Taller Art of Being

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Fino Filipino

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Cuando el estrés te llega a las orejas y parece estás atrapado en el medio de mil obligaciones hay momentos en los que sueñas con un paraíso de aguas cristalinas, arena blanca y palmeras donde la temperatura es perfecta, la comida es fresca, la gente te sonríe y el sol te dora la piel. Ese paraíso tiene nombre, se llama Palawan y es una isla de Filipinas.

Filipinas fue una decisión que tomé en el último momento. Mi plan inicial era ir a Japón directamente pero descubrí que el Sakura (floración de los cerezos) sería más tarde de lo previsto. Eso me daba la posibilidad de incluir otro destino en el medio y Filipinas estaba paseándose en mi mente hacía un tiempo. No pude tomar una decisión mejor. Esto es el puro paraíso.

Mi llegada a Manila fue un shock después de los encantos de Sídney. La visita a la capital de Filipinas fue rápida, húmeda, contaminada y también llena de historia. Mi paso fue la visita de un médico y aún así pude observar Intramuros, el barrio antiguo con todo el pasado español en él. En Filipinas todo parece español: Los nombres de las calles, de las comidas, hasta de la gente. Los 300 años de colonización han dejado mucho rastro aunque nadie habla ya nuestra lengua.

En mi vuelo a Puerto Princesa, la ciudad más grande en la Isla de Palawan empezó mi aventura filipina. Allí charlando con mi compañero de fila comencé una nueva amistad con tres chicos, dos turcos y un español. Los tres días siguientes fueron carne de actividades en grupo, muchas risas y mucho sol. Este país es increíble, un paraíso literal. El Nido, la ciudad de entrada a los Tours increíbles por las Islas de anuncio, es un pequeño pueblo abarrotado de turistas. Dos días son suficientes para ver todo lo que puede ofrecer. Mañana me voy y dejo ya a los chicos. A mi aire, soledad, descanso y reflexiones antes del gran país Nipón.

Al fin sola, de nuevo. Me encanta compartir momentos con gente nueva y me gusta aún más disfrutar de mi soledad, de mi propia compañía. Esto se ha acentuado en el viaje. Qué descanso estar aquí, en esta playa, sentada en este chiringuito bebiendo una cerveza, comiendo gambas y disfrutando del mar en mi hamaca.

El viaje hasta mi cabaña en Sibaltán después de la playa me ha dejado exhausta. La sensación en la moto ha sido tremenda, he recordado mi propia moto y la sensación de libertad que tengo cuando conduzco. Llego a Sibaltán al atardecer y muy cansada, creo que tengo fiebre y mi garganta clama descanso. Todo mi cuerpo lo pide. Me dedico a ello los tres dias que estoy en la cabaña.

El amanecer se cubre con grises nubarrones que no me dejan ver el sol, sólo intuir su aureola naranja. Sibaltan amanece nublado, fresco y ligero. Me encuentro mejor, mi sensibilidad en la piel ha disminuido y mi ánimo y mis fuerzas han mejorado. El bendito desanso.

Una bolita roja se asoma por el horizonte. Es una bola de fuego, parecido el color a la que veía en África. Un regalo para los ojos. Una maravilla. Hoy parece tímida con todas esas nubes que la cubren.

No sé qué es lo que tiene esta tierra, si es el azul turquesa del mar, la arena blanca o el verde de alrededor. Los colores y su combinación. La sonrisa de su gente, lo fácil del trato lo hacen un verdadero paraíso. No por ser perfecto y comercial, sino todo lo contrario.

El almuerzo, antes de irme: chicken adobo, algo típico en Filipinas. Es como un guiso con arroz, me recuerda a Mozambique. Mis fuerzas han vuelto y soy consciente de que necesito cuidarme más que hasta ahora. Tengo seis meses más por delante y necesito estar fuerte. He tomado la decisión de relajarme y descansar a tope esta última semana que me queda aquí en el pequeño pueblo de Port Barton.

Esta paz que tengo ahora no se puede comparar con nada. La he vivido en momentos fugaces solamente. Desde que hago este viaje la disfruto de manera continua y lo fugaz son los momentos de stress a pesar de la aventura.

Salgo del hostel, el cielo está claro, hoy podré ver el atardecer en un chiringo de la playa con una cerveza. Le pregunto a Ryan, el dueño del hostel, cual es el mejor lugar para verlo, simplemente me dirige a la playa. En mi camino me cruzo con muchos niños jugando alegres, jóvenes de sonrisa fácil y perros, gallinas, patos y demás animales cruzando la calle como un humano más.

Me siento en un chiringo siguiendo mi intuición. Me gusta la energía. La cadencia de las olas, el ambiente relajado, la naturaleza apabullante que nos rodea, la música bien escogida … Todo ayuda a sentirse cómodo. Me veo desde arriba, y reconozco mi fortuna. Estoy orgullosa de mi decisión, difícil explicarlo con palabras. Los sentimientos más puros no se explican ni se analizan.

Intento fallido de yoga a las 8 de la mañana. Recuerdo las palabras de mi querida Rosa, del hostal de Puerto Princesa, “en Filipinas nada es seguro”.He dormido 9 horas o más. Y me siento increíble en cuanto a descanso. Mi cuerpo necesita estirarse. Mi tiempo se ha parado aquí, en este pequeño pueblo de esta isla. Y me he escuchando queriendo parar, recobrar fuerzas y cuidarme.

Me he convertido en todas las heroínas con las que soñaba en mi infancia. Encarno las mejores cualidades de todas ellas y cada día lo veo más claro el qué hacer de aquí en adelante. Filipinas me ha dado el tiempo y el espacio para mis reflexiones, entre otras cosas:

El mejor amanecer desde las cabañas de Sibaltán.

 

El mejor atardecer desde Port Barton.

La mejor receta, el adobo

 

La superstición. En Filipinas, si sueñas que te sacan un diente, entonces significa que un miembro de la familia va a morir. Tremendo ¿eh? Ojito con lo que soñáis.

La pulsera filipina en el tobillo, acompañando la que me compré en Hawai

 

Filipinas me ha tratado tan bien que me he sentido en ese paraíso con el que siempre soñé, el de las vacaciones perfectas de relax y desconexión donde todo fluye y la gente te trata con el mayor respeto, cordialidad y cercanía. Los filipinos son maravillosos, gente muy generosa y abierta como mi querida Rosa, nos conocimos en un hostal de Puerto Princesa, ella trabajaba allí yo solo pasaba una noche y la conexión fue inmediata. Ya creo que no hay parte del mundo en la que no pueda desenvolverme y me siento cómoda haciéndolo. No concibo el mundo como ese lugar enorme y peligroso en el que te pasarán cosas malas, mejor quedarte en tu zona de confort. Al contrario, este mundo es un lugar maravilloso lleno de gente preciosa y si te abres a ellos tu vida cambiará. Seguro.

 

Catedral de Manila

Intramuros, Manila

Manila

New friends

El Nido

Mi moto y yo, la hormiga atómica

Mi cabaña en Sibaltan

Port Barton

Gracias Filipinas

Sydney rules

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La ausencia de expectativas y el ejercicio del asombro son las claves del descubrimiento. Eso me pasa con Sydney, no espero nada y recibo cosas excepcionales. Mi primer día la ciudad me recibe con los brazos abiertos, conozco a muchísima gente y termino tomando cervezas y cenando con un chileno y un venezolano enamorados de Sydney y de las posibilidades que les ofrece. De sus ojos comienzo a descubrir cómo Australia recibe un volumen considerable de gente en busca de una experiencia de vida diferente. Y todo ello de una manera bastante fácil. Se vive bien en Australia en general y en Sydney en particular.

Mi presupuesto está volviéndose más y más apretado. Los últimos seis meses mis gastos han sido más de los esperados y ahora necesito ser más cuidadosa. El factor que me favorece es que comienzo en breve Asia, y el coste de vida baja considerablemente para mis vuelos, alojamientos y comidas. Así que Sydney y sus precios se presentan como un reto. Me planteo mis planes en la ciudad cuidadosamente. No es más rico quien más tiene sino quien menos necesita y yo, a estas alturas, necesito muy poco para disfrutar.

Descubro en mi segundo día los extensos parques en la ciudad, el placer de tumbarse y hacer un picnic tomando el sol y con los pies en la hierba. A lo lejos los grandes edificios de una ciudad en pleno movimiento. Lo que me gusta de esta atmósfera es la dualidad de actividad y descanso. Cuando terminan sus trabajos los australianos se calzan sus sandalias y se relajan de verdad. Su carácter es fácil, amable, relajado.

