pasmosa, caminan durante todo el día por los senderos con un grado de humedad muy elevado y vestidas con sus trajes tradicionales. Llevan a grupos de turistas que teniendo 20 años la mayoría no llegan a tener la fuerza de estas mujeres. El resto de ellas se dedican a vender artesanías de manera muy insistente a todo turista que avisten a kilómetros de distancia. Nosotras fuimos en época baja de turismo así que el acoso y derribo fue exagerado llegando a pedir a alguna de ellas que por favor dejase de seguirnos después de 40 minutos de persecución.

En Sapa nos despedimos de Vietnam disponiéndonos a pasar 16 horas de viaje en bus hasta Laos. Yo estaba un poco recuperada y habiendo vivido el bus desde Hanoi mis expectativas eran muy optimistas. No imaginaba lo que se me venía encima y mejor que no lo supe antes … pero esta es historia para el siguiente capítulo.

Lo que me llevo de Vietnam:

El mejor amanecer en la Isla de las Mujeres después del crucero por Halong Bay, el sol no se mostró detrás de las nubes pero despertarse en una isla con el mar al lado no tuvo precio después de tantas ciudades.

 

 

El mejor atardecer en Hanoi desde el enorme mausoleo de Ho Chi Minh, la ciudad se encendía y nosotras estábamos felices de pasear juntas.

 

 

La mejor receta, los nem

Ingredientes (para 20 nems):

  • – 20 obleas de arroz para rollitos
  • – Salsa para rollitos (nam nuoc, azúcar, vinagre, ajo, chile)

Para el relleno:

  • – 400 gr. de lomo de cerdo picado
  • – 175 gr. brotes de soja
  • – 100 gr. de fideos de arroz (son muy finos y casi transparentes)
  • – 1 zanahoria grande rallada
  • – La mitad de una cebolla
  • – 1 ó 2 huevos
  • – 25 gr. setas shiitake frescas o deshidratadas
  • – Sal, pimienta
  • – Hojas de lechuga y de menta para servir

Preparación:

– Primero empezamos a preparar las setas shiitake. Si son deshidratadas se pueden dejar de 20 a 30 minutos en agua o se pueden cocinar 10 minutos en agua hirviendo. Escurrimos bien y secamos las setas para luego cortarlas en pequeños trozos.

– Añadimos el lomo de cerdo picado.

– Remojamos los fideos en agua caliente durante 10 a 15 minutos. Los escurrimos bien y los secamos. Luego se cortan en trozos pequeños. Añadimos la carne de cerdo y las setas. Rallamos la zanahoria y la añadimos.

– Agregamos después los brotes de soja, la cebolla finamente picada y dos huevos mezclándolo todo con las manos. Echamos sal y pimienta al gusto. Si queremos comprobar el sabor siempre se puede freír un poco del relleno en una sartén para degustarlo. Si se desea, también se pueden agregar un par de cucharadas pequeñas de salsa nuoc nam al relleno. Y si no queremos que el relleno sea demasiado húmedo se puede añadir taro o patata dulce a los otros ingredientes.

– Se remojan las obleas de arroz en agua tibia. No se deben dejar en remojo más de 10 segundos. Después se colocan encima de un paño seco en la superficie de la cocina donde se vayan a elaborar los rollitos.

– Se coloca el equivalente a una buena cucharada sopera de relleno en la parte inferior central de la oblea de arroz.

– Enrollarlos es muy fácil. Primero se dobla un poco de la parte inferior de la oblea sobre el relleno. Luego se doblan los dos lados hacia el centro y se continúa envolviendo hasta el final.

– Lo ideal sería dejar “secar” los rollitos en la nevera durante una hora o más. Sin embargo también se pueden freír inmediatamente después de elaborarlos. – Vertemos el aceite en una sartén grande de modo que el aceite apenas cubra la superficie de los rollitos.

– Deslizamos suavemente 3 o 4 nems sin colocarlos juntos para que no se peguen. Los sacamos cuando estén dorados y el relleno cocinado (entre 10 o 15 minutos). Después los dejamos sobre un papel de cocina absorbente para quitar el exceso de aceite.