 

 

Los extranjeros que viven en Sydney se juntan mucho a tomar cervezas y charlar. En mi segundo día me uno a uno de esos grupos y conozco las historias de gente muy diferente. Creo que de las 25 personas que había ninguna era de la misma nacionalidad. Hay unanimidad, Australia es un país realmente acogedor y lleno de posibilidades. Y Sydney es una de las grandes puertas.

A poco más de media hora de Sydney es bus la costa te regala playas espectaculares y llenas de vida. La más famosa, Bondi beach. En Bondi beach está la gente guapa o los aspirantes a serlo, los surferos y surferas inundan el mar en busca de la buena ola, la arena es el punto de encuentro de los cuerpos esculturales y los postureos varios. Y aún cuando esa no es mi filosofía de vida lo encuentro tremendamente atractivo. Es como mirar a través de la cámara de algún cineasta o fotógrafo. Volverte un observador de la vida, real o falsa, de la gente.

 

 

 

Disfruto de mi paseo por la costa de Bondi, Bronte y Coogee. Me acompañan dos nuevos amigos, Miguel de Puerto Rico y Jeremy de Israel. Yo, con mi alma curiosa bombardeo a Jeremy a preguntas sobre los judíos, el modo de vida, las tradiciones, la práctica y la teoría del Judaísmo. Y aprendo grandes cosas sobre ellos y su mentalidad. Es magnifico poder conocerlo de primera mano, de alguien de mente abierta también y dispuesto a responder a cualquier pregunta. Sólo viajando te expones al conocimiento más directo.

El domingo lo dedico a descubrir la playa de Manly, a 45 minutos en ferry de Sydney. Es un día perfecto, pleno sol, ninguna nube. Eso sí, hordas de turistas me acompañan. Jeremy se ha venido conmigo y los dos amantes de la fotografía nos dedicamos a captar los momentos de la gente en la playa. La vuelta al atardecer nos regala una puesta de sol desde el ferry con la vista completa de la ciudad. Insuperable.

Mi hostel es lo más barato que he podido encontrar en la ciudad. La limpieza es aceptable. Compartir dormitorio con otras 7 chicas es interesante. Me llama la atención la falta de comunicación o de saludo, el hecho de encontrar a muchas de ellas metidas en esa habitación casi todo el día, desde que me voy por la mañana hasta que llego por la noche. No se comunican, no conocen gente, casi no salen, … ¿Realmente puede ser que vengas hasta Australia a estar encerrada en un hostel? Puede ser, desconozco las razones.

Los siguientes días pateo la ciudad, visito museos gratuitos, observo a la gente por la calle. En los locales observo encantada los grupos de amigos que no pueden ser más diversos: asiáticos, indios, europeos, australianos. Todo mezclado de una manera preciosa. Hombres y mujeres vestidos de oficina, de todas las nacionalidades y de nuevo mezclados de todas las formas posibles. La diversidad que veo aquí me emociona, me da esperanza, abre puertas.

 

 

Mi rápida e intensa visita a Australia me ha ofrecido tantas cosas:

El mejor amanecer llegando a Sydney desde el avión

El mejor atardecer desde el ferry de vuelta de Manly

 

 

La mejor receta, mi primera pizza “kosher” en un lugar de Bondi beach. ¡Gracias Jeremy!

 

La superstición. Hay una gran diferencia de integración entre los aborígenes neozelandeses y los australianos. Los maoríes están muy integrados en la sociedad neozelandesa, aún siendo minoría, pero los aborígenes australianos están completamente excluídos. Muchos tienen problemas de alcoholismo y drogadicción y están en el escalafón más bajo de la sociedad australiana con respecto a poder adquisitivo, educación, etc.

Durante la época colonial y después de que Australia dejara de ser colonia inglesa, se hicieron verdaderos genocidios y atrocidades como separar hijos de sus padres.

Nunca hagas una foto a un aborigen o a el arte creado por un aborigen, ya que son muy supersticiosos y piensan que les estás robando su alma.

La pulsera australiana no se dió, en cambio me quedo con los bikinis de surfera.

Me llevo una grata y enorme sorpresa en Australia. Incluso me he planteado quedarme más tiempo y hacer algo de dinero mientras descubro más zonas. Finalmente lo veo complicado, la velocidad a la que encuentre un trabajo con mi visa de turista no es proporcional a la que gasto mi dinero aquí. Sigo camino, sigo viaje, descubro nuevos pasos. Salto a Filipinas y me despido con un maravilloso sabor de boca y la promesa de volver.

 

Aotearoa

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Conduciendo hacia Invercargill observo que he tomado la decisión correcta, cada vez menos turistas y más gente local. Los pequeños pueblos en la carretera parecen sacados de una película del oeste. La gente local es gente de pueblo, con sus camionetas y sus granjas de ovejas. Tengo la impresión de que hace tiempo que están sobrepasados con el turismo, es difícil relacionarse con ellos, como si se escondieran de la masa de turistas que llega cada mes. Los comprendo. Es algo similar a lo que se siente en Barcelona.

 

Llego al punto más al Sur de la Isla sur: Bluff. Es un pueblo eminentemente industrial y con unas de las ostras más ricas que he probado. Desde el punto más alto de la colina veo la siguiente isla, la Isla Steward y la costa que recorta el final de la isla. Conducir por estos paisajes no deja de abrirme la boca. Hoy el mapa me llevó por error a un camino de ovejas subiendo una colina. Las vistas eran de otro mundo, se grabaron en mi cabeza. No quise hacer fotos porque eso estropearía el momento, mi momento. Y eso es lo más importante para mí. Mi intención es llegar a Dunedin y dormir allí. Al día siguiente me espera la playa de St Clair para por fin ¡hacer un poco de surf en este viaje!

Cuando llego al aparcamiento-camping gratuito cercano a Dunedin descubro que los pocos sitios libres están ya llenos así que me busco una calle tranquila en una zona residencial cercana para aparcar y dormir en mi coche-cama. Cómo explicaros, Nueva Zelanda me supone un reto a mi presupuesto pero como así lo he decidido busco la manera de abaratar en lo posible mis costes. Una de esas maneras es no pagar todos los días por una zona de camping sino buscarme la vida y evitar esos costes durmiendo en algún lugar poco concurrido. La necesidad agudiza totalmente el ingenio. Me siento casi como una proscrita. La ley dice que no puedo acampar en cualquier sitio pero tiene que haber una señal que lo prohíba así que busco las nebulosas sin señales. Así es la aventura, cada día es una sorpresa. Aparcada en una calle residencial de un barrio que me recuerda a Vistahermosa en Cádiz pienso en lo irónico de las situaciones. Estoy aquí, en un coche viejo con un colchón atrás, dispuesta a pasar la noche (y que la policía no venga) y no me importa. De hecho estoy feliz, más que haciendo una rutina cada día. La aventura me da vida.

St Clair y su mar de corrientes fuertes es un extra reto para mi vuelta al surf. Las agujetas me van a acompañar por días. Y merece la pena probar este mar, la temperatura externa es de 12 grados y el mar está a 15 lo que me hace tiritar al ponerme y sacarme el traje. Es curioso como me siento tan viva cuando estoy en el mar. Y es curioso como los diferentes mares y océanos que estoy conociendo alrededor del mundo son diferentes e iguales al mismo tiempo. Es una fuerza poderosa que parece estar ahí para nuestra contemplación y disfrute. Olvidamos que con su fuerza podría inundarnos en un segundo y condenarnos al olvido. De nuevo la benévola madre naturaleza a la que necesitamos agradecer y respetar.

 

Toda la costa este, no tan famosa como su contraria, se me aparece como una maravilla y una ocasión de estar más en contacto con la gente local. Hace un par de años esta costa fue azotada por un terremoto muy importante y todavía hoy se están reconstruyendo las carreteras, las brechas y los destrozos naturales. Christchurch fue una de las ciudades más afectadas. Allí conocí a Carlos, un chileno enamorado del jazz y de la música en general que lleva 4 años viviendo en NZ. El me cuenta muchas cosas sobre cómo es vivir aquí y cómo viniendo de fuera es posible integrarse y tener una excelente calidad de vida.

Uno de los lugares que más me impactó de esta zona de la costa este fue la bahía de Okains Bay. Allí me quedé en un camping en el medio de la pura naturaleza, en un pinar que precede a una playa maravillosa y en el que se respira la paz más absoluta.