– Para presentarlos se acompañan de unas hojas de lechuga en el plato y algunas hojas de menta acompañado de una salsa especial que puedes comprar ya hecha en supermercados o hacerla en casa.

La superstición o leyenda que cuenta el origen de sus variedades étnicas.

El rey Dragón del sur se casó con Au Co, una hermosa hada norteña. Inicialmente vivieron en las montañas del norte, donde ella no hizo otra cosa que poner 100 huevos. Tras empollarlos, de los 100 huevos salieron 100 rollizos niños. Más tarde por nostalgia el rey volvió a sus húmedas llanuras del sur y se llevó con él a la mitad de sus hijos. Ellos serían los ancestros del grupo étnico mayoritario de Vietnam, los kinh o viet. Los cincuenta restantes que se quedaron en el norte son los ancestros de las minorías étnicas del país, los llamados “pueblos de las colinas”.

La pulsera hecha por las mujeres de Sapa, no por la que nos persiguió durante 40 minutos, una más tranquilita.

 

En Vietnam pasé de viajar en solitario a viajar en compañía, esto supone un reto después de ocho meses sola. Soy afortunada de experimentarlo con alguien como Asa, feliz de adaptarse a cualquier situación y a siempre tener una sonrisa. Hanoi siempre será el lugar en el que nos reencontramos y solo por eso todo el viaje en Vietnam tuvo sentido. El reencuentro con una amiga es una pequeña vuelta a casa.

 

 

Primer día de reencuentro

Cafés y conversaciones en Hanoi

Egg Coffee

La vida en Hanoi

La vida en Hanoi

Halong Bay

Kayak en Halong Bay

Bus psicodélico camino Hanoi-Sapa

Campos de arroz en Sapa

Volver Volver Volver

Travel

Volví a Hong Kong esperando sensaciones conocidas, sintiéndome de nuevo en casa y me sorprendió una visión totalmente distinta, una perspectiva nueva que descubrí sólo al haber vuelto a un sitio tan conocido para mí después de 7 meses de nuevos descubrimientos. Por primera vez reconocí cuanto había cambiado a través de mi viaje.

Los cambios fueron innumerables, desde que puse mis pies en el aeropuerto. Hasta entonces mis visitas habían sido profesionales mezcladas también con ocio y no había preocupaciones económicas, al contrario. Nada más llegar quise seguir mi rutina, coger un café en mi rincón favorito del aeropuerto y recorrer el camino desde allí tomándomelo a sorbitos. La primera señal en mis narices: ya no existe ese rincón. Por supuesto eso no es algo raro en mi segunda casa, allí todo cambia a velocidad de vértigo. No hay espacio para sentimentalismos, nunca mejor dicho. Cambiar el taxi por el bus no fue un problema para mí. Me resulta mucho más interesante vivir de manera local, ahora que no tengo prisas por llegar a reuniones o maldormir para negociar 12 horas seguidas al día siguiente. Ahora mi vida es más mía que nunca, con todas sus consecuencias.

El siguiente cambio fue llegar a la isla de Hong Kong y no a Kowloon (la parte peninsular donde están la mayor parte de los hoteles). Mi querida Carmen, una hongkonita asombrosa y antigua compañera de trabajo, me alojó en su casa unos días. Su pequeño y encantador apartamento en un piso 18 de la isla me recibió como si fuese mi propia casa. No podía pedir más. No añoré en absoluto los cuartos de lujo de los hoteles donde me hospedaba, allí no sentía el calor de hogar ni el amor que estaba sintiendo ahora. Todos los días siguientes estuve viendo a amigos y antiguos compañeros que me acompañaron y me ofrecieron momentos perfectos como si estuviese en familia.