Las imágenes de la costa este valen más que mil de mis palabras:

 

Tunnel Beach

Akaroa

Okains Bay

Kaikoura

De nuevo en Picton, cruzo en el ferry rumbo a Wellington en la isla Norte.

Tengo una misión clara antes de llegar a Auckland y despedirme de NZ: quiero hacer el trekking del Tongariro Alpine Crossing. ¿Qué es eso? Un trekking de 20 kilómetros en la zona en la que se rodaron las escenas de Mordor en la película del Señor de los Anillos. 20 kilómetros, 8 horas de trekking aproximadamente con una subida al volcán y vistas espectaculares, incluido el lugar en el que Frodo tiró el anillo. Momentazo. Me preparo bien y reservo un buen camping con duchas calientes y todo lo necesario tanto para el día previo como para el día de mi caminata. A las 6.30 de la mañana ya estoy caminando, hay un volumen exagerado de gente que me acompaña, tanto que parece una autopista o la romería de Chamorro (para los que conocen mi querido Ferrol). Por el camino varios carteles avisan de que los volcanes por los que pasamos están activos y que si se percibe algún signo de actividad volcánica … salgas corriendo, eso sí son majos y te dicen hacia donde. Por otra parte también hay carteles diciéndote literalmente que estás a tiempo de volver atrás si no estás seguro de estar preparado físicamente. Yo me arriesgo, en plan chulita, si puedo dar la vuelta al mundo puedo hacer este trekking, ¿o no? ¡Pues eso! (Aunque estaba un poco cagada con el cartel). Después de 7 horas llegué al final del camino. Mis piernas no podían más, mi cadera pedía descanso a gritos y mi mente estaba dando botes celebrando el objetivo conseguido. Y … ¡de nuevo una prueba superada!

 

Casi sin movilidad en las piernas conduje al día siguiente hasta Auckland. Quería pasar mis últimos dos días con Erica, André y su familia. Qué maravilloso conocer a gente así de generosa y especial. Tuve la fortuna de conocer la isla de Waiheke en mi último día en Nueva Zelanda. El paraíso en Auckland. Una isla fundada por hippies con un microclima delicioso y un modo de vida a lo “SLOW life”. Allí, en su nueva casa, iré a visitar a mis buenos amigos a mi vuelta al país más verde del mundo.

 

Junto mis manos en agradecimiento a este país y a todo lo que me ha dado. Entre esas cosas:

El mejor amanecer en el Lake Okaro, mi primer amanecer después de la noche en mi coche-cama.

El mejor atardecer descubriendo Wharariqui Beach, la playa más hermosa de NZ

 

La mejor receta, el pastel de pescado de Erica en mi última noche. Una delicia.

La historia maorí : la leyenda de Nueva Zelanda

Maui es el talentoso e inteligente semidiós de la mitología polinesia, responsable de levantar de las profundidades del océano la Isla Norte de Aotearoa, nombre maorí para Nueva Zelanda.

Tras un nacimiento y un crecimiento milagrosos, Maui se ganó el cariño de sus padres sobrenaturales, enseñó artes útiles a los hombres, atrapó el sol y domesticó el fuego. Pero una de sus proezas más famosas fue rescatar la Isla Norte del fondo del mar.

Menospreciándolo, los cuatro hermanos de Maui conspiraron para abandonarlo cuando se fuera a pescar. Sin embargo, Maui escuchó sus planes sin querer y, en secreto, construyó un anzuelo con una ancestral quijada mágica. Entonces, una noche se deslizó hasta la canoa de sus hermanos y se ocultó bajo las tablas del piso.

No fue hasta que sus hermanos perdieron de vista la tierra firme y llenaron el fondo de la canoa de pescado que Maui salió de su escondite. Entonces, sacó su anzuelo mágico, lo lanzó por el lado de la canoa y comenzó a recitar poderosos encantamientos.

El anzuelo cayó más y más profundo en el océano hasta que Maui sintió que había tocado algo. Tiró suavemente y sintió cómo muy abajo el anzuelo tiraba con fuerza. ¡Era un enorme pez! Junto a sus hermanos, Maui logró sacar el pez a la superficie.

Maui advirtió a sus hermanos que esperaran hasta que hubiese apaciguado a Tangaroa, el dios del océano, antes de que comenzaran a cortar el pez. Pero se cansaron de esperar y comenzaron a cortarlo en pedazos. Esos pedazos son ahora los diversos valles, montañas, lagos y costas rocosas que vemos en la Isla Norte.

Hasta el día de hoy, la Isla Norte se conoce en maorí como Te Ika a Maui, el pez de Maui. Da un vistazo a un mapa de Nueva Zelanda y verás la cabeza del pez en el sur y la cola en el norte. La Isla Sur también es conocida como Te Waka a Maui, la canoa de Maui; por su parte, a la isla Stewart o Rakiura se la conoce como Te Punga a Maui, el ancla de piedra de Maui.

La pulsera que esta vez es un anillo hecho de una concha de la playa de Whaiheke Island. Gracias Erica.

 

Describir Nueva Zelanda es una tarea harto complicada. Nada de los que os dijese podría reflejar lo que vuestros ojos verían allí, lo que vuestros sentidos percibirían. Me encantaría tomaros de la mano y enseñaros todo lo que mis momentos han significado. Han sido momentos de soledad casi todos, conduciendo durante horas (y disfrutándolo) en el medio de paisajes de ensueño. Grandes meditaciones vienen de este viaje, grandes lecciones también.

Me despido de Aotearoa con uno de mis momentos favoritos.

Mi queso, mi vinito y mi pan me acompañan en la parte de atrás del coche. Sentada sobre el colchón y con las puertas abiertas observo el pinar y el mar, oigo rugir las olas, a los pájaros que cantan mientras el día va echando el telón. Ha sido un día muy intenso, conducir es genial en su justa medida. Más de eso agota. La bahía de Okains me maravilla. Es como el San Jorge de mi infancia: salvaje , íntimo y de una energía cálida. Okains Bay es pura calma, el mar te acuna de noche y te despierta suave por la mañana. En este lugar no existe más que este momento, no conoce tu pasado y no le importa tu futuro. Te acompaña. Ahora.

Belleza sureña

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A través de una ventana sucia y oxidada del ferry se ve la belleza del exterior. La naturaleza impactante de la isla sur. La suciedad podría empañarla, depende de los ojos que la miran. Es como nuestra visión de la vida, empañada o no siempre depende de cómo la miramos, bajo qué prisma y desde qué perspectiva.

 

 

La isla me recibe con un tiempo espectacular, me invita a la playa, y yo no voy a ser la que le diga no. Conduzco unas horas por la bahía norte, la Golden bay. Cada 2 kilómetros me paro a hacer fotos, el paisaje es idílico, asombroso, mi boca no deja de abrirse y me sale espontáneo el “Guau! Qué pasada!”. Cada vez entiendo más y más los consejos de mi amigo Oscar: “No pierdas tiempo en las ciudades, vete al sur”. Elijo una de las playas del Abel Tasman National Park y allí me lanzo al agua. Soy como una niña chica en las vacaciones de verano, mi entusiasmo no cesa. Me quedo en esa playa todo el tiempo que quiero, sin importar la hora ni lo que tenga que hacer porque al fin y al cabo … nadie me espera y sólo yo determino lo que quiero hacer. Esa es la gran libertad, cuando conseguimos liberarnos de los “debería”.

 

 

 

Mi siguiente parada es La Playa. Y digo La Playa porque es uno de los sitios más bellos que he visto en mi vida. Pharariqui Beach es sino la más, una de las playas más alucinantes playas que haya visto en el mundo. Me encanta, me ha atrapado su energía. Está llena de luz, de poder y de paz. Un camino de 20 minutos por colinas sacadas de las imágenes del escritorio de Windows (o al revés mejor dicho), preceden la entrada a la playa. La amplitud es sobrecogedora, las enormes piedras de la playa talladas por la erosión te transportan a un decorado de escena de película. Los leones marinos son los pobladores, tú no eres más que un visitante, necesitas recordarlo y ser respetuoso. Ese es el mensaje en toda Nueva Zelanda. Me decido a bañarme en el mar de Tasmania, es una decisión valiente porque lo salvaje del mar impresiona y los carteles avisan de que no se recomienda el baño por la fuerza del mar. Y yo digo, ellos no saben que yo soy gallega … Nacemos con respeto por el mar. Con precaución tomo mi baño, y lo disfruto de nuevo como cuando era niña, salto, me río y juego con él. No muy lejos veo una figura entre las olas zambulléndose. Mi primer pensamiento es que hay otra persona que se ha atrevido a meterse al mar en esta playa semi desierta. Intuyo después que no es una persona, veo una aleta … Mi corazón empieza a latir más deprisa y empiezo a recular hacia la orilla. Sigo mirando a la figura … y veo una cabecita que se asoma … un león marino me mira con aire curioso, él también está jugando en el mar … gran suspiro de alivio!! No puedo evitar echarme a reir, él me sigue mirando y dando vueltas con las olas. Los dos nos miramos curiosos, y yo disfruto ese momento con plena conciencia de donde estoy, de la interrelación con el entorno, con ese león marino, con la naturaleza que me rodea. Fue uno de los momentos más bellos de mi viaje. La naturaleza nos hace tantos regalos que no apreciamos. ¿Por qué? Porque la mayoría de nosotros está desconectado de ella, y de nosotros mismos.