Miraba a Hong Kong, mi Hong Kong, y ya no lo veía de la misma forma. Conocía casi todos los lugares, identificaba la temperatura, la sensación de humedad, el correteo de la gente. Mis lugares favoritos, mis tiendas preferidas ya no significaban lo mismo. Me sentía otra persona en la misma ciudad. Lo que antes me maravillaba ahora no movía nada en mí. Mi filtro y mi perspectiva de la ciudad nada tenían que ver con antes. Mis ojos habían cambiado. Si esto me pasa con Hong Kong, ¿qué pasará cuando vuelva a Barcelona? – pensé. Os lo contaré cuando cruce ese puente.

Hubo un único lugar que me hizo volver a sentir y fue mi parque favorito de Hong Kong, Nan Lian garden, Sus bonsais y su puente rojo me transportaron a los momentos de relax en la vorágine de una ciudad que no duerme. Y es que Hong Kong, símbolo del capitalismo y el doble rasero de China, es la ciudad del shopping (el mejor y más completo que he visto en mi vida) y yo, sumergida en la vuelta a los orígenes, a la madre naturaleza y a la vida sencilla ya no me siento impresionada ni atraída por las grandes urbes y mucho menos por su tipo de vida.

Mi último día en Hong Kong lo pasé subiendo al Peak, el punto más alto de la isla. Esta vez no lo hice en taxi como anteriormente sino que lo subí andando, alentada por mi querida Carmen que me enseñó un camino oculto desde la Universidad. Lo hice sola, sudando por todos los poros de mi piel y disfrutando de la espesa y verde naturaleza de Hong Kong. Me senté en un banco en el medio del camino y reflexioné por largo tiempo.

 

Kowloon desde Hong Kong Island

Hong Kong street art

Casa de Carmen en el piso 18

Mong Kok

Amigas en Hong Kong

Nan Lian garden

Nan Lian garden

The Peak

Mis mejores momentos en Hong Kong los pasé con las dos mejores personas posible: Vera y Ana. Juntas en Hong Kong trabajamos mucho, negociamos de sol a sol y también descubrimos toda la vida que nos rodeaba. Se agolparon en mi cabeza millones de conversaciones, de cenas de madrugada, de fines de semana en la naturaleza visitando templos para aliviar el estrés … vivencias made in Hong Kong. Los ojos de la María que ahora lo ve sonríen a la magia de los momentos y se reafirman en que ahora es tiempo de cambio y de nueva etapa. Los ojos que ven Hong Kong son los de la Maria que ya dió la vuelta a más de medio mundo y a muchos más rincones de su alma. Ahora ella guía el timón con mano firme y convencida de quien es, y también de quien no es.

El Imperio del Sol Naciente

Travel

Japón no me enamoró con un flechazo desde el primer momento. Se ha ido desnudando ante mí lentamente mostrándome lo justo para que mi interés fuera in crescendo y sólo entonces me ha desvelado su templada y delicada belleza. Y es sobrecogedora.

Llegar a Tokyo acostumbrada a la calma del “dolce fare niente” filipino me tenía un poco estresada. Con el poco internet que me llegaba leía webs en las que te daban un máster sobre los símbolos para coger el metro y el tren en la capital nipona. Después de varios artículos leídos sobre el tema decidí que seguiría haciendo lo mismo que hasta ahora: Ir sobre la marcha y confiar en que viajado lo viajado cualquier lugar es explorable. Preguntando se llega a Roma o a Shinjuku. Y así fue.

Tokyo es la ciudad más enorme que he visto y en cuatro días quizás he visto el 5%, pero ¿a quién le importa? Yo seguí los consejos de mi amiga Yumi que como buena mezcla entre japo y alemana es la mejor planificadora del mundo y hace unas guías de viaje que ni Lonely Planet. Ella, una enamorada de Tokyo y de Japón, me aconsejó lo mejor de lo mejor. Era como tenerla a mi lado cada día. Tokyo es una ciudad tan diversa que podrías vivir de cualquiera de las maneras que se te pasen por la cabeza. Si quieres estar en el meollo más cool lo tienes, si quieres ser un freak temático lo tienes, que quieres vivir en la calma lo tienes, si prefieres un rollo más hippi artístico también …. eso sí, japonés fluido o aislamiento social.