 

 

Esa noche duermo en el parking de un pub cercano después de degustar la cerveza local. El viento sopla muy fuerte y yo me siento por una parte afortunada de estar protegida por el cierre del parking y por otra parte sola y rara durmiendo en un coche. Todavía no lo siento mi casa de tortuga. Y os preguntaréis cómo funciona eso de vivir en un coche. Pues es bastante práctico. La parte de atrás de mi coche está preparada con unas tablas y un colchón que se extiende cuando rebates los asientos traseros. Allí coloco mi saco de dormir y las cosas que hacen de almohada. También tengo un hornillo a gas y utensilios para hacerme la comida. Todo está preparado y organizado. Las cortinillas azules se corren cuando voy a dormir para que no me vean en mis dulces sueños. Y cuando lo dejo aparcado lo cubro todo con una lona para que no se vea que es mi coche-cama sino que quizás transporto algo sin valor. Recomendaciones útiles para que no te roben en las grandes ciudades.

Al día siguiente me dirijo al sur desde el punto más al norte de la costa oeste donde está Wharariqui beach. Las horas en el coche me encantan, disfruto mucho conduciendo y escuchando música. Si a eso le añades los paisajes de Nueva Zelanda ¡es una experiencia casi religiosa! Desconozco cuantas veces puedo haber parado a hacer fotos, videos, contemplaciones, … llego a un camping donde pasaré la noche antes de explorar la parte más famosa de la costa Oeste y el dueño me habla de un tifón que viene esa noche. ¿Cómo que un tifón? No será el mismo que … No puede ser. El mismo tifón que me hizo dormir dos noches en el aeropuerto de Honolulu está ahora llegando a Nueva Zelanda y justo en el área donde yo me encuentro. Y me pregunto, ¿me estará siguiendo?

Necesito desistir de mi visita a la costa Oeste, no sería nada práctico en el medio de los efectos de un tifón, jajaja! Me muevo muy temprano a la mañana siguiente escapando hacia el interior de la isla. Me siento en una peli donde la protagonista se aleja a toda prisa en su coche seguida por un tornado. Emocionante ¿eh? Este viaje no deja de sorprenderme. Cuantas más aventuras corro más lo disfruto.

Los siguientes dos días la tormenta y la lluvia me dejan encerrada en el coche, no hay mucho que pueda hacer a parte de conducir hasta un lugar seguro. Estoy en el coche. Afuera llueve, hoy no ha parado de llover en todo el día. Mis horas de conducción me han dado vistas increíbles incluso en la lluvia, paisajes de un belleza sublime y sobrecogedora al mismo tiempo. Me siento tan pequeña en esta naturaleza gigante. Somos pequeños en ella. El hombre teme a la naturaleza, por eso la ha querido dominar. Sigue lloviendo, estoy calentita en el coche, espero que mañana amaine un poco y pueda explorar mejor la zona. En Nueva Zelanda me siento un poco sola. Me gustaría compartir estas sensaciones con alguien, y al mismo tiempo amo mis días, mi propia compañía, la libertad de volar en mi coche sin ataduras y a mi aire.

La zona donde estoy es de montaña y lagos. Lake Tekapo se ve magnífico sin importar el mal tiempo. Hago las excursiones que puedo con chubasquero y abrigo. ¡Nada me va a parar! Ni un tifón ni una avería en mi coche … Esta tarde el coche no me ha encendido. Nada, no se encendía ni una luz. Llamé a la asistencia en viaje. Cuando llegaron … el coche encendió. ¿Magia? ¿Una broma? Yo creo que es un fallo de un coche viejo. La asistencia y la compañía de alquiler me cobran 100 eur a mí porque dicen ellos solo se hacen cargo de fallos mecánicos y yo de los no mecánicos. ¿Qué pasa si no hubo fallo? Pregunto. Pues lo sigo pagando yo parece ser. Es abusivo e injusto. Me enciendo como una moto y me quejo rotundamente a la empresa de alquiler que digamos no tiene el mejor servicio al cliente. Lo importante de esta anécdota es que el subidón de adrenalina por el enfado la discusión y todo lo que conlleva en mala energía me recuerda que hace prácticamente seis meses que estoy tranquila, en un modo pacífico y relajado. No me gusta la sensación después de este subidón de mala energía, es como una sacudida de la que me cuesta recuperarme. Y aprendo más de mí misma, a calmar esa llama de mecha rápida en mi interior. A saber cuando pararla.

 

 

Las siguientes fotos os muestran un poco la belleza de los lugares de esta zona.

Lake Tekapo

 

El Mount Cook, otro escenario de película, se despojó de sus vestidos hechos de nubes para que pudiera apreciarlo. Todo un regalo después de la tormenta.

Wanaka

Queenstown

Mildford Sound

Fiordland

Me dirijo hacia el punto más al sur de la isla sur, después de estar en el punto más al sur de África y de Sudamérica quiero ver cómo es en Nueva Zelanda … allí os espero, coged la mochila y seguimos hablando mientras volvemos al Norte.

Si pliegas el mundo

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Si pliegas el mapa del mundo a la mitad siendo uno de los extremos España te encuentras con la nación kiwi en el otro extremo. Y ahí es donde me encuentro el día que mi viaje hace seis meses: al otro lado del mundo, el punto más alejado posible de España: Nueva Zelanda.

La lluvia me ha acompañado mucho a lo largo de mi viaje, debe ser para que no me olvide de que soy gallega viva donde viva. En casi todos los países he vivido tormentas, y Nueva Zelanda no es una excepción. Llegué a Auckland en un día gris y lluvioso. Allí me hospedó Erica, la hermana de mi gran amiga Natalie. Qué delicia de recibimiento, Erica fue un angel de la guarda después de las noches durmiendo en el aeropuerto de Honolulu y las horas en el avión. Me recibió en su casa y me dió una cama mullida, comida hecha en casa y de un nivel asombroso y unas conversaciones fantásticas. Ah! Y vinito muy rico. ¿Qué más podía pedir?

 

Poco tiempo me duró el descanso. En menos de dos días recogí mi coche de alquiler y tomé ¡rumbo a la aventura! Os confieso que al principio estaba estresada y nerviosa. Un coche automático (nunca en mi vida antes), conducir por la izquierda (ya no recordaba ni mi viaje a Irlanda), mal tiempo y un país completamente desconocido. Sólo fue el principio, rápido me hice a todo y a medida que bajaba hacia el sur de la isla norte los paisajes se iban haciendo más y más espectaculares. Mi propósito era cruzar en el ferry de la Isla Norte a la Isla Sur y enfocar mi viaje en esta última, que según todas las recomendaciones era la más impactante.

Bajar la isla norte fue una delicia, sobretodo el tramo del lago Taupo. Empezaba a entender los comentarios de todos los amigos que habían venido a este país. No sé cuantas horas conduje pero no me importaba. Llevaba tanto tiempo sin coger un coche que disfruté muchísimo en mi viaje, a mi ritmo, con mi música, parando donde la intuición me decía y siguiendo camino donde no veía gran interés. Y diréis ¿no es aburrido viajar sola en un coche? Y os responderé a la gallega … depende. Depende de muchas cosas, de cómo te llevas contigo mismo, del coche, del paisaje, de las paradas que haces. Yo definitivamente os lo recomiendo. Un “road trip” solo es muy interesante. Y si lo haces en Nueva Zelanda te despiertas y tomas tu café en frente de un lago de película mientras el amanecer deja la luz suavemente sobre el agua, o en una playa salvaje precedida por un pinar desde donde las olas te adormecen y el olor a mar abre tus pulmones… ¿qué tal? ¿Os apetece venir? Para mi esta ha sido la primera vez que he hecho “camping”, durmiendo en mi coche-cama particular. Al principio me sentía un poco homeless y rara, después de unas noches me hice a la libertad de parar donde quisiera y vvir como una tortuga, con la casa siempre conmigo.