Tokyo fue el escenario de otro descubrimiento de nuevas y bonitas amistades como la de Tatiana, una parisina de vacaciones en Japón y con la que disfruté varios días en Tokyo y Kyoto. Cafés, templos y largas conversaciones. Un plan de los que apetecen.

Os cuento la experiencia más interesante que tuve en la ciudad. Después de casi 8 meses sin pisar una peluquería (yo que iba cada mes y no concebía la vida sin mi peluquera) necesitaba plantearme una visita inmediata. Mi pelo era un estropajo de cocina a punto de caerse. Mi look era el origen de las mechas californianas, y sin haberlas pagado. Era el momento de rendirse a la evidencia. Pregunté en 5 peluquerías de mi barrio. Nadie hablaba inglés para explicarle mis necesidades. Y de repente la encontré, la chica más amable y efectiva de todo Tokyo. Como pudimos nos explicamos, Google translator fue el tercero en la conversación y ella, la más paciente del mundo, se encargó de explicarme el día que podía ir y el presupuesto que supondría (bastante parecido a lo que pagaría en Barcelona). El día D llegó. El siguiente reto era explicarle al estilista la historia de mi melena y lo que esperaba de él. Ni ellos hablaban inglés ni yo japonés y no fue un impedimento. Nos entendimos a la perfección. Y el resultado fue muy bueno. Documento gráfico abajo.

En Tokyo cumplí uno de mis sueños, el que venia a mi mente cada vez que pensaba en Japón: el Monte Fuji. Hay una magia especial que lo rodea para mí, esa elegancia y belleza en su aspecto. En mi mente siempre fue el símbolo de lo que era el Japón cinematográfico de mis pensamientos. Recorrí la distancia en tren hasta uno de los lagos a sus pies y tuve la suerte de que las nubes me lo descubriesen para poder apreciarlo. Allí me senté, a la orilla del lago durante varias horas comiendo sushi y observando cómo otro sueño se hacía realidad en mi viaje.

Kyoto fue la segunda parada de mi aventura. La ciudad de las maiko o geishas. Alquilé mi bici por eso del sentimiento de ser una local (y de moverme independiente del transporte) y esperé una inmersión en un mundo auténtico de templos, tradiciones y sabor antiguo. Encontré una masa gigante de turistas por todas partes y mucho marketing. No mucho sabor antiguo y más guiris chinas disfrazadas de geishas que maikos reales. Lo mejor fue la sensación con la bici por la ciudad, mis piernas trabajaron de lo lindo porque Kyoto no es una ciudad del todo plana. Sakura se veía por todas partes en su máxima expresión, incluso más florecido que en Tokyo. En mis paseos con la bici me paraba a comer al lado del río y allí hacía lo que los japoneses llaman “hanami”, observar la floración. Y realmente entendí lo que una persona local puede disfrutar. Kyoto es una ciudad mucho más manejable que Tokyo y con mucha naturaleza alrededor. Las tiendas de kimonos de segunda mano fueron mi debilidad, el hecho de comprarte un kimono que otra mujer japonesa ha llevado lo llena de encanto, como si ya tuviese alma propia.

Kyoto dio paso a Hiroshima. El bus nocturno ha sido mi transporte habitual entre ciudades a lo largo de todo Japón. Y mucho más barato que el tren, alrededor de tres veces menos. Esto es para quienes queréis ir a Japón sin volver con un sólo ojo. La moda del Japan Rail Pass es de todo menos barata.