Llegué a Wellington, el sur de la isla Norte, con la esperanza de salir al día siguiente en el ferry hacia Picton, en la isla Sur. El amable e irónico señor que vendía los pasajes me dijo que no había plazas en ningún ferry hasta ¡dos días después! Con esto de dejarme llevar a donde me lleve la corriente ya no me preocupo de hacer todo con anticipación. Fluyo como el agua que diría el sabio. Bueno, el agua se estancó en Wellington. No pasa nada, pensé después del shock inicial, descubiré la ciudad.

Couchsurfing es un gran invento, te permite conocer a gente local, tomarte una birra y dormir en casa de alguien. ¿Contras? Necesitas leer entre lineas si esa persona es una buena elección y siempre tener un plan b por si acaso. Así descubri a Abhi, un chico indio chef de cocina que vive en Wellington. Abhi me dejó dormir en su casa y aparcar alli mi coche por dos días mientras descubria la ciudad y hasta me cocinó un plato maravilloso de pasta. Un gran Gracias para él.

Wellington me gustó, tiene un tamaño perfecto como ciudad y una atmósfera muy abierta. Diversas comunidades conviven allí con un absoluto respeto. Los alrededores merecen mucho la pena y el museo Te Papa es el mejor que he visto en mi viaje, y gratis! Celebré el año nuevo chino allí, con fuegos artificiales y montones de eventos. La comunidad china en NZ es enorme y bastante arraigada. NZ es un mix de culturas, de religiones, de origenes, todo el mundo es extranjero y al misma tiempo todo el mundo es de allí.

Y así me despedí de la isla Norte, por el momento. El domingo a las 6 de la mañana partió mi ferry hacia Picton, en busca de una nueva aventura …

La Manzana Congelada

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Vivir cinco meses sumergida en la intensidad de África y Sudamérica, con profundas experiencias de la Madre tierra y la comunidad en su estado más puro, es como remontarse a los orígenes del ser humano de la mano de la humildad, la inocencia y la veneración por la naturaleza. Ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida y donde me he sentido más parte del mundo real.

Aterrizar después de eso viniendo del calor tropical de Guayaquil en pleno Nueva York y en pleno invierno es bastante descorazonador. No tanto por el tiempo, que también, sino por la vuelta a un mundo “moderno”, a unas relaciones frías entre personas y a un bienestar basado en qué modelo de iphone tengo en el bolsillo. Nada más llegar quería salir corriendo.

 

Tenía una misión clara, estar unos días con una amiga de las que nunca me cansaría de ver. Y a la que veo mucho menos de lo que quisiera. Minerva es de las personas más auténticas, buenas y honestas que conozco. Cada vez que la veo es como si no hubiese pasado ni una semana. Hace unos años que vive en Nueva York y ahora tiene con ella a mi pequeña y preciosa amiga Anna. Anna tiene dos años y un carácter súper divertido. Ellas hicieron mi visita a la helada manzana un evento cálido y familiar.

 

 

Otra de las cosas maravillosas de hacer amigos por todo el mundo es que te los vuelves a encontrar a miles de kilómetros de distancia y parece que retomáis la conversación donde la dejasteis. Eso me pasó con Bruno, un peruano que vive en Nueva York y al que conocí en mi estancia en Argentina. Allí nos volvimos a encontrar, en el medio del barrio más hipster de NYC. Compartimos una suculento plato de pasta italiana (se me hizo raro volver ir a un restaurante “bien”) y una muy buena conversación. Esta es la maravilla de pasear por el mundo, que te salen amigos en los sitios más inesperados y auténticos.

 

 

Cuando haces un viaje de observación como el mío empiezas a darte cuenta de la diferencia entre cómo vivimos la vida y cómo podríamos vivirla si nos desapegáramos de los roles sociales que creemos tener. Reconoces que nuestra falta de libertad viene por nosotros mismos, los que más nos limitamos. Vivimos aislados en fachadas, en caretas que nos ponemos cada día para “sobrevivir”. Pues bien, cuando ves a la gente sin caretas en una parte del mundo mostrándote su sonrisa o su lágrima más sincera, no logras volver a ver las caretas del otro lado sin asombro y pena.

Mientras comíamos observaba a nuestros compañeros de la mesa de al lado. Gente en sus 30 y tantos con looks modernos, móviles a la última y conversaciones “ligeras”. Nada diferente a como yo me veía hace muy poco. Ahora lo veo de fuera después de seis meses vividos y todo ha cambiado para mí, muy adentro. Sé que no puedo volver a ser la misma persona que antes del viaje porque en el camino me he encontrado con partes de mi que solo conocía superficialmente y que me guían con fuerza. Actúo conectada con mi esencia. Ahora sí mi voz, mi mente y mi espíritu están alineados y siguen el mismo mensaje. Y esto os lo deseo a todos. Quitaros las caretas. Mostraros como sois. No hay nada más liberador.

Conexión Hawai

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Los paraísos absolutos no existen, como todo lo que queremos estandarizar, se cae por su propio peso. Hay tantos paraísos como personas y muy pocos coinciden con su concepto.

Hawai es uno de esos paraísos llamados “absolutos”. Y si bien es cierto que es una tierra con una energía fuerte e intensa donde el tiempo parece haberse detenido, también posee todos los “pecados” americanos: cadenas de Fast Food, carteles de prohibido (siempre eximiéndose de responsabilidad), marketing de paquete vacacional y mucha mucha mucha falsa felicidad.

Hawai es un paraíso de playas idílicas, hombres con camisas hawaianas (especie extendida más allá de los gringos turistas) y belleza tropical. Hawai está también plagado con resorts de lujo americano, jubilados gringos viviendo su segunda o tercera juventud y coches de lujo de alquiler.

 

Por otra parte y como nada es absoluto hay miles de grandes atractivos que necesito contar. Lo primero que me llamó la atención en la Isla de Maui es su atmósfera distendida y su naturaleza tropical y exuberante. La población local se compone en gran parte de americanos cansados del modo de vida en tierra firme que se vinieron a vivir a Hawai. Su filosofía es la de vivir y dejar vivir, con buena vibración y buena energía. Un poco de surf, tiempo para disfrutar, gente de calidad y el trabajo justo para vivir. Nada que no queramos muchos. Una vida sencilla y con sentido.

 

 

Amanecí mi primer día en Maui, me deslicé en mi bikini y puse rumbo a la playa. Dos horas después de ir caminando la playa más larga de la isla reconocí mi exceso de confianza. La coloradita (así nos llaman en Ecuador a las blanquitas) se puso como un cangrejo y volvió a casa color butano y feliz como una perdiz.

Mi casa en Maui está frente a la playa. Richard hace coachsurfing en su casa (alojar sin coste a gente que viaja) y yo he tenido la fortuna de estar en Hawai sin pagar un duro por el alojaiento. Increible pero cierto. Richard tiene alrededor de 70 años, es un hombre generoso y muy respetuoso. Su única particularidad es que practica el nudismo en su casa, si no te molesta verlo tienes la oportunidad de tener alojamiento gratuito. Yo lo tenía claro, el nudismo me molesta menos que pagar 150 eur por noche.

 

En casa de Richard conocí a Corina y a Elena. Ambas me han aportado grandes lecciones a su manera. Corina fue mi compañera de viaje durante dos días a la ruta de Hana, un road trip que abarca toda la costa Este de la isla. Siempre recordaré la noche que dormimos en Hamoma beach viendo la luna llena en un cielo cubierto de estrellas. El baño de noche con el cielo reflejado en el mar. Nuestras risas jugando con las olas. Las conversaciones sobre cómo la vida nos llevó allí. Los grandes dolores en nuestra vida nos traen lecciones que luego, pasado un tiempo, agradecemos enormemente. Nos han hecho mejores personas.

Elena es una italiana que vive en Barcelona, ¿casualidad o causalidad? Ella tiene una delicadeza que emociona y una maravillosa filosofía de vida. Trabajar para vivir. Evitar lo innecesario, tener una vida sencilla y con grandes valores. Poner el foco en las pocas cosas valiosas. Y usar el dinero para disfrutarlo, no para acumularlo. Sencillo y valiente.