Llegué a Hiroshima a las 6 de la mañanita, con el amanecer y varios mensajes inesperados desde España después de una noche de insomnio y recuerdos melancólicos de aquellos que ya no están. Fue un comienzo duro en una ciudad con una energía densa y triste. Quizás por eso me encontré todo el día con una tristeza profunda y muchas lágrimas. Estaba tan triste que no podía explicar la magnitud de mi sentimiento con nada externo que hubiese ocurrido. Después de visitar el lugar de la bomba atómica me tuve que ir de allí. Busqué refugio en Miyajima, una isla en frente de Hiroshima con un atardecer de los más preciosos y memorables que recuerdo en el viaje. Mi tristeza seguía, me encontraba sentada en una playa de Japón, en una isla idílica, frente a un tori magnifico y un sol que descendía regalando escenas de película. Y mi tristeza seguía en su máximo apogeo. Y así es el viaje, no puedo (ni quiero) parar la vida o los sentimientos. Necesito respetar mis sentimientos a cada momento, y vivir la tristeza igual que vivo la alegría. Sin programarla ni pararla.

La segunda parte de este viaje nipón descubrí la verdadera vida japonesa. Y se lo debo a Moano, una maravillosa persona que conocí en Perú viajando con su novio Sean. Una japonesa y un australiano enamorados de los viajes y con mucha experiencia ya a sus espaldas. Moano me invitó a su casa en Shimane y ese fue el mayor regalo de mi paso por Japón.

Imaginad un pequeño pueblo en el Oeste de Japón, todos los vecinos se conocen, se regalan verduras entre ellos, se tratan como familia. Pocos o ninguno ha viajado y no muchos extranjeros va por esos lares. Así que cuando llega uno se vuelcan en acogerlo, dedicarle su mejor sonrisa y enseñarle su tierra, sus lugares sagrados, sus montañas y su excelente gastronomía. Está de más deciros que me habría quedado allí varios meses. La habitación de tatami en la casa de Moano era un lujo asiático para mí. Nunca me pude imaginar que disfrutaría de algo así después de todos los hostales y la falta de privacidad. Cada mañana que me desperté en mi futón miraba a los delicados detalles de la habitación y pensaba en lo inmensamente agradecida que estaba. Japón es un deleite para los sentidos a muchos niveles.

 

Asakusa Temple en Tokyo

Parque Ueno en Tokyo donde los japoneses se sientan a apreciar el Sakura (floración)

Sakura en Tokyo

Asakusa Temple en Tokyo

Galería de arte en Tokyo

Terminando la jornada de trabajo (Tokyo)

La vida en Tokyo

La vida en Tokyo

Antes con mechas californianas

Después al estilo japonés

Monte Fuji

Monte Fuji

Kyoto, mi bici y yo

La vida en Kyoto

Templo Kinkaku-Ji en Kyoto

Sakura en Kyoto

La vida en Kyoto

Templo Kiyomizu-Dera en Kyoto

Fushimi-Inari, el camino de los toris en Kyoto

Isla de Miyajima en Hiroshima

Gran Tori en Miyajima

Moano y Sean

Mi habitación de tatami

Ascenso al Monte Mitoku

Ascenso al Monte Mitoku

Ascenso al Monte Mitoku

Nageiredo, el final del ascenso al monte Mitoku

 

 

El mejor amanecer que vi a mi llegada a Kyoto en el autobús nocturno. La ciudad se despertaba conmigo

 

El mejor atardecer sin duda desde la isla de Miyajima, cuando el gran sol naciente se iba a dormir

 

 

La mejor receta, los mochis, mi postre japonés favorito desde el comienzo de los tiempos

INGREDIENTES

Para el mochi (6-10 uds.):

  • 250 g de harina de arroz glutinoso
  • 100 g de azúcar
  • 300 ml de agua fría
  • Maizena (para espolvorear mientras se amasa)

Para el relleno:

  • 250 g de judías azuki (soja roja)
  • 250 g de azúcar
  • 25 g de glucosa
  • Una pizca de sal
  • Fresones frescos

PREPARACIÓN

Masa de mochi:

  1. En un recipiente mezclar la harina de arroz glutinoso, el azúcar y el agua, que se debe añadir lentamente.
  2. Mezclar enérgicamente, añadiendo el agua lentamente, hasta que no queden grumos y la mezcla quede un poco pegajosa y elástica.
  3. Forrar con un paño húmedo un cuenco de bambú para cocer al vapor, verter la masa en su interior y tapar. Situar el cuenco sobre una cacerola del mismo diámetro, llena de agua hirviendo. Dejar cocer unos 20-25 minutos hasta que la masa adquiera una textura mate de aspecto más sólido y pastoso.
  4. Retirar del fuego y dejar enfríar la masa hasta que esté templada (mínimo 45 min).
  5. Amasarla manualmente o  con la ayuda de un trapo húmedo limpio o de una espátula rígida. Como truco, se puede añadir hasta un 10% más de azúcar para que los mochis duren más tiempo.
  6. Espolvorear Maizena sobre la encimera (o dentro de una bandeja de horno para menos engorro). Usaremos esta superficie para verter la masa y embadurnarla con harina para que sea manipulable y no se pegue a las manos.

Elaboración del daifuku mochi (o cómo rellenar el mochi):

  1. Poner la pasta de arroz encima de la Maizena y embadurnar bien para que la masa no se pegue a las manos al manipularla. Estirar la masa ligeramente y cortarla en porciones pequeñas (tamaño albóndiga) con la ayuda de una espátula rígida.
  2. Aplanar cada pelota en la palma de la mano, estirando con cuidado para formar un disco.
  3. Colocar el relleno en el centro. Este se compondrá de una fresa envuelta de pasta de judía roja.
  4. Mediante pequeñas rotaciones en la palma de la mano, poco a poco ir cerrando los laterales de la pasta de arroz sobre el relleno, a modo de capullo de flor, hasta que tengamos la bola perfectamente cerrada.
  5. Para acabar de sellar la masa de arroz basta con realizar pellizcos en las grietas para que se peguen y la superficie quede homogénea.

Relleno de anko (pasta de judía roja) y fresa. El anko se puede comprar ya hecho, en conserva, o bien se puede hacer de forma casera siguiendo las siguientes instrucciones:

  1. Dejar las judías en remojo durante 12 hrs.
  2. Eliminar un poco del agua de remojo y verter el resto en la olla a presión.
  3. Cocer a fuego vivo durante 35 min.
  4. Destapar y retirar toda el agua. En la misma olla, añadir glucosa y una pizca de sal.
  5. Volver a calentar a fuego medio e incorporar el azúcar en tres tiempos. Hay que cocer la soja hasta obtener una textura pastosa. Después, retirar del fuego y dejar enfríar.
  6. Una vez fría, la pasta de judía roja se puede separar en pequeñas bolas (tamaño albóndiga) que se podrán rellenar de un fresón.
  7. Primero se forma la pelota, luego se aplana y finalmente de coloca la fresa en el centro y se van cerrando los laterales hasta envolver la fresa con cuidado, mediante ligeras rotaciones en la palma de la mano. Es el mismo mecanismo que utilizamos para rellenar el mochi.

 

 

La superstición o tradición de purificarse a través del ascenso al monte Mitoku. El ascenso al Monte Mitoku (Mitokusan) es una experiencia única. Se trata del mismo camino que los monjes usaban para entrenarse y es una forma de agudizar y purificar los seis sentidos de los seres humanos. El ascenso es un reto y en él es necesario utilizar todos los sentidos. A través del ascenso uno se libera de sus debilidades y se purifica.

 

 

La pulsera en Mitokusan con el símbolo del mono y la magia del momento más especial en mi estancia en Japón.

 

 

Me despedí de Japón llorando, quien lo hubiera dicho después de mi decepción inicial ante tanta invasión turística. Me parecía que Japón ya no tenía alma. Fue con los días y las experiencias que me la mostró. Me hizo esperar como todo lo bueno. En Japón encontré magia, respeto, sabiduría y una familia. Moano y su madre me hicieron prometer que volvería a Japón. Las tres lloramos mientras nos despedíamos y yo hice la promesa, tanto a ellas como a mi misma, que mi vuelta a Japón es segura. Allí encontré la delicada y exclusiva sensación de cuando uno se reúne con personas destinadas a acompañarte en la vida.

 

Domo arigato