A mi vuelta del road trip empecé a sentirme enferma. Opté por no escucharme y al día siguiente me fui al cráter del volcán Haleakala a 3000 mt. Y no sólo eso, hice una caminata bajando y subiendo que terminó de ponerme enferma del todo. Eso sí, al volcán lo marqué como visto. Qué difícil escuchar a mi cuerpo cuando mi mente me grita “¡Estás en Hawai! ¡No puedes estar enferma! “. Los siguientes días mi cuerpo me confirmó que estaba enferma, y bastante. Tenía sólo un hilo de voz, un estado gripal importante y me movía en modo zombi. Lo único que podía hacer era dar algunos paseos y descansar. Y en ese tiempo de reflexión saqué grandes conclusiones sobre todo lo vivido hasta ahora en el viaje. No soy la misma persona que se fue de Barcelona el 1 de septiembre, grandes cambios internos se han llevado a cabo. Imposible mencionarlos, cada uno entiende su propia historia. Lo que está claro es que las piezas de mi puzzle interno han ido encajando sin yo notarlo y hoy me siento muy cómoda conmigo misma.

 

 

Maui siempre fue un destino en mi lista. Uno de mis grandes maestros espirituales, Wayne Dyer, vivió allí durante la mayor parte de su vida adulta y hablaba de la gran energía que desprendía el lugar. Quise verlo con mis propios ojos, hacer el paseo por la playa que él hacía cada día y experimentar lo que yo sentía al estar allí. El primer día me emocionó estar en su playa y tuve un flash de todo lo que había pasado en mi vida hasta llegar allí. Me embargó el orgullo de todo lo que conseguí y quien soy hoy.

 

Los regalos de Hawai:

El mejor amanecer en Hamoma Beach desde mi saco de dormir

 

El mejor atardecer, en el aeropuerto el día que llegué, haciendo escala en Honolulu

 

La mejor receta, a falta de grandes platos locales y demasiada comida rápida americana diría que lo que más me gustó fue la piña natural, el oro de Hawai.

 

 

La superstición, la cultura hawaiana tiene muchas supersticiones y augurios que son ampliamente conocidos y hoy en día siguen teniendo valor. La lluvia y los arcoíris son considerados bendiciones de los dioses. Esto toma más valor aún si llueve durante una boda.

 

La pulsera, esta vez para el pie.

El jueves de noche salí del aeropuerto de Maui rumbo a Nueva Zelanda. Mi escala en Honolulu me trajo malas noticias a medianoche. Mi vuelo se canceló por un tifón en Samoa. Me esperaban dos días en Honolulu. No encontré alojamiento que bajase de los 150 eur ni un coachsurfing que me quisiera ayudar así que pasé dos noches durmiendo en el aeropuerto (de nuevo mi saco de dormir hizo lo mejor posible de mis noches). Ante las circunstancias extremas hice mis elecciones: sacrificar esas dos noches para invertir mi dinero en otra cosa que no un hotel en Honolulu, disfrutar del día que pasé allí visitando Pearl Harbour y ponerme un poco más morena en la playa de Waikiki. Todo tiene sus ventajas e inconvenientes. Absolutamente todo es dual. Y la experiencia me hace disfrutar unas y aceptar los otros cada vez con más sabiduría.

Aloha

 

El tiempo entre Cafetales

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Treinta y dos horas después de salir de Quito dí con mis huesos en la ciudad de Bogotá. Sabía lo que me esperaba cuando compré mi billete de bus, lo que no sabía es que el grupo de colombianos me adoptaría como una más en el viaje para hacer bromas, guardarnos el sitio en las largas colas de inmigración y cuidarme como a una hija o una amiga. Los colombianos son puro latino, puro corazón, pura música y pura simpatía.

Bogotá es una ciudad inmensa. me alojé en La Candelaria, el barrio más pintoresco (y seguro). Las calles están llenas del bullicio de los bares, los turistas, las tiendas y los museos. La primera cosa que hice fue irme directa a una lavandería, imaginad 32 horas en un bus lleno de gente. La humanidad y su olor te abofetea cada vez que sales y entras. Necesitaba limpieza en mi cuerpo y en mi ropa para dormir a gusto. Al día siguiente desayuné en la terraza del hostel viendo a la ciudad despertarse, preciosa sensación. Me dispuse a subir el cerro de Montserrate y preparada con mi mapa en el móvil me puse a caminar. Después de unos 40 minutos llegué a una zona que me pareció un poco sospechosa, en mi intuición saltó una alarma … ¿estaría en el camino correcto? Sólo tuve que preguntarles a un par de policías en una esquina y ver su cara de asombro al verme para saber que debía haberme equivocado. Su expresión decía “¿qué estás haciendo aquí?” y sus palabras fueron “Señorita, no es seguro que esté aquí, está en una de las zonas rojas de Bogotá”. No pude hacer otra cosa que reírme, de mi misma claro. Salí de allí lo mejor que pude y me fui a subir el cerro y explorar la ciudad.

 

Mi vuelo al día siguiente me llevó a Medellín, fue un vuelo casi eterno, con un retraso de tres horas. Para cuando llegué a Medellín tuve el tiempo justo para darme una vuelta por el centro, ver las maravillosas estatuas de Botero y comprar algo para cenar. Luego la noche cayó sobre la ciudad de Pablo Escobar. Medellín se ha esforzado mucho por acabar con la fama de ciudad de narcotráfico y convertirse en un lugar más tranquilo, seguro y comunicado con la única red de metro del país. Estuve poco tiempo en la ciudad, preferí visitar Guatape, un pequeño y súper colorido pueblo al norte. Su historia es graciosa, hace muchos años decidieron poner zócalos en las partes bajas de los edificios para protegerlos. Uno de los alcaldes comenzó con la idea de las decoraciones y hoy es uno de los pueblos que más fama tiene y más te recomiendan cuando vienes a Medellín. Vamos, se han forrado con las manualidades.

 

 

Venir a Colombia en mi opinión es venir a tomar café, y/o a ver los cafetales. No me apetecía hacer típico tour de gringo por el que cobran una pasta. Mi presupuesto tampoco me lo permitía. Así que decidí alojarme en una Finca cafetera hecha hostel por tres días y fue una gran decisión. Abajo veis el por qué. Sentí la vida rodeada de plantas de café, de sol colombiano, de olor a campo. Y me relajé tanto … incluso lloviendo la vista desde las hamacas es una maravilla… El pueblo más cercano, Filandia, es como de telenovela. Los sombreros y las mantas de los hombres son auténticas, pura Colombia. La gente es de pico rápido y meloso. Las conversaciones se abren con cualquiera en la calle, son bien lindos estos colombianos.

 

 

Mis últimos días en Colombia los disfruté con mi amiga Gloria. Nos conocimos en Perú, en el tren a Machupicchu, y conectamos inmediatamente. De ahí vino su invitación a pasar unos días en su casa en mi visita a Colombia. Y ahí nos vimos, en el Santuario, un pueblo cerca de Medellín. Llegué un día de muchísima lluvia, Gloria me esperaba en su casa con aguapanela caliente aderezada con un chorrito de alcohol como aliño. Qué delicioso recibimiento. Fueron días en los que me sentí en casa como con mi hermana, charlando de todo como con una amiga de mucho tiempo. Mi primera experiencia en parapente también se la debo a ella. Ese salto al vacío me dio menos miedo de lo que me imaginaba. Será porque ya salté al vacío el 1 de septiembre y, después del shock inicial lo sigo disfrutando.

 

 

Siento que me falta ver mucho de Colombia, tanto que merecería un viaje a parte. Mi primera experiencia me ha sorprendido y me ha dado ganas de más:

 

El amanecer en el bus de Quito a Bogotá, la luz de la mañana bañaba la zona de cafetales y mi cara de asombro luchaba con el mareo de una carretera en costura zig-zag. El maravilloso momento de la primera impresión, el primer descubrimiento.

El atardecer en una hamaca, después de un baño en la piscina de una finca cafetera. Sentirse como Pablo Escobar con Colombia a tus pies.

La receta, Bandeja Paisa, prácticamente el plato nacional.

Ingredientes

¿Qué Ingredientes necesitamos para preparar una Bandeja Paisa?

  • Cuatro huevos

  • Dos chorizos para freír, a ser posible chorizos antioqueños

  • Arroz, 300 gramos aprox

  • Un Aguacate

  • Un plátano

  • Un tomate rojo en rodajas

  • Frijoles guisados, 200 gramos aprox

  • Carne picada, 400 gramos aprox

  • Panceta, 400 gramos aprox. Conviene que esté cortada en trozos gruesos

  • Sal, pimienta y aceite de oliva

En primer lugar debemos poner a cocinar el arroz con agua hirviendo en una olla

  1. Freímos en una sartén la carne, la panceta y el chorizo, condimentamos con sal y pimienta al gusto.

  2. Cortamos el plátano en cinco o seis trozos y lo freímos en una sartén

  3. Freímos los huevos en una sartén, puede ser la misma que hemos utilizado para el plátano.

  4. Calentamos los frijoles en el microondas, en un horno, o si lo preferimos podemos freírlos en la sartén.

  5. Cortamos el aguacate en trozos grandes

  6. Juntamos todos los ingredientes cocinados en el mismo plato o bandeja.

    Y lista la Bandeja Paisa!

 

La superstición, Colombia es el hogar de algunas de las mariposas más bellas del mundo, pero hay una variedad en particular que es grande, de color marrón o negra y que les da mucho miedo a los colombianos supersticiosos. Ver una mariposa oscura, por lo general una polilla, en una casa quiere decir que alguien cercano a la familia morirá.

La pulsera, un fino hilo con dos piedras lapislázuli en tributo al talismán que me acompaña para darme fuerza este 2018.

 

Colombia se metió en mi viaje a posteriori. La decisión me vino debido al gran número de viajeros que en el recorrido hacia aquí me aconsejaron no pasar de largo. Lo he dicho a lo largo de todos mis viajes en Sudamérica, el atractivo más bello de estas tierras es el alma fuerte, alegre y generosa de su gente. A cualquiera que venga a Colombia le embargará un sentimiento de comunidad, de fiesta, de buen humor y de amabilidad, además del olor al café más rico de esta parte del mundo. Y con espumita, como le gusta a mi hermano.

En la Mitad del Mundo

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Ecuador me ha robado el corazón, ha sido amor a primera vista, a la luz del día claro, porque la primera noche no prometía tanta positividad … Fue una serie de desventuras las que me llevaron a llegar a las 2 de la mañana a un alojamiento de Airbnb con un un host flexible con el horario a la par que desastroso con la limpieza y el orden. Me encontré en una casa vieja, sucia y con un olor terrible. Las sábanas de mi cama no invitaban a un sueño reparador. De nuevo mi mejor amigo, mi saco de dormir, me salvó la noche como pudo. No os podría llegar a describir el baño y la cocina, solo sé que cuando entré al primero pensé “¿cómo me voy a duchar aquí?”. A la mañana siguiente recordé a mi amiga Cecilia diciéndome al oído una de sus más famosas frases: “¡Recoge tus bragas y vete de aquí!”. Y así fue, arreglé mis cosas de nuevo, busqué otro alojamiento para las dos siguientes noches y me fui con viento fresco de allí.

A pesar de esa primera noche accidentada todo lo que vi de Quito desde el primer pie que puse en la calle fue belleza, en sus calles y en su gente. Os confieso que Ecuador es el país donde he visto hombres más guapos desde que estoy en Sudamérica. Los ecuatorianos sean mestizos o indígenas tienen un encanto particular. O quizás será que muchos llevan el pelo largo … quien sabe.

Quito es la ciudad más bonita, limpia y organizada que he visto en Sudamérica, así lo digo sin tapujos. Venía con una idea muy diferente. La ciudad es una maravilla arquitectónica, sus edificios coloniales son asombrosos y súper bien cuidados. Al mismo tiempo es una ciudad moderna, tranquila y con gente muy educada.

Llegué a casa de Gloria después de mi primera noche y fue todo un premio. Una casa limpia, una habitación cómoda y una ecuatoriana llena de cariño y de energía. No podía pedir más. Hice de su casa mi base y de allí me moví a conocer Quito y sus alrededores. Otavalo con su mercado de artesanía y su cascada y la Mitad del Mundo. Otro gran amigo en mi aventura en Quito fue John, un ecuatoriano súper inteligente y divertido que tomó la valiente decisión de cambiar su vida de publicista a lo que siempre había soñado, la música. El mundo está lleno de ejemplos de gente que se atreve a ser auténtico y honesto consigo mismo. John fue mi guía en la mitad del mundo y creo que será un amigo para siempre.

Mi Fin de Año transcurrió pasado por mucha agua, tormenta tropical en la selva, en la Amazonía ecuatoriana. La ciudad de Tena, puerta a la selva, como telón de fondo. Allí pasé un fin de año muy diferente, acompañada de los míos a través de Internet y observando la fuerte lluvia sobre el río y la vegetación amazónica. Fue un tiempo íntimo, diferente y de mucha reflexión. Dos días más tarde tomaba rumbo a una comunidad Kichwa en plena selva para convivir con ellos y aprender de su cultura.

Los kichwa son gente sencilla y rural. Sus tradiciones son ancestrales, hablamos de miles de años. Ahora todo se ha modernizado mucho con la influencia de las ciudades y las otras culturas. Con tristeza me lo contaba Flavio, el padre de familia, las tradiciones se están perdiendo. Y yo pienso que en realidad esto viene dado en gran parte por un estilo de vida occidental que ahora quieren las nuevas generaciones. Lo aprenden con la televisión, el “mal” cine de Hollywood y el adoctrinamiento. Incluso su lengua se está perdiendo. Por supuesto ni que decir tiene que la colonización jugó un papel fundamental en este desastre y pérdida cultural. De nuevo la vergüenza viene a mí. Rosa, la mujer de Flavio, y sus hijas me trataron de lujo. Ellas son mucho más tímidas que los hombres y demuestran el amor de otra manera, con unas maravillosas comidas y un afecto sutil. Me sentí como en casa. Su hijo Rurik fue el que me enseñó todo alrededor, los árboles y plantas medicinales, las cascadas, los animales,… Vivir como ellos es tener el supermercado debajo de casa, arboles frutales exóticos, bananas, cacao, café, setas, yuca, … todo de la naturaleza. Las plantas medicinales de la zona son de enorme variedad y para todo tipo de enfermedades. Me parecía estar escuchando a mi hermana decir “yo quiero estar ahí!”. Una de las noches preparamos Ayahuasca, un árbol cuyo extracto tiene efectos alucinógenos y que los chamanes utilizan para conectarse con el más allá. Flavio procede de una familia de tradición chamánica y él fue quien se tomó el líquido e hizo sobre mi una limpieza. Era noche cerrada, los cánticos y las hojas sobre mi cuerpo y mi cabeza se alargaron durante mucho tiempo. Sólo estaba allí sentada mientras Flavio cantaba y me limpiaba con el ramo de hojas pero recuerdo muchas sensaciones y mucho cansancio. Cuando terminó me dijo que mi viaje sería largo y bueno, que mi cuerpo estaba limpio ahora y que me fuera a acostar. No sabéis lo cansada que me fui, a la mañana siguiente me sentí renacer. Eran las seis de la mañana, los animales de la selva me habían acunado toda la noche en un sueño profundo y Rosa me había preparado un desayuno delicioso con banana, tortitas y huevos además del tradicional y energizante té de guayusa.

Me fui con pena de la selva, y me voy de Ecuador con la seguridad de volver, sin poder explicarlo sé que volveré. Esta tierra me inspira algo tan maravilloso, y hay tantos lugares que quiero conocer de aquí, la costa uno de ellos. Os recomiendo descubrirla si buscáis un destino diferente y versátil. No os arrepentiréis. Ecuador no deja indiferente.

De este lindo país me llevo:

El amanecer del primer día en Quito, emocionada al descubrir una ciudad que desprendía buena energía.

El atardecer en la Amazonía, en la casa de Rosa y Flavio, junto al fuego y escuchando los animales afuera.

La receta, plato de la Amazonía con yuca frita, palmitos y cacao blanco tostado.

La superstición, cuando los chamanes toman Ayahuasca para conectarse con los espíritus dicen estos vienen a darles mensajes por medio de animales que se les aparecen, como el jaguar. Necesitan abrir su mente y dejar que les hablen. Ese será el mensaje del otro mundo.

La pulsera, hecha por Rosa, la mamá de la familia Kichwa con semillas de una planta amazónica llamada achira

Hay lugares que conquistan tu corazón sin poder explicar muy bien el por qué. Es como con las personas, a veces hay una conexión inmediata, un cruce de energías. Eso me ha pasado con Ecuador. Nuestras energías se han cruzado y han creado una explosión de sentimientos.

Soles y Colores

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David me recogió en el aeropuerto de Lima y me llevó a casa de mi amigo Alvaro, al que visité sólo hace un mes en su casa de Santiago. Ahora nos encontramos en su tierra y cómo no, ¡me lleva a comer ceviche! Pienso en qué suerte tengo de encontrarme con gente tan linda. Montse ha encontrado en este maravilloso peruano a su compañero de vida y yo a un amigo de los que guardas en tu corazón con el mayor cariño. Alvaro es la única persona en el mundo que me llama “flaca”, y me divierte muchísimo. Sólo tengo unas horas en Lima y las aprovecho comiendo y charlando. Qué bien entra un ceviche rico entre vuelo y vuelo.

Los tres días anteriores los he pasado en un hotel de Pisac, recomendación de mi amiga Lena, descansando y bajando el ritmo frenético en el que estaba inmersa. Pisac fue un remanso de paz, en el hotel que Lena me recomendó conocí a Dianne Dunn, la mujer que creó este lugar con una magia particular. Dianne tiene una historia muy bonita que os recomiendo leer. Ella llegó a Pisac guiada por maestros que salieron a su encuentro y creó un lugar de reposo y de encuentro con los demás y con uno mismo. Es una gran conocedora de las energías andinas y de la madre tierra entre otras cosas. Cuando llegué a Pisac sólo pensaba en descansar. Mi primer impulso fue quitarme los zapatos y caminar descalza, algo que mi amigo Harun en Estambul me había recomendado justo un año atrás. ¿Coincidencia? No soy una persona de las que se descalzan normalmente, ni siquiera en casa. Siempre me he sentido más reconfortada con calcetines. Pues Pisac me provocó la necesidad de estar descalza en el jardin, de tocar la tierra con mis pies, y con mis manos, de tumbarme en la herba. Prometo solemnemente que nadie me dijo nada al respecto que fuese a condicionar mi comportamiento. Ese fue el impacto inmediato del valle sagrado sobre mi. Fueron unos dias en los que disfruté mucho sola, y también con algunos actos sociales. El ritual del solsticio de verano fue el cierre la última noche. Conocí a mucha gente de fuera que llegaba a Pisac o que vivía allí. Fernando, un español que lleva allí tres años disribuyendo agua purificada, me habló de las maravillas de las culturas andinas pre-incas y de sus tradiciones, medicinas antiguas y rituales en honor a la naturaleza, la madre de todos nosotros. Un mundo que merece mucho ser explorado.

De Lima mi vuelo me llevó a la jungla peruana, al río Amazonas en Iquitos. Tremenda ciudad, la más grande del mundo sin conexión terrestre, sólo se puede acceder por avión o barco. Iquitos es una mezcla de estilos conocidos para mí, muy poco a lo peruano. Los mototaxis la hacen un poco Bangladesh, la suciedad un tanto India y la humedad como Hong Kong. Allí pasé mi Nochebuena rodeada de buena gente y rica comida compartida con el corazón. Y allí pasé mi Navidad navegando el Amazonas y visitando la selva peruana. Mi primera Navidad en verano y mi primera navidad lejos de mi familia. Allí conocí a muchos viajeros increíbles. En concreto me encantó una pareja de una japonesa y un australiano espectaculares, los dos viajeros incansables y preparados para establecerse en Japón a formar su familia y su hostel para viajeros en un pequeño pueblo. Y mi promesa de ir a visitarlos es en firme. Esta es la magia de viajar, te abres a posibilidades infinitas.

De vuelta a Lima para finalizar mi aventura peruana mi última noche resultó ser muy aventurada, y un tanto arriesgada. Llegué tarde en mi vuelo de Iquitos, mi fiel amigo taxista David vino a buscarme y todavía hoy doy gracias de que así fuese. Me llevo a mi alojamiento de airbnb, donde ya había avisado de que llegaría tarde. Nadie nos abrió por mucho que llamamos, gritamos y petamos. Estaba literalmente en la calle, en Lima, a las 2 de la mañana. David se quedó conmigo y me llevó uno por uno a 5 o 6 hostales diferentes. Ninguno tenía sitio. Llegamos al hotel de un amigo suyo donde me alojaron por 50 usd la noche (yo venía pagando menos de 15 usd). En ese momento habría aceptado cualquier cosa. Le agradecí a David su protección y cuidado y subí a mi habitación. Lo que me dieron era un antro destartalado, sucio y viejo, sin luz en las mesillas ni baño, y con una colcha que hacía decenios que estaba allí. Mi cuello estaba paralizado por una contractura y mi alma no se animaba a meterse en esas sábanas amarillentas. Sólo me quedaba una opción, lo que me salva el sueño y el descanso en estos momentos: mi saco de dormir. En él me acurruqué y allí me quedé dormida, en la seguridad de su limpieza.

Con todo y eso puedo decir que la aventura peruana ha sido una de las más intensas. Perú me ha ofrecido una visión totalmente diferente a la que tenía. Es un país lleno de matices y con una fortísima y maravillosa cultura andina.

De Perú me llevo:

El amanecer en Machupicchu, rodeada por la niebla espesa y la historia antigua

El atardecer en el río Amazonas el día de Navidad

La receta es difícil elegir entre tantísima riqueza culinaria de este país. Os daré las fotos de los platos más ricos que he probado y … la receta del Pisco Sour más rico, el de mi amigo Alvaro.

Anticuchos (brocheta) de trucha del lago Titicaca (Puno)

Lomo saltado (Arequipa)

Solterito de queso (Arequipa)

Queso helado (Arequipa)

Ceviche (Lima)

Causa Limeña (Pisac)

Cecina con bolas de platano frito (Iquitos)

Chicha morada (Cusco). Mi bebida favorita en Perú, hecha con maíz morado.

La receta del Pisco Sour de Alvaro: Se usa la misma medida de Lima y de Jarabe de goma con 2 medidas de Pisco. Media clara de huevo. Hielo. Se licúa todo y listo para el Pisco!

La superstición, en Perú como buena cultura andina seguimos los pasos de la Pachamama, la madre tierra que nos protege. Uno de los rituales cuando tienes algún problema o miedo o frustración que le quieres contar es acostarte panza abajo poner las manos en forma de triangulo sobre el suelo en un hueco y contárselo a la Pachamama. Cuando termines pones la oreja y esperas a su mensaje.

Otro ritual, durante el Solsticio del 21 de Diciembre se enciende una hoguera en la que se ofrecen a la Pachamama hojas de coca agradeciéndole su bondad y pidiéndole ayuda para el nuevo ciclo, la nueva etapa que empieza.

Perú es la zona donde quizás he sentido más potente el respeto y admiración por la madre tierra. Como os conté anteriormente, ellos toman al sol como su padre, la luna como su madre, las estrellas como hermanos, los elementos naturales y todo lo que los rodea son de una importancia enorme en su cultura. Son conscientes de que dañar a la Naturaleza es dañarse a ellos mismos.

La pulsera, hecha por las mujeres de la Isla de Taquile en el lago Titicaca.

Realmente en Perú he visto más maravillas del mundo que en ningún otro sitio. El Lago Titicaca, Machupicchu, el río Amazonas… ¿Sabéis por qué se llama Río Amazonas? Pues porque un español de apellido Orellana lo descubrió navegando navegando y allí se topó con unas habitantes, una tribu de mujeres que dice su crónica medían dos metros y se “rebelaron” a él. Se hacían llamar la tribu de las Amazonas, y todas murieron a manos del señor español … Ahí lo dejo para seguir reflexionando.

Os escribo desde el aeropuerto de Lima, son las 22h de la noche y después de la noche anterior de aventura realmente espero poder dormir a gusto en una cama limpia en Quito. Rezo porque esta noche todo salga bien. Mi vuelo ya está retrasado. Sigo confiando en los milagros. Viajar es maravilloso e ideal en las fotos, en la realidad hay montones de momentos de diversos colores y matices. Los sobresaltos te ayudan a curtirte, aprendes lo que significa la templanza, aprendes a rendirte a la realidad y no luchar guerras que te resten energía. Eliges tus batallas y disfrutas todos los momentos, por bizarros e incómodos que parezcan. Y merece la pena, todas las incomodidades tienen su recompensa por descubrir el mundo.

Nos vemos en tierras ecuatorianas, ¡allí comenzaré el Nuevo Año!